Paz todos los días

No pueden esfumarse los buenos augurios con la resaca de la celebración. De qué vale desear paz, salud y felicidad al prójimo, en el festinado límite entre uno y otro año, si cuando remontan los días del naciente, persistimos en realizar nuestras ansias unilateralmente, sin mirar a nuestro alrededor y aunque dañen o humillen a nuestros semejantes.

No este 2008, sino para siempre, sin votos de fin de año, todos debíamos ser más sensibles y consecuentes con las personas que sufren alguna limitación física o motora, y con ancianos y embarazadas, que muchas veces llevan las de perder en esa carrera desenfrenada con que muchos ciudadanos asumen cada acto de la vida.

Lo remarco porque me escribe José Carlos Adams, desde Candelaria 52, esquina a Amenidad, en la capitalina Guanabacoa, donde funge como presidente de la Asociación Cubana de Limitados Físico Motores en el municipio.

Y me cuenta que en la reciente reunión de balance anual que realizaron, emergió la preocupación acerca de cómo en las paradas de los ómnibus y todo el sistema de transportación, ha cundido entre no pocos ciudadanos la indolencia e indiferencia hacia estas personas vulnerables, por una u otra razón. «¿Deben viajar parados habiendo jóvenes sentados?».

La paradoja es también, según Adams, que la población cubana tiende a un mayor envejecimiento. Los ancianos, junto a los limitados físico-motores, son muchas veces los más afectados en el tropel y la tragedia cotidiana de transportarse: «A veces nos tumban en las paradas con el apuro para montarse».

Adams está conciente de que todo lo agrava y condiciona la difícil situación del transporte, «pero hay que hacer el esfuerzo para erradicar la indiferencia y la indolencia, porque la indisciplina social está afectando cada día con mayor fuerza el deambular de los discapacitados que, como todos los seres humanos, tenemos necesidad de trasladarnos en ómnibus, corriendo el riesgo de accidentarnos en esos trajines».

Como náufragos de una tragedia sonora viven los vecinos de la calle Fernando Hernández, entre Francisco Javier y Jesús Menéndez, en el centro histórico de la ciudad de Trinidad, Sancti Spíritus.

Me escribe Rafael Arcís, residente en el número 26 de esa calle, y lo apoyan otros seis vecinos de las casas más cercanas al Palenque de los Congos Reales: la exorbitante contaminación sonora proveniente de esa unidad, según ellos, persiste los 365 días del año desde las 9 y 30 de la mañana hasta las 12 de la noche o una de la madrugada.

Los sufrientes se han dirigido a ARTEX, la entidad superior de ese centro. Y nada. Lo han reportado a Higiene y Epidemiología y al Gobierno municipal. El CITMA visitó ese centro, y en dos ocasiones ha dictado resolución de cierre, pero al mes vuelven las ruidosas andadas. Todo se hace desconociendo a los vecinos: grupos musicales con bafles, micrófonos... y a todo volumen.

Tanto celo en la protección y conservación de Trinidad, y ¿esos vecinos no son también patrimonio de la humanidad?

La tercera carta la envía Rafael Suárez, de calle L número 15005, entre Séptima y N, en Altahabana, municipio capitalino de Boyeros. Y es un llamado a buscar soluciones individuales y a particularizar algunos casos, en medio de la globalidad que suponen ciertos programas sociales.

Refiere Rafael que su suegra padece el mal de Alzheimer y, en consecuencia, está postrada y no domina sus funciones de defecación y orina. Por ello, con el cambio del módulo de cocción del gas a la hornilla eléctrica, se hace imposible con esta última hervir su ropa y la de cama. Imposible por la capacidad de la hornilla y la del bolsillo familiar.

De paso, sugiere que se estudie la situación de la tela antiséptica y otros productos para la higiene en casos muy puntuales como el de esos enfermos. Porque todo ello tienen que adquirirlo en las tiendas en divisas.

Es justo que se atienda la sugerencia de Rafael, que es la de muchas familias con situaciones vulnerables. Por muchas necesidades que haya, y por muy lógicas que sean ciertas medidas, debe tenerse en cuenta siempre que todo no es una tábula rasa. Que en materia social hay que mirar también con lupa, para que la justicia llegue a todos, hasta a los que se apartan de la regla.

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