Desatenciones que matan

Saily Olivares Valdés me escribe y se autodenomina La Negrita. Ella reside en Bernal, entre Águila y Crespo, en Centro Habana, y está embarazada. No entiendo por qué no da el número de su casa, pero lo que expresa es muy serio.

La remitente cuenta que es cliente de la bodega 0557, de Ánimas esquina a Industria, y relata que al ir a buscar la leche de dieta por embarazo de febrero y marzo, el bodeguero le dice que no le toca. Saily se dirige al administrador y este le ratifica lo mismo: no le toca.

La afectada va a la Oficoda y allí le manifiestan que sí le toca la leche. Le indican que vaya a la Zona, donde le ratifican su derecho, y le informan que la leche está en la bodega. Va de nuevo Saily hasta el establecimiento, y entonces le dicen que debe apuntarse en una lista porque la dieta no había sido reportada.

«No te toca», «no ha llegado», «ya venció», son expresiones que reiteradamente escuchó Saily en sus gestiones. Ella las cita en su carta a esta sección y se pregunta por qué violan sus derechos como consumidora.

La segunda carta la envía Rita María Rodríguez, de calle H número 5, en la comunidad El Rosario, en el municipio pinareño de Viñales.

Relata la remitente que la comunidad donde vive, inaugurada en los primeros años de la Revolución, sencillamente no tiene agua. El pasado 29 de enero dejó de bombear el motor que garantizaba ese servicio. Y hasta la fecha no hay solución.

La tercera carta de hoy la envía Sonia Fernández Carmenate, vecina de la Cooperativa Julio Antonio Mella, Loma Azul, Bartle, en la oriental provincia de Las Tunas, y es el reflejo de cuánto malestar y disgusto causa en algunos ciudadanos la irresponsabilidad e insensibilidad de ciertos funcionarios.

Según relata Sonia en su misiva, el pasado 27 de marzo se dirigió a la Terminal de Ferrocarril de Las Tunas, donde realizó un contrato para que al día siguiente se le facilitara una guagua para trasladar al cementerio a las personas que asistirían a darle el último adiós a su padre.

«La guagua debía llegar a las nueve de la mañana del 28 de marzo, pero a esa hora solo estaba en mi casa, en el poblado de Loma Azul, el carro fúnebre. El transporte para llevar a las otras personas nunca llegó», se queja Sonia.

Ante tal dilema y apremiada por el tiempo, la lectora buscó desesperadamente otra ayuda y la encontró. El chofer de un camión que se dedica a trasladar ganado en la zona se brindó desinteresadamente a llevar a la gente hasta el cementerio, demostrando así una alta dosis de sensibilidad.

Pasado el entierro y aún con el sufrimiento a flor de piel por la pérdida de un ser tan querido, Sonia se dirigió nuevamente a las oficinas de la Terminal de Trenes de Las Tunas en busca de respuestas ante tamaña falta.

«Me devolvieron el dinero del contrato y me comunicaron que el director de la Terminal de Ferrocarril fue el máximo responsable de lo ocurrido», manifiesta Sonia Fernández en su escrito.

La afectada está doblemente triste: primero por la muerte de su querido padre y segundo por la insensibilidad mostrada por este funcionario de la Terminal de Trenes de Las Tunas.

«Los humanos tenemos derecho a ser tratados como tales hasta después de muertos. Es muy triste que dejen a tantas personas esperando y más en una situación tan delicada como esa», analiza Sonia.

Este redactor está de su lado. ¿Quién podría no estarlo? Ella tiene toda la razón del mundo al estar molesta por la irresponsable actitud adoptada por ese directivo.

Este es un claro ejemplo del grado de inconsciencia que impera hoy en algunas entidades del país, y de que resta mucho por lograr en cuestiones de sensibilidad y eficiencia.

Para Sonia, el más sentido pésame por la muerte de su padre. Y para quienes no le brindaron la atención merecida en uno de los peores momentos de un ser humano, al menos la crítica oportuna desde esta columna, para que no se repita un hecho tan desagradable.

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