Jubilosos jubilados

No hay razón para el olvido. Por eso, unas cuantas entidades cubanas debían hacer cierta pasantía por la empresa azucarera Mario Muñoz Monroy, de los Arabos, en la provincia de Matanzas. Sí, para que supieran lo que es atender a los viejos jubilados, esos que lo dieron todo y muchas veces languidecen de abandonos y nostalgias.

Me escribe Tomás Martínez Mazario, secretario general de la sección sindical de jubilados de ese complejo azucarero. Y lo hace en nombre de los 78 veteranos afiliados, que se resisten a la soledad y al aburrimiento, porque siguen aferrados a ese central que les dio sentido a sus vidas.

Cuenta Tomás que esa sección sindical está activa y en guardia con los asuntos del central. Mensualmente se reúnen y discuten los problemas de la empresa. Y el director de la misma les rinde cuentas del cumplimiento del plan de azúcar, el de siembra, la producción de alimentos y cuanto ande bien o mal en esa entidad.

Ellos almuerzan diariamente en el comedor, y en especial se cuida de que ninguno falte el miércoles, día especial, en que el menú tiene nueve platos. Y también, de acuerdo con las posibilidades de la empresa, se les trata de atender algunas necesidades: una camisa a uno, un pantalón a otro... Así.

Refiere Martínez que en las actividades de estimulación a los trabajadores en activo, que se convoyan con cenas, siempre hay una representación de los jubilados, quienes también son agasajados. El 8 de Marzo, las compañeras reciben el mismo homenaje e idénticos regalos que las trabajadoras en activo.

En contacto con la Dirección Municipal de Salud Pública, la empresa lleva a los ancianos a hacerse chequeos generales, a atenderse la vista, a la sala de rehabilitación, a la de estomatología, al podólogo para los callos y juanetes, al psicólogo... A los hombres les hacen exámenes de próstata; y a las mujeres, de mama.

Tienen varios afiliados estudiando en la Universidad del Adulto Mayor, y la empresa facilitará un local para que funja de aula. Hay veteranos que tienen turnos médicos en la ciudad de Matanzas o en La Habana, y la empresa se hace cargo de su transportación. Realizan excursiones, participan en trabajos voluntarios, y ayudan a los jóvenes trabajadores de la entidad. Poseen una brigada artística para apoyar las actividades recreativas en la Casa del Trabajador Azucarero.

Sería interminable la enumeración del trajín y la ocupación de esos viejitos. Pero lo más esencial lo remarca Tomás:

«Ya ve, cuando la gran mayoría de nosotros pensábamos que la vida había terminado, y teníamos la autoestima en el sótano, todo cambió. Somos tratados primero como personas, con una delicadeza y un amor increíbles. Tal vez estemos equivocados, pero nuestra sección sindical es única. Quisiéramos que se conociera, pues a lo mejor prende esta semilla en otras empresas del país. Y lo más grande: si Fidel lo supiera, ¡qué alegrón le daríamos!».

La carta del viejo Tomás da mucho que pensar... y hacer. Es cierto que hay entidades como esa empresa, con recursos, y hay centros con economías muy austeras, casi escuálidas. Pero lo esencial, más allá de vituallas o recursos, es la sensibilidad de un colectivo para no desprenderse de sus queridos viejos, ni relegarlos. A fin de cuentas todos vamos hacia allá.

La segunda carta la envía Aleida Bertot, de calle 25 número 516, entre H e I, Vedado, en la capital del país. Y es la denuncia de lo que ella considera una falta de respeto para con los ancianos.

Refiere Aleida que el pasado 3 de junio adquirió dos pares de tenis para su hermano de 76 años, al precio de 17,15 CUC cada uno, en la tienda de Línea esquina a 12. El señor tiene severos problemas en los pies, y ella estuvo buscando durante mucho tiempo un calzado cómodo que le satisficiera.

Pero 21 días más tarde, comenzó a levantarse el material que recubre los tenis, y ya las suelas estaban despegadas, aun sin haberlos lavado por primera vez.

«Considero que es una falta de respeto mantener en venta productos que están dañados por el excesivo tiempo que llevan almacenados, y más aun que los vendan a precios elevados, cuando ya no tienen la calidad requerida», manifiesta Aleida.

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