Un abuelo se rebela

Un abuelo siente el doble lo de sus nietos. Por eso, Pedro Anaya me cuenta la historia de Talía Vara Anaya, su retoño de siete años. Y me confiesa que le brotan lágrimas.

Pedro, quien reside en Calle Central número 5, en Los Reinaldo, Songo La Maya, provincia de Santiago de Cuba, me refiere que cuando su nieta comenzó el preescolar, su nombre no apareció en el listado imprescindible para comprar el uniforme, «por error u obra y gracia de alguien».

La madre de Talía, hija de Pedro, se pasó un año «cayéndole atrás» a todo el mundo: maestro, directora de la escuela, director municipal de Educación. Pero todo fue infructuoso. La pequeña cursó el preescolar sin uniforme.

Al arribar al primer grado, ya no le correspondía el derecho, pues se supone que había adquirido el que le asignaban en preescolar. Y entonces, alguien solidario —siempre los hay— le prestó un uniforme viejo. El abuelo estaba reticente con esa solución. Pero un día se esperaba una visita y la maestra les pidió que mandaran a la niña con algún uniforme prestado. «Acepté, no sé ni cómo», confiesa y agrega: «Mi nieta estaba tan contenta con ese uniforme, que la dejé terminar el curso con él, por sentimiento de abuelo».

Ahora, cuando la muchachita está a punto de pasar a segundo grado, fueron a comprar su uniforme nuevo. Y no es hasta tercer grado que le corresponde ese derecho. Conclusión de Anaya: «Mi nieta hará todos los grados de primaria sin ponerse un uniforme nuevo ni viejo».

Anaya ha entrado casi en un conflicto existencial con el asunto, porque, por un problema de justicia y de dignidad, le dijo a la hija que, bajo su responsabilidad, no mandará a la nieta a la escuela con un uniforme prestado y viejo. «Y que salga el sol por donde salga, el que quiera discutir, que me vea a mí; que vaya a la escuela con ropa de civil, como se dice. Y, ¡ay del que me la eche para atrás cualquier día de visita del organismo superior!».

No obstante, Anaya continuó sus gestiones. Fue a la Dirección Municipal de Educación y quien atiende allí los asuntos de abastecimiento le dijo que iba a ver qué podía hacer. El abuelo vio también al director municipal de Educación, pero este le dijo que «no tenía que ver con eso directamente, y que esto lo resolvía el director de la escuela».

Pedro Anaya se siente muy mal. Y aunque esta fuera una excepción en todo el país, hay que situarse en que en el drama de este abuelo puede estar sintetizando el de muchas otras familias. El uniforme escolar, a más de un recurso educativo y símbolo de la igualdad, es un derecho de cada educando.

Y antes de concluir, les anuncio que próximamente publicaremos otro de esos cortes evaluativos, en los cuales analizamos el nivel de receptividad de los organismos, instituciones y entidades sobre las quejas y planteamientos de los lectores: aparte de cuáles son los temas más abordados en la correspondencia, cuál es el nivel de respuesta de los aludidos a lo que señalan las cartas. De alguna manera, ese es un registro del respeto al ciudadano.

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