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¿El Sol nos ataca?

Científicos de todo el mundo advierten sobre la posibilidad de que entre 2012 y 2014 tenga lugar una gran tormenta solar que puede afectar las principales redes eléctricas y de telecomunicaciones

Autor:

Mayte María Jiménez

El pasado 17 de abril expertos de la Administración Nacional para la Aeronáutica y el Espacio (NASA), de Estados Unidos, registraron una poderosa llamarada solar. Aunque en este caso la tormenta no iba dirigida a la Tierra confirma un reporte de la Agencia Prensa Latina—, los investigadores siguen muy de cerca las actividades del astro rey, pues la estrella se encuentra en un ciclo de gran actividad, que alcanzará su máximo estado a finales de 2013 o principios de 2014.

Incluso algunos sostienen que 2012 podría ser un año de máxima alerta. Ya entre el 8 y el 10 de marzo ocurrió una oleada de erupciones solares, que expandió gran cantidad de energía a la atmósfera.

Desde el Observatorio de Dinámica Solar de la NASA se pudo determinar la potencia y trayectoria al espacio de la nube de plasma, que los científicos consideraron pudiera afectar algunos de los satélites en órbita.

Pete Riley, de la Corporación Internacional de Aplicaciones Científicas (SAIC), en San Diego, Estados Unidos, señaló que existe un 12 por ciento de probabilidad de que una tormenta solar perfecta alcance la superficie terrestre en los siguientes diez años.

El experto advirtió que el evento sería tan fuerte como el Carrington (1859), una llamarada de tal intensidad que colapsó las mayores redes mundiales de telégrafos en Europa y América del Norte, y provocó auroras boreales visibles hasta en los cielos del Caribe.

Riley reconoció que, aunque estos sucesos son muy raros y difíciles de predecir, los análisis a partir de la intensidad de la llamarada y la velocidad de la eyección de la masa coronal, entre otros elementos, apuntan a que las tormentas volverán a tener lugar.

En este caso las afectaciones podrían ser peores que en 1859, ya que el mundo se ha vuelto dependiente de las tecnologías (redes eléctricas y de telecomunicaciones), y estas serían justamente las más afectadas.

Años tormentosos

Como es habitual en el Sol, cada 11 años se produce una fase activa, durante la cual el astro rey puede generar tormentas magnéticas más o menos potentes, capaces de dejar fuera de uso los satélites que están en la órbita terrestre, y arruinar sistemas de telecomunicaciones y de distribución de energía.

Un equipo dirigido por Daniel Baker, director del Laboratorio de Física Atmosférica y Espacial de la Universidad de Colorado, sostiene que en esta situación los servicios de emergencia podrían ser interrumpidos y generarse una crisis en la mayoría de las naciones, especialmente las más desarrolladas.

La única forma de minimizar los daños es mantener una observación permanente del Sol, y estudiar con detalle las tormentas magnéticas, además de intervenir a nivel tecnológico para fortalecer las infraestructuras relativas a las comunicaciones y la energía.

Los antecedentes de mayor impacto de estos sucesos se remontan a los días 13 y 14 de marzo de 1989, cuando el planeta experimentó la mayor tormenta geomagnética durante décadas. Las partículas ionizadas provenientes del Sol provocaron un apagón en Québec, Canadá, y dejaron a cinco millones de personas sin electricidad durante nueve horas, en invierno, lo cual provocó daños valorados en millones de dólares.

Además, destrozó un costoso transformador en Estados Unidos y envió a reparación dos equipos similares en Reino Unido. Durante el «temporal», las agencias espaciales perdieron el rastro de algunos de sus 1 600 sondas y satélites.

Para un panorama similar o más complejo debemos prepararnos, según advierten no pocos especialistas. Un evento como el que se prevé puede ocurrir una vez en mil años y sus consecuencias duran mucho tiempo.

Una de las mayores incertidumbres es que no se sabe, a ciencia cierta, cuál sería la intensidad del golpetazo.

Esa es la advertencia de Mike Hapgood, del Consejo de Instalaciones Tecnológicas y Científicas del Reino Unido y jefe de un grupo de expertos que avisa al Gobierno británico de posibles riesgos del clima espacial, quien mostró sus apreciaciones en un artículo en la revista Nature.

¿Predicciones mayas?

Los estudios señalan que una prominencia solar es una erupción de gas que asciende desde dentro hacia la superficie del Sol, y puede alcanzar alturas de decenas de miles de kilómetros. Esta tormenta geomagnética es una perturbación temporal de la magnetosfera terrestre, asociada a una eyección de masa coronal o una llamarada solar: una onda de choque de viento solar que llega entre 24 y 36 horas después del suceso.

Esta podría ser la experiencia, y el escenario de sus daños en la Tierra resultará cualquier gran ciudad de Estados Unidos, China o Europa.

Se dice que cuando sucede, el cielo de repente aparece adornado con un gran manto de luces brillantes que oscilan como banderas al viento. Las estimaciones indican que pasados unos segundos las bombillas empiezan a parpadear, como si estuvieran a punto de fallar.

Las estimaciones llegan con un informe financiado por la NASA y publicado hace menos de un año por la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, en el que se explica que la gran tormenta espacial, generada a más de 150 millones de kilómetros de distancia en la superficie del Sol, puede poner en peligro las conexiones mundiales al afectar los satélites.

La superficie de nuestra estrella es una gran masa de plasma en movimiento, cargada con partículas de alta energía. Algunas de estas partes escapan de la ardiente superficie para viajar a través del espacio en forma de viento solar.

Ese mismo viento se encarga de impulsar enormes globos de miles de millones de toneladas de plasma ardiente, bolas de fuego que conocemos por el nombre de eyecciones de masa coronal.

El informe subraya la existencia de dos grandes problemas de fondo: el primero es que las modernas redes eléctricas, diseñadas para operar a voltajes muy altos sobre áreas geográficas muy extensas, resultan especialmente vulnerables a esta clase de tormentas procedentes del Sol.

El segundo es la interdependencia de estas centrales con los sistemas básicos que garantizan nuestras vidas, como suministro de agua, tratamiento de aguas residuales, transporte de alimentos y mercancías, mercados financieros, red de telecomunicaciones…

Las cifras aproximadas de los costos de una gran tormenta se estiman en unos dos billones de dólares, solo durante el primer año, y el período de recuperación oscilaría entre los cuatro y los diez años.

La buena noticia, reza el informe, es que si se dispusiera del tiempo suficiente, las compañías eléctricas podrían tomar precauciones, como ajustar voltajes y cargas en las redes, o restringir las transferencias de energía para evitar fallos en cascada.

Los sistemas energéticos están diseñados para soportar eventos del nivel de los vistos en los últimos 40 años, y los transformadores están preparados para soportar una tormenta como la de 1989.

Sin embargo, eventos como el terremoto y el tsunami del año pasado en Japón muestran los peligros que implica prepararse solo para lo que ya conocemos.

La tormenta solar podría tener lugar durante la primavera o el otoño de un año con alta actividad solar, como lo será este 2012. En esos períodos, cerca de los equinoccios, estas pueden resultar más dañinas, ya que en esas condiciones la orientación del campo magnético terrestre, el escudo que nos protege de los vientos solares, es más vulnerable a los «bombardeos» de plasma solar.

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