En las mismas narices...

«No es fácil», me confiesa bastante molesta Maytée Yanet Turro, en la carta que me hace al borde de la claustrofobia, con todas las ventanas cerradas en una ciudad tan abierta como La Habana.

Maytée vive en Dragones 458, apartamento 3, entre Lealtad y Campanario, en Centro Habana, con sus dos hijas y una nieta de seis meses. Y al lado de su casa hay un taller de Servicios Comunales. Hace más de tres semanas, la Dirección Municipal de Servicios Comunales decidió que en ese amplio espacio se parquearan todos los días tres camiones de recogida de basura.

«Ya se imaginará usted cómo es el olor ambiental de nuestro hogar y de los de nuestros vecinos. Todas las ventanas de mi edificio y el otro tienen que permanecer cerradas, y aún así se siente el olor, mucho más a las 12:00 del día, cuando el Sol le da al agua que destilan los camiones».

Los vecinos hablaron con la administradora del centro. Y como la orden venía del municipio, ellos intentaron ver al director, pero «nunca nos atendió», asegura la remitente. Resultado: siguen soportando la carga contaminante en sus mismas narices. Y ella arguye una razón irrebatible: toda la vida los carros de basura se han estacionado en parqueos alejados y protegidos, para así contaminar el medio ambiente lo menos posible. ¿Con qué derecho...?

Muy dolida está Bertha Guerra, una señora de 67 años que reside en Los Libertadores, Edificio 1, apartamento 11, Alto Songo, municipio santiaguero de Songo-La Maya. Ella y su esposo, anciano también, viven de la jubilación de este. Y el tercer miembro de la familia es su nieto de 21 años, egresado de una escuela especial.

Cuenta Bertha que cuando el joven concluyó sus estudios, lo ubicaron en la panadería del pueblo, para que aprendiera ese oficio. Allí estuvo entrenándose y laborando durante tres años como un trabajador más. Sin embargo, nunca lo quisieron contratar, ni tampoco le pagaron un centavo.

Para colmo, un día de noviembre de 2006, el administrador de la panadería sencillamente no lo quiso más allí y le dijo que se fuera.

El joven fue a la Dirección Municipal de Trabajo, y allí le dieron una carta para que la entregara en la dirección de la empresa panificadora. Allí a su vez lo encomendaron con otra carta, esta para el administrador de la panadería. Pero este ni así aceptó reincorporar al muchacho.

Bertha se duele de ver a su nieto en la casa, desesperado por trabajar o ser útil en algo, y que no lo pueda hacer sencillamente porque un administrador se abroga el derecho de rechazarlo, en un país que defiende a diario la integración y protección de las personas vulnerables.

«No puedo entender —dice— que aún haya personas que en vez de ayudar, les cierren las puertas a quienes tienen problemas».

Habría que agregar: ¿Cómo se puede, a contrapelo de la legislación laboral, tener a alguien laborando sin pagarle durante tres años y sin hacerle un contrato? ¿Cómo se puede desconocer a la Dirección Municipal de Trabajo? ¿Qué ha hecho esta al respecto? ¿Será posible?

Orlando Álvarez Gómez trae un elogio en su carta. Él reside en calle 8 número 5336, apartamento 3, Micro 2, en Nueva Gerona, Isla de la Juventud. Y desea felicitar a Cubana de Aviación en ese territorio, por la decisión de instalar su oficina de carga-despacho y entrega de bultos en el local que antes ocupaba la oficina de reservaciones de pasajes, en el centro de esa ciudad.

Y celebra también el hecho de que se hayan unificado, en un moderno y confortable local, las reservaciones de pasajes para todo tipo de medios: aéreo, marítimo y terrestre (en el caso de viajes a lo largo de la Isla mayor). Todo ello asumido por la empresa Viajeros.

Ahora hay más facilidades y comodidad para reservar pasajes, con un plazo de 90 días, mucho mayor que el existente anteriormente. Orlando considera que, cuando hay deseos de trabajar por el bienestar de la gente, se logran empeños inteligentes como ese.

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