Pies grandes... ¿que no anden?

 Una vez más esta columna se solidariza con esas personas que, por obra y gracia de su código genético, calzan números por encima de la media y se las ven muy apretadas con las ofertas del mercado.

Hoy me escribe la ingeniera Milagros Ávila Ventura, de calle 23 número 75, entre 18 y 24, reparto Pueblo Nuevo, en la ciudad de Holguín. Y cuenta que su hija de 20 años, desde que tenía 15 debe usar el 43 en calzado, lo cual se ha convertido en una pesadilla cotidiana, pues en las ofertas del país prácticamente no existe ese número para mujeres.

Milagros se las agenció para que una productora de zapatos le montara unas sandalias en suelas para hombres. Pero su hija, joven al fin, estudiante universitaria, se niega con toda razón a usar ese injerto. La remitente asegura que el drama de su hija no es un caso aislado, pues tiene amistades con la misma situación.

Y uno se pregunta una vez más si no es una falta de respeto para con las personas que se salen de la media (ya en talla, pie o volumen), no pensar en ellas en materia de calzado y vestido (sé de algunas que no encuentran ajustadores para sus medidas). Es mucho más cómodo, para los fabricantes nacionales o para los que importan, no marcar la diferencia y el matiz, cuando producen o compran al por mayor.

No es la primera vez que clamamos por el respeto a esos segmentos del mercado, y lamentablemente nunca nos responden quienes están en el deber de sensibilizarse con asunto tan humano. Los que, de una u otra forma, deciden el calzado y el vestuario que vamos a utilizar debían ilustrarse con el Ministerio de Salud Pública acerca de las tendencias y proporciones en cuanto a medidas corporales de la población cubana. Hacen falta mentalidades talla extra en tal sentido.

La segunda misiva la envía un padre preocupado: Luis Enrique Domínguez, de Carlos Montalbán número 3, reparto Dos de Diciembre, en Palma Soriano, provincia de Santiago de Cuba.

Señala Luis Enrique que en el seminternado Celia Sánchez Manduley, donde su hijo estudia el cuarto grado, de las 14 aulas existentes, solo tres cuentan con iluminación de lámparas fluorescentes, aún así insuficiente.

Refiere Luis Enrique que desde hace cuatro cursos, él está planteando el problema a representantes de Educación a nivel municipal, provincial y nacional que han visitado el centro escolar.

Y su preocupación se basa en el hecho de que, según ha podido conocer con una especialista en la materia, que la débil iluminación para leer y escribir va dañando la vista de los pequeños, provocándoles una dolencia denominada ambliopia.

«Es bueno aclarar, apunta, que las aulas del segundo piso cuentan con amplios ventanales, pero estos se tienen que cerrar para poder ver las pizarras», por lo cual la única luz y la única ventilación entran por la puerta.

Conocedor de cuántos desvelos, recursos y preocupaciones dedica el Estado cubano a la educación de los niños, al punto de dotar a las escuelas con televisores, videos y computadoras, Luis Enrique no comprende que sea tan imposible que el rayo de luz de las lámparas fluorescentes caiga como una bendición sobre los educandos de esa escuela.

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