Sin título

Las palabras del título eran irrepetibles hasta para la tinta del periódico. Las gritó un grupo reguetonero en el habanero San Antonio de los Baños el pasado 26 de julio, y el vecino Ricardo López Ledón, residente en Avenida 27, número 7007 bajos, entre 70 y 72, nos las remitió indignado.

El conjunto ¿musical? amplificó por un potente audio soeces estribillos que, según Ricardo, se oían prácticamente a dos kilómetros a la redonda.

«Es una vergüenza para la Villa del Humor, con una historia cultural tan rica», se duele el remitente, y añade que esto nada tiene que ver con los esfuerzos loables de la Dirección Municipal de Cultura.

Varias veces desde este espacio se ha condenado la grosería que se autotitula «arte» y se ha llamado a preservar entre conciudadanos el sagrado principio que Juárez postulara para las naciones: «el respeto al derecho ajeno es la paz».

Ningún género artístico es condenable por sí, como ninguna técnica científica es mala, si los fines a los que sirve no lo son. Pero cuando con pretextos de diversión se violan espacios y reglas del bienestar colectivo, alguien debiera tomar cartas en el asunto.

Cerca enferma en el hospital

«Todo comenzó porque se robaron la cerca, después los transeúntes de día y los ladrones de noche la utilizaban como atajo para entrar al hospital o salir de este... Luego a alguien se le ocurrió botar la basura allí, y actualmente aquello es insoportable».

¿No se les parece esta historia a otras? La indolencia en este caso hizo presa de la cerca perimetral del centro hospitalario 10 de Octubre, en el Cerro, Ciudad de La Habana. La clarinada de alerta la da Verónica Milagros Peñalver, desde Alejandro Ramírez 16 entre 10 de Octubre y Omoa.

Cada día, observa Milagros, aumenta el vertedero en que se ha tornado «la sección que tiene al fondo el pabellón Pérez Pérez, de Geriatría, y a la derecha un jardín de la infancia». Entre estos extremos de la vida crecen los gérmenes para destruirla.

«La ducha en la sala»

Podría mover a risa, pero esta frase con la que titulan su carta los granmenses Yaquelín Valdés y Juan Luis Ginarte, no tiene un trasfondo humorístico. Ellos fueron «beneficiados» por la construcción de la presa de Cautillo, en Jiguaní, por la cual les cambiaron las casas por sendos apartamentos en el edificio número 4 de la calle Ignacio Pérez, Santa Rita, en el mismo municipio.

Resulta que en los nuevos inmuebles se pasaron alrededor de siete años sin agua; y luego, cuando les colocaron servicio hidráulico, las tuberías se rompieron.

Varias veces desde entonces han acudido Juan y Yaquelín a diversas instancias de la Vivienda y el Poder Popular y cuentan haber recibido solo «peloteo», mientras que los salideros les afectan cocinas, salas, lavaderos, dañan las instalaciones eléctricas, los muebles...

Adónde ir en la Isla

Y ya que estamos terminando el verano llega oportuna la preocupación de Yadira Rives Fernández, una madre pinera que vive en el edificio 1027 de la calle 1, entre 10 y 14, Camilo Cienfuegos, La Fe.

La infancia, nos recuerda Yadira, es la etapa donde se acumulan tal vez los más bellos recuerdos del hombre. Si no existen atrayentes espacios de recreación, qué evocarán los infantes, como su pequeño de tres años, cuando crezcan. En la Isla de la Juventud, apunta la joven mamá, se agudiza el problema por su condición geográfica.

¿Adónde llevo a mi niño los fines de semana y en etapas vacacionales?, se pregunta. Y explica que no existe un parque de diversiones en el Municipio Especial que motive a los menores; en el zoológico es reducida la cantidad de animales; y en las noches los lugares recreativos «son solo para el reguetón y la farándula», se lamenta Yadira.

Siguen las aguas borrascosas

Siguen las aguas borrascosas derribando cumbres del bienestar humano. Desde el capitalino consejo popular Cayo Hueso, en el municipio de Centro Habana, nos llega la voz del locutor Guillermo Rivero de la Rosa, vecino de Aramburu 18. La esquina de esta calle con Jovellar, que observamos en la foto, desde hace más de dos meses está llena de aguas albañales con el correspondiente mal olor y riesgo contaminante, refiere Guillermo a nombre de varios residentes en el lugar. Esto ocurre «justo a 20 metros de la puerta del policlínico Joaquín Albarrán», alerta. «Hemos llamado a los números correspondientes de Aguas Negras de La Habana en más de 20 ocasiones y no se nos hace ningún caso». Informa el remitente que las aguas putrefactas ya han alcanzado —al parecer a través del manto freático— la cisterna del edificio donde vive. «¿Hasta cuándo tenemos que esperar?», se pregunta.

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