Se extiende y pica...

Todavía iba a estar dando qué hacer y qué pensar el drama de familias cuyas viviendas fueron demolidas por las autoridades correspondientes para su reconstrucción, como parte de un programa de reanimación en varias arterias de Santiago de Cuba en saludo al aniversario 490 de esa ciudad, con el apoyo de entidades del territorio.

El 9 de mayo de 2006, esta columna reflejó la denuncia de Dulce María Núñez Aliaga y de María Caridad Muguercia, entre otros casos, acerca de la interrupción que presentaban entonces esas obras, y las dilaciones que ya tenían de por sí las promesas de terminación de las mismas, para octubre de 2005, según las remitentes. Esto motivó —y aún motiva— que muchas de esas personas continuaran viviendo albergadas en hogares ajenos, con las consiguientes complicaciones, y la incertidumbre de no saber hasta cuándo se despejará la incógnita.

Y el 5 de septiembre de 2006, casi cuatro meses después, respondía a esta sección el arquitecto Ciro Andrés Reyna Pérez, director municipal de la Vivienda en Santiago de Cuba, quien, luego de pormenorizar innumerables dificultades con los recursos, y el cese de muchas entidades en las obras, aclaraba que «en todo momento se le explicó a la población que el aniversario 490 era solo una etapa, y se continuaría trabajando en todas las viviendas iniciadas».

Recalcaba el director que a partir de la reanimación en la entrega de recursos, ya el Programa estaba avanzando, con especial énfasis en el esfuerzo propio de los moradores.

Transcurrió el tiempo, y he aquí que ahora en mi mesa de trabajo persisten los S.O.S. de muchas familias afectadas por el aletargamiento de este objetivo reanimador:

Alexis Randich Dominico, vecino de avenida 24 de Febrero (Trocha) número 769, entre Plácido y Pérez Carbó, es uno de esos santiagueros que aplaudió el noble propósito de esa iniciativa y creyó ver salvada su casa prontamente cuando la demolieron. Y cuando me escribió, aún le faltaba el piso, el techo, el baño, puertas y ventanas.

Refiere Alexis que ha hecho reclamaciones a todas las instancias, desde la base hasta la nacional, «y nadie se ha presentado a darme la esperanza de cuándo se concluirá mi vivienda».

No menos desalentado está Marino Alberto Veranes Mustelier, vecino de Santa Úrsula número 1 esquina a Trocha. En marzo de 2005 le demolieron la casa, con el compromiso de que para el 25 de julio de ese mismo año estaría concluida. Y aún sigue esperando. Ha tenido que mudarse de una a otra vivienda de familiares. Se siente, sencillamente, engañado; así como el padre y los tres tíos de María Herminia Carbonell, en Raúl Perozo 197, esquina a Callejón Barrozo. Ellos están peor, porque son cuatro ancianos enfermos, que no podrían ni siquiera impulsar su objetivo con esfuerzos propios, ni con sus humildes economías.

Pedro Lorient Rivero, de avenida 24 de Febrero (Trocha) 182, vio el mundo a sus pies, cuando le anunciaron el proyecto de rehabilitación de su vieja y deteriorada vivienda. La entidad responsabilizada, con el apoyo de los moradores, era la Empresa Conformadora 30 de Noviembre, del SIME. En esa y otras casas, los vecinos se batieron hombro con hombro con los constructores. Entusiasmo...

Pero vinieron los contratiempos: inclemencias del tiempo, incumplimientos con la recogida y entrega de los materiales, rotura de equipos de transportación e irregularidades en fábricas de cementos y en las procesadoras de áridos...

Un buen día, «la brigada levantó el campamento sin una explicación», refiere Lorient. Unas casas quedaron a la intemperie, otras con techos parciales o sin piso... «Fuimos, o somos, víctimas de negligencias, falta de gestión y de seriedad, de falsas justificaciones. Fuimos de un sueño a una decepción», sentencia y cuestiona finalmente: «¿Por qué se planifican y se realizan compromisos y no se cumplen? ¿Por qué se comienza un proyecto y no se termina, y al mismo tiempo se empieza otro, y así...?».

Ahora, cuando se reanima la construcción de viviendas en el país, queda por ver cuándo se cumplirá la palabra empeñada con esos vecinos. Ojalá no siga añejándose con las hojas del calendario y sobrevengan más cumpleaños de la bella Santiago de Cuba. Por ahora, la bola pica y se extiende; más bien se extiende y pica. Duele.

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