Tardía y tangencial…

Las respuestas institucionales confirman muchas veces las presunciones que hago sobre la cultura —o incultura— del detalle en muchas entidades. «No hay que esperar precisamente a que se decrete un gran programa de inversiones para reparar... si se pueden ir atendiendo esos detalles...», refería el pasado 28 de noviembre de 2006, al comentar la queja de la lectora Lucía Martínez Consuegra.

Sí, porque Lucía, vecina del reparto Francisco Vicente Aguilera, de la ciudad de Bayamo, criticaba el deterioro, por los años, del consultorio médico de la familia número 96, sito en calle Tercera, entre 10 y 12, en ese barrio: sobre todo en lo que a puertas y persianas se refiere. Y lo ilustraba. La puerta que separa la salita de espera de la consulta del médico tuvieron que retirarla, por la voracidad del comején. Desde entonces, lo que hablan paciente y facultativo —algo tan privado— es patrimonio de los que aguardan. Y mucho más: las mujeres que deben hacerse pruebas citológicas y atenderse otros problemas ginecológicos —algo mucho más íntimo— perdieron la privacidad. A la vista de cualquiera.

Con un atraso de más de ocho meses, responde al respecto Víctor Valdés Pérez, jefe de la Oficina de Atención a la Población de la Dirección Provincial de Salud de Granma, para decir que el consultorio fue visitado por el director provincial de Salud, el director de Logística provincial y el director municipal de Salud, así como el director del policlínico al cual pertenece el consultorio.

Y la visita confirmó que «es cierto que presentaba todas las dificultades de las que hablaba la compañera», pero «se tomaron medidas: se le asignaron algunos recursos para darle solución a este caso, como pintura, cemento, arena, así como se arregló la carpintería».

Esa es la respuesta. Con el mayor respeto, uno se pregunta si había que esperar tanto para que quienes debían haber visto allí lo que ante los ojos de los pacientes se deterioraba, descubrieran el problema en una visita comprobatoria.

Quizá lo conocían. Quizá tienen un diagnóstico de todo lo que se ha erosionado en ese tipo de instalaciones, y por ahora no alcancen los recursos, o aún no estén aprobados para tantas necesidades. Pero nada de eso lo refleja la respuesta, tan escueta y para salir del paso. Una respuesta que no llena las expectativas de esos pacientes, ni de los lectores que conocieron la queja de Lucía.

Al final aparecieron recursos para «pasarle la mano» al consultorio. Y pacientes y lectores, a quienes no se les explicó por qué no se había hecho antes, siguen cargados de dudas...

No pretendo tomar de «material de estudio» la respuesta de hoy. A fin de cuentas, se parece a muchas otras que llegan aquí. Denotan escasa cultura del detalle en la comunicación institucional. La atención a la población, en cualquier entidad, no es solo buzón de quejas para tramitar, sino, sobre todo, una diaria rendición de cuentas a los ciudadanos, con todas las de la ley.

La segunda carta la envía Mercedes Medina Camejo, de calle Morro 8604, entre G y H, en Cojímar, municipio capitalino de La Habana del Este.

Ella tiene una nieta de un año a la cual le indicaron una dieta de leche evaporada. Y cuando se dirigió al mercado piloto de la Villa Panamericana, donde debe adquirirla, allí le dieron como respuesta que la misma «no había entrado». A los pocos días llamó por teléfono, y le comunicaron que aún no estaba el producto y que «eso no tiene día fijo para entrar».

«Mientras espero la entrada de la leche evaporada, ¿qué toma la niña?», cuestiona con razón la abuela. La suerte del cubano es el cubano mismo: una vecina ya le ha prestado dos cajas. Pero bien dice Mercedes que «esa no es la solución».

Y tampoco esa puede ser la respuesta estatal, ya sea de un mercado o del Ministerio de Comercio Interior. Tiene que haber una reserva estable para tales casos, mientras se asientan los papeles y los pedidos y la inclusión en los listados. Toda esa madeja burocrática. Un niño no puede amanecer sin su leche.

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