Poco caso a las casas

«El cuartico sigue igualito» Foto: Nelson Riverón Santana El maestro José Alejandro me ha invitado a abordar su nave. Y digo suya, porque él va de timonel, pero debí decir nuestra, pues aquí confluyen, desde hace diez años, las angustias, certezas y esperanzas de muchos cubanos.

De ahí la mezcla de agradecimiento, temor, orgullo y compromiso que me llenó ante su propuesta. Si mi inexperta voz puede dar algunos decibeles a quienes escriben a Acuse; si puedo ayudar con un mínimo impulso a los hacedores del país y al periodista que los escucha, entonces, me sumo. Es dicha grande matricular esta universidad del periodismo y la vida.

¿Papeles secundarios?: Ana Roselvis Jorge González, de San Felipe, en el municipio granmense de Buey Arriba, quisiera llevarnos a todos hasta allá para que veamos con nuestros propios ojos su situación. Desde el paso del ciclón Dennis (2005) le llenaron los papeles para un techo, pues su casa —de madera, guano y piso de tierra— no estaba bien cobijada.

Hace dos años, señala, la vivienda tiene dos horcones hundidos y está recostada a la cocina, rompiéndola. En el 2007 se perdieron todos sus documentos. Y ella, después de que instituciones como el Consejo Popular y la Dirección de Vivienda conocen su caso, se pregunta hasta cuándo tendrá que esperar por resultados.

Hacer un bien y... mojarse a chorros: Cuando en el año 1987, el Gobierno de San Luis, en Santiago de Cuba, le solicitó que cediera su casa para articular un consultorio del Médico de la Familia, Oneida Carrión no podía entrever lo que le esperaba.

Por el afán de ayudar accedió, mas al parecer su gesto no ha sido debidamente valorado por las autoridades locales. En aquel entonces le entregaron a Oneida una vivienda de madera que «se moja a chorros por doquier y los parales cogen corriente cuando llueve».

La vecina de Céspedes 69, en Dos Caminos, ha ido a la Dirección Municipal de la Vivienda y a «los factores» y no arriba a ningún resultado.

Por vestir un santo, desvestir a dos: El hogar de Isabel Aguilera Guerra, en Céspedes 116, colinda con la Dirección municipal de la FMC en Bayamo. Hace seis años el local de la organización fue desocupado para repararlo y ahí comenzaron los sufrimientos de Isabel. Según cuenta la granmense, el sitio permanecía casi siempre abierto, «lo que facilitaba que a través de la tapia que nos divide saltaran visitantes nocturnos con ningunas buenas intenciones; sufrí robos y muchos malos ratos».

Sobre esto se quejó con su delegado de circunscripción. Luego de cuatro años inició la descarga de materiales y el ajetreo reconstructivo en lo que fuera la FMC municipal. Entonces, la película se tornó más violenta para la familia contigua.

«Mi techo, que dicho sea de paso, yo acababa de reparar, se vio gravemente afectado, pues las tablas del mismo pasaban al otro lado y las serrucharon, porque iban a techar con zinc. El movimiento ocasionado hizo caer pedazos de la madera de mi techo y comenzaron las lluvias que me han dañado muebles y paredes».

Al quejarse con las autoridades correspondientes, a Isabel se le prometió que los perjuicios serían reparados. Nada ocurrió...

Ella escribió además al Poder Popular Municipal y Provincial. «La respuesta fue una visita de los compañeros de la Vivienda municipal, que reconocieron los daños, pero me enviaron una carta diciéndome que yo debía demandar a la organización y la empresa constructora. Yo soy jubilada, tengo 68 años y estoy enferma; todo esto cuesta mucho dinero».

Otras averías en la casa se produjeron en las paredes, que ante los golpes de al lado, se rompían. Después de varias misivas, logró la afectada que le arreglaran «algunas de las paredes dañadas en forma rústica y sin darme pintura para mejorar la imagen de lo que me habían roto».

Los trámites, como en una laberíntica madeja, han seguido. En cada instancia le repiten a la doliente lo mismo: «Busque un abogado y demande». Y ella se pregunta: «¿Es esto necesario, si todos saben quién rompió?».

El local de la FMC —se lamenta Isabel al final de su mensaje—, tampoco se ha terminado; y una casa antigua, pero muy bella, se tornó en «un espectáculo bastante deprimente».

El 31 de enero último publicamos el alerta de Ríder Victoria, de Sibanicú, Camagüey, sobre el estado constructivo de este inmueble. Se trata del Monumento Nacional donde se firmara, en 1897, la Constistución de la Yaya, última de la República de Cuba en Armas. Aquí mismo vio la luz la respuesta de Alberto J. Valdés, director de Patrimonio en la tierra de los tinajones, quien explicó que se hacían gestiones para comenzar su reconstrucción en el menor tiempo posible. Han pasado cuatro meses y Ríder nos envía otra misiva, ahora con la imagen de la inacción. «El cuartico sigue igualito», comenta el camagüeyano, y la fotografía lo apoya.

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