Velar por el camposanto

Hay dolores sin nombre que nunca debían ser acrecentados por un delito. Sin embargo, la parte más oscura de los seres a veces se impone y ocurren cosas como las que narra el capitalino Jorge Castellanos Milán, residente en la calle D, No. 509 Apto 22, entre 21 y 23, Vedado, Plaza de la Revolución.

«El pasado día 20 del presente mes —relata Jorge—, por segunda ocasión han intentado robarse del panteón donde descansa mi única hija, ( en el Cementerio de Colón) (...) una figura de artesanía que con todo mi amor mandé a hacer para que me acompañara a la niña.

«Es muy triste para cualquier familiar llegar al cementerio y comprobar que se ha profanado el lugar sagrado donde se encuentran sus seres queridos. (...) En la primera ocasión despegaron la figura de su base y parece que en este forcejeo la rajaron; y al no serles ya de utilidad, la dejaron en su sitio.

«Desde hace dos años voy diariamente al cementerio; pude observar que hace no mucho tiempo fueron cambiados los CVP por agentes del SEPSA, a uno de los cuales le manifesté lo sucedido y me respondió que por ahora no estaba allí para eso, que era para cuidar la puerta».

Según ha percibido Jorge se han tomado algunas medidas preventivas por parte del personal del cementerio, al que califica de responsable y sensible con su trabajo; pero al parecer las barreras no han estado correctamente ubicadas.

«Se prohibió la entrada y salida de personas por la puerta que da a la calle Colón, nos cuenta el doliente; solo puede hacerse por 23 y 12. Y yo me pregunto qué lógica tiene esto cuando los que cometen tales fechorías no van a entrar o salir a pie con el fruto del robo en sus manos.

«(...) Si me dijeran que se están revisando los carros a la salida está bien, pero no dejar entrar o salir personas ha creado un gran malestar, pues ahora los que así lo hacían tienen que bordear todo el cementerio (...). Y los robos, como verá, continúan».

Jorge se pregunta además cómo es posible que se puedan sustraer con tal facilidad jardineras o figuras tan pesadas sin que nadie lo perciba.

Y otra duda asalta a este redactor: si los agentes de seguridad están únicamente para cuidar las puertas, quién controla otras posibles vías y lugares de acceso de los malhechores. Es demasiado el sufrimiento con que las personas acuden hasta donde reposa parte de su familia para que también ocurran estas violaciones.

Tragedia de enredos

La segunda misiva de hoy viene con el frecuente olor de los peloteos e ineficiencias. El 16 de mayo último al habanero Axel Hernández Martínez, de Avenida 303, No. 14015, Corralillo, Bauta, le remitieron un bulto postal desde la República de Chile.

A dos meses de que saliera el envío, Axel aún no tenía noticias de su paradero. Entonces en la unidad de correos de su municipio le dijeron que no había forma de rastrearlo. De acuerdo con indagaciones personales, el preocupado destinatario supo que desde el día 28 estaba en territorio nacional. La espera continuó.

Luego, gracias a unas amistades, Axel supo que «mi bulto postal (RR000527199CL) se encontraba en la gerencia de cambio internacional, sita en 100 y Boyeros; que me dirigiera a la misma con el comprobante de envío del paquete y mi carné de identidad que allí me lo entregarían.

«En ese lugar me personé el viernes 19 de septiembre. Al explicar la situación la compañera de la recepción (...) me remitió al Departamento de Retenciones a ver a Adela. La misma, después de rastrear el envío en su sistema y preguntarme acerca del peso del paquete me refirió que eso no era en su departamento, que volviera a la recepción y que la compañera me buscara a alguien que me pudiera ayudar.

«La recepcionista me indicó que me dirigiera al compañero Roberto, segundo jefe del lugar. Este me orientó ver en el Departamento de Reclamaciones a la compañera Wendy (...), para que ella rastreara el paquete en el sistema».

A través de esta búsqueda supo que el bulto había pasado al Departamento de Periciales el 29 de mayo. A partir de ahí nada más quedó claro.

Como si el demonio de la ineficacia le pusiera más trabajos que los que enfrentó el mítico Hércules, Axel se dirigió a la sede de Correos de Cuba, sita en Vento entre Camagüey y Línea del ferrocarril. Allí, en el Departamento de Auditoría, una empleada «me manifestó de muy mala gana que yo no tenía derecho a reclamar nada, que eso le correspondía al remitente».

Con su persistente afán de esclarecer el hecho, y con una lógica ira de palabras impublicables, este profesor de la Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas se dirige a nuestra sección. Trae una pregunta como estandarte: ¿Hasta cuándo y hasta cuánto se pueden permitir violaciones como esta del derecho ciudadano a la correspondencia?

¿Dónde hay tallas extra de sensibilidad?

El problema que aqueja a Martha Beatriz Miranda ya ha salido a flote en esta columna varias veces. La joven profesional, quien reside en Paseo No. 15005 entre G y Final, Altahabana, en el capitalino municipio de Boyeros, por un mal funcionamiento endocrino tiene un peso mayor que el promedio. Es por ello que siente como si todos sus motivos de felicidad se volvieran sal y agua cuando necesita alguna prenda de vestir y sale a la calle a comprarla.

«En las Tiendas Recaudadoras de Divisa todo es de tallas pequeñas y hasta en las de ropa reciclada es difícil encontrar. Cuando por casualidad encuentras algo, ni hablar de los precios», se duele Martha.

Y agrega: «No entiendo cómo en estos momentos, cuando el fenómeno de la obesidad aumenta, no se confeccionan prendas grandes. No todas nos podemos poner jeans a la cadera y sayas cortas, por muy altas que estén las temperaturas».

Tal vez —reconoce la joven— sea más económico con el material que se emplea en una súper talla confeccionar dos pequeñas; pero ¿y las personas que se salen del patrón? «¿Tendremos que vivir en batas de casa, si las hallamos?».

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