A ojo de buen cubero...

En la asignatura pendiente del agro cubano para satisfacer las expectativas de la población, está el sempiterno tema de las relaciones económicas entre las empresas agrícolas y los campesinos: una relación que a veces se torna conflictiva, por ciertas atribuciones que se toman ciertos funcionarios en nombre del Estado. ¡Ah!, pobre Estado que paga siempre allá arriba en la entelequia las culpas de ese estado... de arbitrariedades.

En la finca Dos Hermanos, localidad matancera de Pedro Betancourt, a Miguel Ángel Carrazana no le tiembla la mano con que acaricia sus reses, para narrar lo que padecen algunos propietarios de ganado vacuno de ese territorio que no poseen tierras. Miguel Ángel clama en nombre de varios ganaderos, que tienen muy claro su deber de venderle al Estado los ejemplares que tienen en exceso. Porque de ahí sale el alimento que ese mismo Estado dispone para tantas necesidades del consumo social. Ahí podría estar la carne que ahora mismo nutre a un enfermo de cáncer internado en el Hospital Oncológico.

El problema no es la obligación de vender ese excedente, sino las condiciones leoninas que, por lo menos allí en Pedro Betancourt, les imponen los compradores. Y Miguel Ángel lo sustancia con ejemplos concretos:

«Nos compran el animal sin pesarlo. El comprador, a simple vista, nos dice los kilogramos que tiene el animal», denuncia el ganadero, quien bien podría esgrimir el enfoque del consumidor, del lado de acá: cuando me siento en un restaurante, no pago la cuenta de lo que comí por una apreciación mía, sino por el precio que la carta me indica.

Y revela más: «Cuando tenemos un torete que está en categoría por seis meses, y vienen a comprárnoslo, debe pasar a toro de ceba, pero, como no tenemos tierra, este animal que es toro de ceba nos lo pagan como buey, a un valor mucho más bajo que el del primero».

Miguel Ángel indagó con el comprador, y este le explicó que eso está establecido en la provincia de Matanzas. Y se pregunta: «¿Por qué se nos aplica esta medida a los no tenedores de tierra, si el animal está en esa categoría de toro de ceba». Miguel Ángel sospecha que se están «cebando» con ellos...

La segunda carta la envía el doctor Jorge Rafael Carles, vecino de calle Simón Bolívar 306, entre Maceo y Martí, ese patrimonio de ancestrales bellezas que es Trinidad. Él fue operado el pasado 20 de febrero en el Instituto Nacional de Oncología, en la capital, y desea agradecer la esmerada atención de los incansables galenos del servicio de Cabeza y Cuello, en especial al doctor Nélido.

Pero a la vez, apunta hacia factores que están afectando el servicio en dicho hospital, relacionados con la ampliación y remodelación de dicho centro asistencial. Jorge Rafael estuvo internado en la sala E, recién reparada, «y no podíamos entender que tuviese tupición el lavamanos de mi dormitorio; al igual que el de al lado, y el de la enfermería».

Otras molestias para los pacientes eran que «muchas veces la dieta la ofrecían en horarios desajustados; y la mayor parte de las veces la calidad no era la mejor. En varias ocasiones, el material de curación para pacientes operados llegaba esterilizado a la sala cercano el mediodía, y a esa hora empezaban las curas. Las historias clínicas se extraviaban temporalmente y no se encontraban en el momento y lugar adecuados».

El deseo de Jorge Rafael y de muchos otros pacientes es que solucionen esas paradójicas realidades: te salvan la vida médicos increíbles, que no tienen precio, y luego te la complican los descuidos y las chapucerías. ¿Quién le aplica el bisturí a tales indisciplinas?

Y en Calabazar, municipio capitalino de Boyeros, el puente que divide a esa localidad con Las Cañas, se encuentra interrumpido, pues al comenzar las labores de pavimentación para que transitara la ruta P-13, resultó que el mismo estaba agrietado.

Lo cuenta Ana María Lemes, de Soto 11083, apartamento 32, en Calabazar. Y transmite la inquietud de muchos pobladores que ahora deben caminar dos kilómetros, pues la ruta 31 y el taxibús solo llegan hasta el límite del puente Calabazar. Nadie explica cuándo se resolverá el problema.

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