Alertan deterioro de histórico puente

Siempre hay personas preocupadas por el patrimonio y la memoria histórica que sostiene el presente. Una de ellas es Miguel Sánchez Villa, vecino de C-5, apartamento 9, en el reparto Antonio Maceo de la ciudad de Santiago de Cuba.

Miguel alerta en su carta sobre el estado de deterioro que presenta el puente de acero sobre el río San Juan de esa urbe, el cual es una reliquia histórica que el próximo año arribará a su centenario. Si es que llega.

Esa obra ingeniera, por donde pasaron los asaltantes al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, está cerrada al tránsito, y podría ser recuperada con un buen proyecto de mantenimiento, para así no dejarlo morir, alerta el remitente.

Y especifica los trabajos que se requerirían: ante todo, situarle algún tipo de obstáculo para evitar que conductores inconscientes continúen transitando por el mismo, cuando se conoce que está prohibido su cruce.

También requiere que se le reparen algunas vigas ya corroídas y se le aplique pintura, al tiempo que se le restablezcan las barandas que le faltan. Lo otro sería la atención a las áreas verdes, plantas ornamentales y el alumbrado público.

Miguel insiste en la recuperación, porque precisamente en aquel sitio se encuentra el primer monumento a los combatientes del Moncada de todo el complejo memorial que va extendiéndose por la ciudad.

La segunda carta es una reflexión al paso, y la envía Orlando Mugica Rodríguez, vecino de avenida Liberación 267, entre G y H, reparto Santa Catalina, de la ciudad de Santa Clara.

Orlando se pregunta por qué no se exige en los merenderos y cafeterías estatales, en muchos de los cuales la higiene, la calidad, la manipulación correcta y el buen trato brillan por su ausencia, lo mismo que a los cuentapropistas que tienen paladares o ventas de alimentos ligeros, a los que se les realizan chequeos periódicos por parte de inspectores y se les aplican multas cuando no cumplen con lo establecido en cuanto a higiene y calidad de sus productos».

El remitente no está en desacuerdo con que haya un control estricto de los particulares, pero piensa que a los centros gastronómicos estatales hay que apretarles la tuerca».

La tercera carta la envía Maritza González Torres, de Martí alta 158, en Palma Soriano, provincia de Santiago de Cuba. Ella no entiende la paradoja: si se te rompe el cabezal de tu equipo de video, un técnico particular te lo resuelve en menos de una hora. Sin embargo, la sala de video de esa localidad tiene el equipo paralizado por problemas en el cabezal desde el 15 de septiembre de 2006, y esta es la fecha que no se avizora la solución del problema. No hay funciones en la sala de video.

Otro ejemplo es el de la farmacia piloto de Palma: la demolieron hace unos años, y comenzaron a reconstruirla, levantaron paredes, tiraron placa, le pusieron piso y se repelló. Hasta ahí. Lo que falta para concluirla es poco, pero todo sigue detenido.

Sin embargo, hay en Palma personas que han demolido su casa hace solo cinco meses y la han vuelto a construir.

«Se supone que el Estado tenga todos los recursos, argumenta Maritza, y, contradictoriamente, los particulares tienen de todo, y resuelven al momento».

La cuarta misiva la envía Dalgis Aborrezco Gutiérrez, de avenida 17 número 405, entre 4 y 6, Caibarién, en la provincia de Villa Clara.

Refiere Dalgis que su hijo de nueve años, Raidel, permaneció ingresado entre el 23 de noviembre y el 5 de diciembre de 2006 en la sala de Terapia Intensiva del Hospital Pediátrico Paquito González Cueto, de la ciudad de Cienfuegos, a consecuencia de una celulitis facial.

La madre quiere agradecer la atención recibida de ese colectivo: «A pesar de la enfermedad de mi hijo y de lo preocupados que estábamos por él, nos sentíamos muy confiados de que todo iba a salir bien, como así fue; pues el trato que recibimos tanto el niño como nosotros los familiares fue excelente. Son muy profesionales y a la vez muy humanos. Mi hijo quedó enamorado de todos. Mi familia y yo quedaremos eternamente agradecidos a ellos y al personal de la sala de Cirugía, adonde fue trasladado posteriormente y permaneció tres días».

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