Viajeros a la calle

Hace unos días, Daril de la Nuez y sus amigos disfrutaron un fin de semana excepcional en los atractivos parajes de Arcos de Canasí, en la provincia de Matanzas. Y todo se les complicó cuando llegaron tarde a la estación ferroviaria de Canasí, para tomar el llamado Tren de Hershey, que pasa a las seis de la tarde con destino a La Habana.

Sí, se complicaron los jóvenes. Cuenta Daril, quien reside en Mercado 52, entre Santa Marta y Manglar, Centro Habana, que al no alcanzar el tren, debían esperar al próximo, que pasaba a las cinco de la mañana del siguiente día. Una noche con su madrugada. Decidieron entonces pernoctar en la estación como mejor pudieran. Y ahí comenzó el problema...

El encargado de la estación no les permitió pasar la noche allí a aquellos forasteros en un pueblo desconocido. Varias personas de la localidad, sensibilizadas con los jóvenes, trataron de convencer al encargado para que no abandonara a los muchachos a la intemperie, por la frialdad que se sentía, y las molestias. Pero el hombre no cedió ni un ápice. Sencillamente cerró la estación, apagó la luz y se acostó a dormir.

Ya avanzada la noche, el frío recrudeció, y los jóvenes le rogaron de nuevo al encargado, pero este se mantuvo en sus trece. Más allá del cuestionamiento de tal conducta desde el punto de vista humano, Daril se pregunta si las estaciones de trenes ya no son públicas. «¿No reciben los medios necesarios para que los viajeros esperen el tiempo necesario, y en cualquier momento del día, el tren que los llevará a su destino? ¿Tienen algún horario de cerrar, dejando a los clientes en las afueras en condiciones inhumanas? Nosotros suponemos que no, pero necesitamos respuestas, para que otros viajeros, entre los que pudieran estar ancianos y niños, no sufran tan penosa situación», concluye.

La segunda carta la envía Yurisan García Fernández, residente en calle 108 número 29912, entre 299 y 301, en Calabazar, municipio capitalino de Boyeros. Y es un alerta que debemos asumir con todas las de la ley.

Señala Yurisan que allí existía un tejar que fue cerrado cuando a su gigantesca chimenea le cayó un rayo y la rajó, al punto de que la dejó resentida. La clausura obedeció a razones muy lógicas: evitarle un accidente a los propios trabajadores de la instalación.

Sin embargo, la maltrecha chimenea está amenazando las vidas de los pobladores aledaños, y las de niños que suelen jugar por aquellos parajes.

Asegura Yurisan que este S.O.S. ha sido constante en los planteamientos de los electores en sus asambleas de rendición de cuentas, pero no se observa ninguna determinación de poner freno a ese peligro. «Parece que a nadie le preocupa eso», sentencia.

Yurisan señala: «no hay necesidad de que la gigantesca chimenea nos venga encima, o que en la temporada ciclónica se desplome sobre alguien, para entonces actuar y hacer lo que hace mucho tiempo debían haber hecho, en cuanto cerraron el tejar».

Su mensaje es tan diáfano y tiene tanta lógica, que uno no puede entender cómo es posible que haya habido tanta pasividad y desinterés en erradicar el peligro. ¿No serán indolencia e irresponsabilidad las palabras más adecuadas para caracterizar tal inercia, que a la larga nos podría pesar?

Y concluyo hoy enfatizando en la necesidad de que los lectores comuniquen con claridad los detalles inherentes a su problema cuando decidan acudir a esta columna. Podemos entender que en ocasiones la urgencia dicte o aconseje una economía de datos, pero a la larga eso no nos ayuda y termina limitando la posibilidad de opinar que damos al lector.

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