Pueblos aislados…

En la anterior edición, reflejé el sentir de residentes en esos pueblos pequeños, que han vivido con más fuerza los embates de estos duros años de período especial. Los califiqué de pueblos olvidados, en cuanto a la postergación de soluciones a vitales problemas, que pudieran parecer minúsculos al lado de los dilemas de las grandes y medianas urbanizaciones. No usé el término desamparados.

Lo aclaro porque siempre brotan hipersensibilidades institucionales y locales, que creen ver una acusación en cada cuenta del rosario de desgracias relatado. Pero eso lo aclararé al final de esta segunda relatoría de insuficiencias pueblerinas, casi aldeanas.

Hoy me escriben del aislamiento producido en esos alejados sitios por la crisis del transporte, y en algunos casos la ausencia de servicios telefónicos:

Soledad Acosta reside, junto a casi 200 personas más, en la cooperativa Saturnino Aneiro, a seis kilómetros y medio de la localidad camagüeyana de Florida. Y habla en nombre de quienes deben vencer esa distancia, que parece interminable, para acceder a muchos servicios y gestiones en la cabecera municipal.

Entre los pobladores hay personas con diversas dolencias. Y cuando han tenido casos críticos: o caminan cuatro kilómetros hasta el teléfono público más cercano, o hay que sacar al agonizante en un lento carretón con caballo. Por allí no pasa transporte alguno, y las gestiones para instalar al menos un teléfono público, han sido infructuosas.

Néstor Faustino, de Martí 5, en la localidad avileña de Punta Alegre, relata que hace más de cinco meses que no circula el coche motor que comunica a Máximo Gómez con Morón. Ese es el transporte que utilizan los de Punta Alegre para ir al hospital de la cabecera municipal.

Lo otro es ir al hospital rural de Máximo Gómez, pero el ómnibus que comunica a esta localidad con Punta Alegre es impredecible: se pasa varios días sin prestar servicios.

Juana Arelys Robayna vive en calle 18 número 5708, en la localidad El Gabriel, municipio habanero de Güira de Melena. Refiere que los pobladores se sienten muy inseguros, pues al no contar con una posta médica y mucho menos una ambulancia o cualquier transporte para trasladarse a la cabecera municipal, es muy azarosa la situación. Y como no hay ni un cine, sala de video, club de computación u otra oferta recreativa, los fines de semana los jóvenes se van con mil peripecias a otros pueblos, y retornan como pueden y cuando pueden, para preocupación de sus padres.

Sergio Leyva es uno de los 500 habitantes del poblado de Tasajera, en el municipio tunero de Manatí. Y grafica la grave situación así: «¿Puede concebirse que una mujer con siete días de parida tenga que viajar, para hacerle un análisis a su hijo recién nacido, montada en una carreta bajo la lluvia y por un camino en mal estado?». Precisa que el único transporte que tienen no funciona hace meses por no existir en el municipio una brigada de mantenimiento que repare el tramo de vía férrea dañado.

María del Carmen Rojas, de calle 53, escalera 1218, apartamento 4, reparto Abel Santamaría, de Nueva Gerona, cuenta que su familia reside en Cascarero, un barrio de pescadores del municipio tunero de Jesús Menéndez. Allí hay instalado un teléfono público de 400 minutos, y ya a mediados de mes ha agotado su capacidad. Si alguien enferma de gravedad, no hay transporte para llevarlo al hospital, distante unos 4 o 5 kilómetros. Gracias al doctor Roberto quien, con su moto particular, único medio de traslación, ha salvado muchas vidas.

Pero peor están los del barrio Calera 3, a 5 kilómetros de Urbano Noris, en Holguín: según Ángela Alarcón, una de sus mil habitantes, no hay allí ni un solo teléfono.

No cabrían aquí tantas cartas con situaciones similares desde lejanos puntos: ausencia total de transporte, caminos interrumpidos o destrozados, falta de comunicación telefónica, entre otras carencias. Es así, a pesar de todo lo hecho para preservar a esas localidades, que con la Revolución vieron la luz y ensancharon sus horizontes.

Ahora que la economía se reanima no sin tropiezos, urge un estudio a fondo de esas realidades. Y con el estudio, decisiones para rearticular esas comunidades y reabrirles los caminos de la vida que se han enlodado. Es estratégico, porque Cuba vive y se alimenta del campo. Y se debe a la tierra.

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