¿Prohibir o satisfacer? - Acuse de recibo

¿Prohibir o satisfacer?

Pasan los años, y la gente sigue sufriendo aquello que un día denominé «la tiranía del mostrador», esa enfermiza inversión de los términos que ha extraviado a no pocos eslabones de esa gran cadena que conforman la gastronomía, el comercio y ciertos servicios: el que atiende, lejos de servir con gusto y flexibilidad al cliente, le impone sus reglas, por perjudiciales e ilógicas que sean.

Una víctima reciente de tales distorsiones fue Juan Tortosa, un jubilado de 66 años que reside en calle Tercera, número 1304, apartamento 1, entre Entrada y Lindero, reparto Antonio Maceo, municipio capitalino de Cerro.

Cuenta en su carta Juan que el pasado 30 de marzo, a las 2 y 30 de la tarde, se personó en el mostrador de la panadería del Casino Deportivo sita en Avenida del Este y Avenida del Norte, perteneciente a la Cadena Cubana del Pan. Intentó adquirir una barra de pan de cinco pesos —era el dinero que tenía— para su esposa, que convalecía de una operación de la vesícula. Pero solo había de diez pesos.

Le solicitó a la empleada que cortara la misma, y ella le dijo que esperara a que llegara alguien con el mismo propósito, y así resolvían los dos, pues le estaba prohibido hacerlo. Juan insistió, pues era para una operada que requería comer gradualmente y poco. Y alguien allí le preguntó incluso que si lo que él quería era que le pusieran una multa de cien pesos a la dependienta, por una violación.

Juan se molestó, porque su asunto no era afectar a nadie, sino resolver su problema. Preguntó por el administrador y no se encontraba. Retornó a la media hora y al fin llegó otro cliente y pidió cinco pesos de pan. Y fue cuando la empleada se volvió para decirle que «ahora sí» podía venderle la mitad de un pan, «como si me estuviera haciendo un favor». Juan estuvo tentado a decirle que no, pero la necesidad pudo más que el disgusto y el orgullo.

Al final, habló con el jefe de turno, y este le explicó que eso provenía de una resolución, y nada podían hacer. Juan considera que si es tan drástica la medida de impedir el corte-corte —quizá justificada por alguna razón de peso—, por qué entonces no producir muchas más barras de pan de cinco pesos; o fabricarlas todas de ese tipo, y quien busque de a diez compre dos de ellas. Hay que pensar en quienes solo pueden comprar la de cinco pesos.

«Quizá haya que recordarles que el consumidor es lo más importante, y que ellos existen por el pueblo», sentencia el veterano. Y este redactor pregunta: ¿cuándo será el día en que no haya que estar reclamando algo tan obvio, en que no haya que discutir y forcejear tanto?

Las dos restantes cartas de hoy reflejan uno de los flagelos más humillantes y peligrosos del engaño al consumidor: la adulteración o falsificación de productos.

Bandy Torres, de San Fermín 370-A, en Santiago de Cuba, refiere que en abril pasado su esposo le compró en la TRD Caribe El Encanto, de esa ciudad, una colonia Flores de Bonabel, con esencia de jazmín, al precio de 2.55 CUC. Y cuando la compararon en la casa con una similar que ya se estaba agotando, a la nueva se le acentuaba el olor a alcohol en detrimento del aroma de jazmín.

Era un domingo y fueron a la tienda. Y los atendió muy gentilmente el comercial, quien les dio la razón. Aunque no aclara si le cambiaron el producto, sí asegura que la comparación les llevó a concluir que el fraude proviene del productor. Este redactor no podría asegurar tan absolutamente esto. Pero fuera quien fuere: el productor, el distribuidor o el vendedor, lo cierto es que alguien engrosó su bolsillo con el grosero engaño.

Y Mayra Bell, residente en la localidad capitalina de Cojímar, confiesa en su carta que en más de una ocasión ha sufrido tal tipo de engaño con productos de tocador que adquiere, bajo el rótulo estable de ciertas marcas. Y se alarma por la fuerza que ha tomado ese mal, y el peligro que representa para la salud de los consumidores, además del fraude y la burla.

Mayra conoce que hay formas de reclamación como consumidora, pero piensa que debían ser más expeditas, de manera que, al margen del sitio donde se adquirió el producto, hubiera alguna entidad, con su laboratorio y todo, que pudiera demostrar química y físicamente la alevosa artimaña con los bolsillos y la salud del comprador.

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