Sin identificación

Felipe Candelé González me escribe para abordar un tema muy sugerente: la falta de carteles o identificación en las fachadas de numerosas instituciones, oficinas, centros de producción y servicios estatales.

El lector, quien reside en Ayestarán 626, en el municipio capitalino de Cerro, cuenta que días atrás se dirigió a las oficinas de la Empresa Eléctrica que se encuentran en Calzada del Cerro 2071 y 2073, para pagar su recibo de consumo. Como nunca había estado allí, le costó trabajo encontrarlas, pues no existe ninguna señalización que identifique esa entidad.

Entonces Felipe se dispuso a observar el asunto en otras dependencias cercanas, y comprobó que tampoco tenían identificación exterior el Hospital Pediátrico del Cerro, la oficina del Carné de Identidad municipal, un taller del MINAZ y la Empresa ESTIL, de la Industria Ligera.

El remitente manifiesta que tal tendencia se ha agudizado a partir de que se promulgara el decreto que establece impuestos sobre carteles, anuncios y vallas, lo cual ha ocasionado que muchas entidades se replieguen en la utilización del diseño informativo, y en muchos casos hasta de los más simples letreros identificadores.

Considera Felipe que tal situación se debe revertir, y al menos exigirle a cada entidad estatal que posea la mínima identificación exterior, para evitarles a los ciudadanos rodeos, molestias y pérdida de tiempo.

Y agrego al petitorio del lector otra razón de peso: el logotipo realza la personalidad de una entidad, su profesionalidad y autoridad a los ojos de los ciudadanos.

La segunda carta la envía Sonia Fernández Valdés, residente en calle 229A, número 20018, entre 200 y 206, en el reparto capitalino de Fontanar. Y es para denunciar el estado de abandono total en que se encuentra el famoso Castillito, de Río Cristal, ubicado en el municipio de Boyeros.

Relata Sonia que el 6 de agosto la familia llevó a la nieta a ese centro recreativo, específicamente al castillito medieval, para hacerle unas fotos por su cumpleaños. «Tanto mi hijo como yo —señala— quedamos consternados por el abandono, maltrato y sustracciones del lugar. Las hierbas y malezas lo invaden, le han llevado rejas y cadenas. En sus locales abundan la basura y excremento humano...».

Señala la abuela que la fuente cercana está llena de agua sucia, de la pérgola aledaña solo quedan las columnas, los bancos están en mal estado. Pero en la continuación del recorrido se encontraron con que las orillas del río están plagadas de basura y las aceras rotas. El restaurante colonial, un barracón de esclavos de la colonia restaurado y acondicionado por la Revolución para ese servicio, está olvidado: se han llevado marcos y azulejos, y las paredes están llenas de palabrotas. E irónicamente, allí perdura la tarja con la fecha de construcción del mismo.

«Asombrosamente —agrega—, a unos pasos se mantiene en servicio la piscina, con acceso en divisas. Sonia clama porque se rescate ese famoso centro recreativo que siempre fue orgullo de la capital.

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