Confesiones de uno de los 31 mil agrónomos - Acuse de recibo

Confesiones de uno de los 31 mil agrónomos

El ingeniero agrónomo Armando P. Menéndez Riverón, profesor de la Sede Universitaria Municipal (SUM) de Camagüey, se tomó muy en serio, y con sumo compromiso, el reciente discurso en la Asamblea Nacional del General de Ejército Raúl Castro, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Y ante la pregunta de Raúl acerca de los derroteros que han tomado los 31 mil agrónomos formados por la Revolución, al menos Armando cuenta su historia, una historia que quizá puede ser la de otros.

Residente en San Rafael 664, entre Vázquez y Carretera Central, en la ciudad de Camagüey, Armando reconoce que todo lo que es profesionalmente se lo debe a la Revolución Cubana. Al llamado de Fidel, cuando concluyó noveno grado, estudió Suelos, fertilizantes y alimentación del ganado en el tecnológico Libertad, situado entonces en la antigua finca Kuquine del dictador Batista, que la Revolución convirtió en un centro docente.

Recuerda con nostalgia aquellos tiempos del toro Rosafé en el alba de la inseminación artificial, el pastoreo racional de André Voisin y las primeras alzadoras de caña para la zafra, que hoy parecerían juguetes rústicos.

Seis meses antes de concluir sus estudios, y ante un nuevo llamado de la Revolución, se especializó en el cultivo de la caña. En enero de 1967 comenzó a trabajar como técnico de nivel medio en Suelos y fertilizantes y en caña de azúcar, en las vastas llanuras del central Brasil, en Camagüey. Seis años después se graduó como ingeniero agrónomo en la Universidad Central de Las Villas Marta Abreu.

El tecnológico y la Universidad, junto a sus primeros desempeños laborales, los califica como «el crisol que forjó la vocación por el campo», al que se entregó, según sus propias palabras, «con mucho amor y dedicación».

Luego llegaron las promociones a cargos técnicos y de dirección. En 36 años transitó, con el mismo fervor, desde el lote cañero, la granja, la empresa, el complejo agroindustrial, la delegación provincial y hasta el nivel central del Ministerio del Azúcar; «lo que me permitió adquirir gran experiencia y ser un profundo conocedor del sector azucarero».

La causa de su desánimo

La frustración profesional, confiesa, la tuvo a partir de la Tarea Álvaro Reynoso (TAR) que implicó el necesario redimensionamiento de la industria azucarera. No por la tarea en sí misma, sino por la forma en que se puso en práctica, al menos allí en su provincia. Fue cuando se desanimó y frustró: en enero de 2003 decidió abandonar el sector que había sido la razón de ser de su vida.

«En la práctica no se tomaron en cuenta los criterios y opiniones de la base, sobre aspectos que tan directamente nos concernían», manifiesta, y aclara que sus opiniones están avaladas por lo que vivió en la provincia de Camagüey: se propuso dejar activos a centrales que no tenían los mejores suelos ni gozaban del mejor régimen climático, y sin embargo se optó por desactivar centrales mejor equipados tecnológicamente que otros, a pesar de la generalizada opinión en contra de los trabajadores de esas industrias, en las asambleas efectuadas. Se orientó dejar de atender con labores que implicaran recursos materiales y financieros, las plantaciones ubicadas en suelos evaluados de no favorables para el cultivo, aun cuando fueran cepas jóvenes capaces de dar varias cosechas más.

Recalca que «no se tuvo en cuenta el criterio de expertos, de los mejores especialistas cañeros de la provincia, en la mayoría de sus propuestas». Y apunta que en la estimación de producción cañera para la próxima zafra, un proceso de análisis y discusión, se hizo el trabajo apenas por vía expedita, sin la retroalimentación y el debate necesarios en los tradicionales despachos que se hacían con las empresas azucareras y mieleras de la provincia.

En tal sentido afirma que «la agricultura cañera se ha caracterizado por trabajar sobre la base de metas y planes impuestos desde “arriba”, recetas tecnológicas que dicen cuándo, cómo y qué sembrar, cómo cultivar, y un largo etcétera que deja un estrecho margen al técnico que está frente al surco, para aplicar la ciencia agronómica».

Un día Armando se preguntó: «¿Cuál es mi papel como agrónomo? ¿Qué valor les dan mis jefes a tantos años de experiencia?». Y, «como se puede hacer Revolución desde muchos otros frentes», pasó a trabajar en la conservación y protección del medio ambiente, afín a su perfil profesional durante tres años, hasta que en la actualidad ejerce como profesor instructor en la SUM.

No obstante, Armando está convencido de que, al igual que él, muchos agrónomos estarían dispuestos a retornar a sus labores anteriores, «si dentro de las medidas que se adopten hoy en nuestra agricultura se deja el espacio necesario para que los técnicos realicen su labor. Y propone que se promueva un debate acerca de este tema tan esencial, al tiempo que privilegia la búsqueda colectiva de la solución al tema de la agricultura cubana, «lo que es hoy una tarea estratégica para la sobrevivencia de la obra de la Revolución», afirma.

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