Demolición de la confianza

«¿No deben, quienes nos destruyeron la casa, asumir su responsabilidad y repararla?», pregunta en su carta Yolanda González Lafita, luego de narrar una insólita historia de arbitrariedad y olvido.«Ya no soportamos más», me confiesa la atribulada mujer.

Esta es la historia: Yolanda reside en Carretera a Gibara número 55-A, en el poblado Floro Pérez, municipio holguinero de Gibara. La vivienda forma parte de una construcción mayor, erigida en las primeras décadas del siglo XX. Y no obstante su antigüedad, hasta el pasado mes de marzo la casa era habitable, salvo alguna que otra filtración.

Un buen día las autoridades locales le informaron a esa familia que debían conseguir un sitio donde al-bergarse provisionalmente, pues iban a demoler el inmueble colindante, —parte de aquella edificación— para construir una terminal de ómnibus.

Una parte de la familia se trasladó temporalmente a una vivienda prestada, y la otra se quedó en una zona de la casa, que no debía afectarse. En dos semanas demolieron el inmueble vecino. Y comenzó la tragedia.

Derribaron la pared común entre los dos inmuebles, que va desde la sala hasta el último cuarto de casa de Yolanda. Y sostuvieron con vigas el techo de tejas del comedor y de los cuartos, «quizá con la opinión de que era posible cortar el techo a dos aguas de una casa tan vieja como se corta un cake, sin afectar el resto», señala.

A fines de marzo todavía no ha-bían concluido la reparación prometida, y ya a inicios de abril dieron por terminados los trabajos. Y apenas lo que habían hecho era levantar una pared de bloques desde el comedor hasta el último cuarto, pero obviando detalles esenciales:

«La nueva pared —explica la afectada— estaba un poco más allá, de modo que el techo no alcanzaba. Algunas vigas se apoyaban en el borde interior de la pared, y otras ni siquiera eso. Como consecuencia del desplazamiento de la nueva pared, tampoco las viejas divisiones interiores se apoyaban en ella. Y eso lo resolvieron con pegotes de cemento. Quedó un gran boquete en el techo, por el cual desde entonces entra el agua cada vez que llueve. El agua y la humedad han desconchado las paredes, desprendido la pintura, podrido puertas, ventanas y vigas. Han abombado el piso, al que le han salido ampollas, que explotan dejando agujeros».

Agrega Yolanda que la pared de la sala había sido antes una división interior, y por eso está construida de ladrillos y a ras de suelo, sin cimientos. Pues los constructores, obviando las advertencias de los propietarios de la casa, echaron encima de ella varias hileras de bloques, y la pusieron a sostener el peso de un techo de tejas. Y el resultado es que la fachada está abombada y partida.

Como si fuera poco, la propia demolición afectó al resto de la vivienda. Ahora el techo se filtra por varios sitios. Se han partido tres vigas.

Ante lo que Yolanda califica como «irresponsabilidad», la familia se quejó ante las autoridades locales y le prometieron que la construcción se concluiría. Pero los días pasaban sin nada. Funcionarios del Gobierno iban una y otra vez por allí, parecía que todo se iba a enfrentar... pero nada.

Hubo hasta quien le propuso a Yolanda que terminara aquello «con esfuerzo propio». Y hubo más: se desaparecieron los planos de la reconstrucción, el expediente y otros documentos sobre las intervenciones constructivas hechas, o medio hechas, «a pesar de todos los papeles que hemos firmado y las veces que han venido para preguntarnos las mismas cosas y ponerlas en planillas».

En julio le dijeron que cuando se concluyeran las obras de ese mes asumirían la deuda con ella. En agosto el pretexto fue que había obras por terminar en la cabecera municipal, y ya en septiembre se ocuparían del caso. Durante todo este tiempo han seguido reclamando, llamando, entrevistándose. Y siempre hay nuevos plazos, dilaciones.

Hace poco el periódico local Ahora publicó la queja, y no hubo reacción. «Este asunto —afirma Yolanda— ha lacerado a la familia: todo el tiempo en gestiones, preguntando, telefoneando, clamando por una solución.

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