En el fondo del mar - Ciencia y Técnica

En el fondo del mar

Como anunciamos en una edición anterior, este mes se harían públicos los datos definitivos del primer Censo de la Vida Marina. Hoy les ofrecemos las cifras globales del catálogo

Autor:

René Tamayo León

El primer Atlas de la vida marina ha concluido. Pero no se ha podido conocer todo. Los océanos podrían albergar 750 000 especies sin identificar. El Comité Internacional del Censo de la Vida Marina (CVM) estima que hará falta otra década de estudio para llegar a un número más próximo a la realidad.

Esta vez pudieron ser catalogadas unas 120 000 especies; 6 000 de estas propuestas como nuevas, incluyendo 1 200 que pudieron ser descritas de manera formal, según trascendió días atrás en Londres, durante la presentación del informe.

Fueron diez años de trabajo por todos los mares del planeta; participaron más de 2 700 investigadores de 80 países; y se requirieron 9 000 días de labor. Las expediciones —más de 540— exigieron inmersiones someras y profundas, tecnologías de «ciencia ficción», como robots que bajaran a regiones inhóspitas, y el uso de técnicas satelitales y sistemas informáticos ultramodernos.

Además del censo de especies, el CVM evaluó hábitats, rutas migratorias, distribución, impacto del cambio climático sobre la vida marina y hasta las consecuencias del reciente derrame de petróleo en el Golfo de México tras el colapso de una plataforma de extracción petrolera.

A un costo de 650 millones de dólares, la investigación también buscó disminuir la brecha de conocimientos entre los ecosistemas terrestres y los marinos, pues por cada publicación científica de esta índole hay diez terrestres, señalaba el Comité Internacional que lideró el Atlas, según un informe de la agencia española EFE.

La base de datos permite deducir que en los mares y océanos viven alrededor de un millón de especies, desde microorganismos hasta la enorme ballena azul. Por ahora solo conocemos una cuarta parte de estas y los nichos sin explorar están principalmente en las regiones árticas, antárticas, en el Pacífico oriental y también en gran parte del profundo suelo oceánico.

Aunque sí hay una conclusión firme: los efectos de la actividad humana en los mares son «devastadores». La sobrepesca, la pérdida de hábitats y la contaminación han influido y están impactando de manera drástica en la vida marina.

Peligros patentes

Al mismo tiempo que crecen los conocimientos sobre la biodiversidad oceánica, una nueva amenaza pende sobre esta riqueza: la biopiratería o adjudicación por las grandes transnacionales de las patentes de genes de organismos marinos. Por cada descripción de una nueva especie, las corporaciones capitalistas se adjudican diez patentes de nuevos genes.

Un 29 por ciento de dichas patentes se asocia a la producción de enzimas y reactivos para aplicaciones moleculares, un 48 por ciento está relacionado con la modificación genética de organismos y un ocho por ciento con la fabricación de suplementos dietéticos.

Un informe del Consejo Superior de Investigaciones Científicas europeo (CSIC), reseñado por el diario español ABC, denunciaba que «más de 18 000 productos naturales y 4 900 patentes de genes marinos con aplicaciones médicas y biotecnológicas prueban que “la bioprospección en el océano ha dejado de ser una quimera para convertirse en una realidad”».

Estas campañas de patentes, mucho más agresivas que las que se desarrollan con los organismos terrestres, se deben a que «el éxito en encontrar sustancias químicas de interés no descritas aún en organismos marinos es 500 veces más alto que en el caso de las especies terrestres», agregaba el CSIC.

La protección de la biodiversidad y la propiedad de los recursos biológicos están bien establecidos en el Convenio sobre la Diversidad Biológica en cuanto se refiere a las aguas territoriales de los países; sin embargo, los océanos no tienen igual regulación, por lo que la biopiratería de las transnacionales se ceba en estos cada día más y con mayor ferocidad.

El mundo está asistiendo así al secuestro de la biodiversidad y a la privatización de la información genética de la vida salvaje, un patrimonio común de la humanidad; y no para sacar ganancias, sino para preservarlo.

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