La tragedia de todos

Estamos vivos y eso es suficiente, masculló alguien mirando hacia ningún sitio, entre los escombros de su hogar. Esa intrepidez mambisa parece venir en nuestro código genético del alma, si es que existe un ADN de la entereza y el valor. Así responden por estos días a la prensa muchos cubanos que, en Pinar del Río o la Isla de la Juventud, han perdido casi todo con el huracán Gustav, menos la esperanza de reconstruir sus destinos.

Pero ese presagio de salvación no viene del más allá, sino de la certeza —moldeada por la fuerza de la costumbre y los hechos— de que no quedarán abandonados. Es una especie de cordón umbilical que les conecta al país, y exige a este al mismo tiempo. Es la convicción de que las fieras ráfagas, pase lo que pase, nunca los lanzarán al pairo, a la incertidumbre de su propia suerte. Es estar aquí en esta complicada geografía, conjugando los verbos vivir, comer y sanar en plural y presente del indicativo.

Que no estaban solos lo comprobaron antes de los fatídicos vientos, cuando fueron trasladados a sitios seguros, o sencillamente les prodigaron un breve espacio, con coladera de café y todo, en la casa segura del vecino. Lo confirman esas oleadas de cruzados que, procedentes de toda la nación, llegan a levantarlo todo, hasta el ánimo, en las mismas heridas de la tragedia.

Ante tamaña embestida a la armazón del país, y la prolongada y no menos difícil empresa de rehabilitar que le sucederá por tiempo indefinido, uno siente que el apoyo y la solidaridad con los que más sufren a Gustav no pueden oficiarse solo desde púlpitos institucionales, decretos administrativos y despachos y oficinas; ni solo con encomiendas a porteadores que llegan en rastras y barcos cargados de techos emergentes o alimentos. Estar al lado de esas víctimas es asunto del corazón de cada cubano, primero que todo.

Por eso, luego de conocer que la Coordinadora Nacional de los CDR ha convocado a todos los cederistas del país a donar cartón, muy necesario como materia prima en la fabricación de techos para los damnificados, conmueve también el mensaje enviado a esta sección por un colectivo de 14 trabajadores de la Sucursal de Bucanero S.A. en Santiago de Cuba: ellos defienden que la recuperación «no puede descansar solo en entes estatales; tiene que ser un poco de todos»; y solicitan que se les asigne una de esas familias que lo perdieron todo para hacer suyas sus desgracias. «No se trata de dar lo que nos sobra, sino de compartir lo que tenemos, como nos han enseñado», sentencian.

Para orgullo de este periodista, ya el colectivo de colegas de la Agencia de Información Nacional está creando una valija solidaria para enviarla a los damnificados; mientras que Aram Zaldívar y Edith Rodríguez, vecinos de calle 12 número 256, apartamento 2, entre 11 y 13, en el Vedado capitalino, me confiesan en carta que «ser cubanos es sentir el dolor de cualquier cubano». Y sugieren que en cada zona de CDR se creen centros de recepción de ayuda, para que cada quien done lo que pueda ser útil en este momento. Quién sabe cuántas reservas de generosidad podrían desatarse con una fuerza superior a la del Gustav en la escala Sa- ffir-Simpson.

Al margen de las iniciativas que podrían calorizarse, una manera de estar junto a esos que sufren es comprender, de palabra y en actos, que el país entero ha sido damnificado. Con unas 100 000 viviendas destrozadas, cultivos arrasados, hospitales y escuelas asolados, infraestructuras y redes de distintos servicios colapsados, es predecible que la tragedia nos tocará a todos. Las urgencias de la recuperación gravitarán sobre los recursos del país. Las reservas para estos casos hay que reponerlas, aparte del milagro de dividir lo poco entre las tensas necesidades acumuladas y el turbión de esta devastadora destrucción.

Por eso es que, mientras se teje con paciencia de Penélope la noble misión de restañarlo todo, reivindico que sigamos fustigando por estos días en Acuse de Recibo el descontrol y el despilfarro, la insensibilidad, el desvío de recursos, el burocratismo y la indolencia, la chapucería y la mentira. Porque esas torceduras y desviaciones —tan dañinas como las ocasionadas por Gustav— desfalcan nuestros escasos recursos mientras hay que ayudar a tantos. Faltarle al país ahora, con más razón, es faltarle a ese que, de cara a ningún sitio, masculla entre los escombros de su casa: «Estamos vivos».

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