Polvo en sus ojos

Margarita Reyes Arias mira a su alrededor y solo distingue el polvo como una pátina de olvido, en el barrio La Pedrera, de Bayamo, en la provincia de Granma. Hace más de tres años que los lugareños viven así, «y no hay quien le ponga freno».

Escribe Margarita en nombre de todos los vecinos, y cuenta que un buen día, la entidad GECA, del Ministerio del Azúcar, trasladó una fábrica de ladrillos que estaba enclavada en la zona de Mabay, para La Pedrera, sin hacer estudio alguno de factibilidad medioambiental.

Ella describe el panorama que sufren:

«Ya esto pasa de castaño oscuro. Los vecinos todos pintados de negro por el hollín. Imagínese respirando el humo contaminante de las gomas de autos que queman indiscriminadamente para adelantar el proceso de cocción de los ladrillos en los hornos.

«Esto, ligado al petróleo que utilizan en estas labores, hace insoportable vivir. Las viviendas quedan a menos de 40 metros del lugar. Es como un castigo, una imposición, tener que respirar y resistir el hollín. Todo se pinta de negro».

Los vecinos han reclamado a todas las instancias: el Gobierno, el CITMA, Higiene y epidemiología. En todas las asambleas de rendición de cuentas se aborda el tema. Y solo permanece el silencio institucional, flotando en el polvo.

La situación de salud se ha agravado en la comunidad. Ancianos y niños pequeños padecen problemas respiratorios.

Hace más de un año, el periódico provincial La Demajagua denunció ese ecocidio con el título Lluvia de hollín sobre La Pedrera. Y aún la respuesta a tal emplazamiento brilla por su ausencia.

Si Cuba tiene una legislación medioambiental, cuyo centro es la defensa del ser humano como el principal recurso de la Naturaleza, nadie puede entender que predomine el criterio de una entidad sobre el bienestar y la salud de una comunidad. Si los que emplazaron esa fábrica de ladrillos allí, vivieran entre el polvo, quizá ya hubieran rectificado sabiamente.

Lo otro es que las autoridades del territorio no hayan terciado a favor de los sufrientes, al menos por un criterio de humanidad y respeto.

A veces me pregunto por qué cuesta tanto trabajo ponerse en el sitio de los otros, si al final todos seremos polvo.

La segunda carta es la respuesta que ofrece Diego A. de León Delgado, director comercial de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Cienfuegos, a la queja de Lidia María Fernández, reseñada aquí el 10 de octubre de 2007.

Entonces, Lidia María denunciaba la sequedad total: desde 1992 no se recibía agua en la comunidad El Rosario, donde ella vive, situada en la carretera a Cumanayagua, en la provincia de Cienfuegos. Los vecinos se ven obligados a cargar el vital líquido desde una distancia de 600 metros. Lo han planteado reiteradamente, y siempre les han prometido que se va a resolver, pero nada; todo sigue igual.

Al respecto, el director comercial reconoce que, efectivamente, no existen redes de acueducto allí. Y precisa que, de acuerdo con la defectación hecha por los técnicos, el problema se resuelve con 300 metros de manguera de 25 o 32 milímetros, y 150 de 16 milímetros para las conexiones. Y aclara que esa entidad posee tales recursos.

La respuesta es tan escueta, que aun sin la confirmación explícita, los buenos deseos me llevan a interpretar que Acueducto y Alcantarillado cumplirá lo que tanto han solicitado durante años los vecinos, ya que tiene los recursos. Lo agradezco en nombre de ellos, y solo queda la duda de por qué antes no se hizo.

Si insisto en la integralidad y transparencia que deben tener las respuestas a los planteamientos ciudadanos, no es por convertirme en el indeseable objetor de cualquier administración. Nada más alejado del espíritu constructivo que anima a esta columna. Pero a veces uno tiene la sensación de que, a duras penas, esta sección anda agónicamente, sacándole agua al pozo de las soluciones, desde el mismísimo fondo.

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