Desubicada ubicación

«Acudo a usted sumido en la impotencia», sentencia en su carta el joven ingeniero Yiky Rodríguez Díaz, vecino de Calixto García 159, en la localidad matancera de Colón. Y no es para menos. Se han astillado sus sueños de profesional recién egresado de la Universidad Camilo Cienfuegos, de esa provincia. Se siente como un inventario ocioso, que nadie sabe dónde situar.

Cuenta en su carta que se graduó en julio de 2006, y fue asignado a la Dirección Provincial de Salud Pública. Aunque dudó acerca de la utilidad de un ingeniero industrial allí, reflexionó en su deber como egresado para con la sociedad. En una reunión para la ubicación, le escuchó a la representante de la Dirección Provincial de Salud, el «comercial» acerca de las ventajas que tendría: prometedora interrelación de la ingeniería con las ciencias médicas, cursos, maestrías, doctorados hasta en La Habana...

«¡Qué infantil optimismo de mi parte!», comenta amargamente hoy Yiky. Y argumenta:

«Cuando me reúno en septiembre con uno de los que serían mis superiores —y estando presente la compañera que asistió a la reunión de ubicación—, este comienza a detallar mi futura labor en términos bien distantes de “El Dorado” original. La propia compañera, al oírlo, estaba asombrada.

«Cuando lo interrumpo inquiriendo por el amplio espectro de cursos de superación mencionados, pone cara de quien oye eso por vez primera... Raudo y veloz, echa mano al gastado argumento de que las superaciones vendrán después, cuando nos hagamos merecedores de ellas».

Hasta ahí, Yiky incluso hubiera transigido. Pero lo que sí le defraudó viene ahora: cuando el funcionario concluye, el joven le notifica que todo el tiempo le habla suponiendo que él reside en la ciudad capital de provincia, y no en Colón. «Otra oportunidad para reestrenar su faz de sobrecogido. Y ante la pregunta de si no previeron ese detalle antes de seleccionarlo, total mutismo».

¿El desenlace? Aduciendo falta de albergue y transporte, sencillamente le dijo que solo le quedaba ir a laborar al municipio de residencia. Y todavía Yiky esperaba una carta de salvación: ser útil allí.

Cuando llegó a Colón, descubrió que no era menor el asombro en la Dirección Municipal de Salud. Lo ubican a adiestrarse en el Departamento de Contabilidad, bajo la tutela de quien hace la nómina. De ella y del resto de sus compañeros, tiene la mejor impresión. Dúctil y deseoso de hacer, le cogió el gusto a la tarea.

No obstante, hizo gestiones con la Dirección Provincial de Salud para que lo liberaran y así buscar otra ubicación acorde con su perfil. Pero le ratificaron que debía cumplir con su servicio social. «No solo no quisieron entenderme y reconocer que el error (el de asignarme al MINSAP por la necesidad de ingenieros residentes en la ciudad de Matanzas sin averiguar dónde yo vivía) lo cometieron ellos; sino que interpretaron que yo pedía, me sacaran de allí, y deciden pasarme al hospital municipal de Colón».

El 26 de febrero pasado lo trasladan al hospital. Y desde su llegada hasta hoy, confiesa que «no se me quita el complejo de objeto anacrónico». El propio director tenía una leve noción de aquella asignación: De Matanzas nada de nada. Mucho menos el objetivo del traslado y las funciones a ejercer por mí. El enésimo asombrado con mi presencia».

No obstante, el director arguyó promesas de trabajo concreto y abundante. Y así hasta finales de marzo el cuadro fue: ir un día, recibir más dosis de promesas de «ven dentro de dos o tres días que yo te digo». Hasta que fue asignado a laborar bajo la guía de una doctora que laboraba con un grupo de Calidad, además de su labor facultativa. La tutora tampoco sabía qué hacer, y le encomendó tareas relacionadas con el control de equipos médicos y su uso.

Yiky en modo alguno cuestiona la estrategia del país para con los recién egresados, pero considera que se debe ser más riguroso y serio a la hora de ubicar esa fuerza calificada, porque su caso no es el único. Y a la larga esa primera experiencia puede frustrar a un profesional para toda la vida.

Tampoco entiende la estrechez con que, luego de esas fallidas ubicaciones, se defienden a toda costa, con un falso sentido de infalibilidad, y sin la posibilidad de rectificar en esos dos años decisiones infelices.

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