Molienda de disgustos - Acuse de recibo

Molienda de disgustos

Hace unos tres meses, esta sección publicó una queja de Arley Ramírez Abreu, vecino del batey del antiguo Complejo Agroindustrial Mariana Grajales, del municipio villaclareño de Cifuentes.

Ramírez se quejaba de la desatención experimentada por aquella comunidad a partir de que el central fuera desactivado debido a la reestructuración azucarera. El doliente contaba que los servicios que antes les garantizaba el MINAZ no han podido ser reemplazados por la gestión del Poder Popular, y relataba un rosario de afectaciones que golpeaban a la población del lugar.

En resumen, con el cierre de la molienda parecían haber desaparecido muchas garantías para la vida en el batey.

Por fortuna, siempre habrá oídos receptivos en esta Cuba nuestra. De ahí que Acuse recibiera la respuesta de Julio García Pérez, director del Grupo Empresarial Azucarero en Villa Clara.

Ante todo, García Pérez reclama disculpas por demorar en la contesta, pero no se regodea en justificaciones —tan de moda—, sino que procede a enumerar «no solo lo resuelto al calor de la queja publicada». Según el funcionario, también pretende referirse a «otras importantes acciones realizadas anteriormente, que demuestran que no se trata de una zona olvidada».

Luego de aclarar que «todos los responsables estamos conscientes de que sí han existido y quedan dificultades serias», García Pérez señala que «en algunos casos se solucionaron o mejoraron diversos problemas» con la acción conjunta de varios órganos y entidades.

Como ejemplos, cita la adquisición de un equipo de audio para la comunidad —el cual presta servicios en el círculo social—; la reparación del parque infantil y la ambulancia; la compra de tuberías plásticas para sustituir conexiones hidráulicas, y el mantenimiento sistemático del estadio de béisbol, instalación que «está siendo utilizada óptimamente en la Liga Azucarera».

Dice más el remitente. Habla de los retoques de un importante vial; de la intención de plantar gradas en el terreno de fútbol; la remotorización del ómnibus de la Granja —problemas con el combustible aparte—; y de los trabajos efectuados en el puente de entrada a la carretera de Cifuentes.

Y remata: «En etapas anteriores se mejoró la calidad de vida en el batey con un taller de equipos electrodomésticos, se construyó la Casa de los Combatientes, una sala de ajedrez, y se construyó un pequeño bulevar en la zona comercial».

Lo más importante —por si algunos escépticos se rascan ahora mismo la cabeza—, es que García Pérez enfatiza: «En reciente visita al batey, se contactó con el compañero Arley Ramírez y este reconoció los avances obtenidos».

La segunda misiva la firma la capitalina Liliana de la Morena Santana, residente en Fábrica 556, bajos, entre Santa Ana y Santa Felicia, Luyanó.

Liliana manifiesta que su octogenaria madre es apasionada de la televisión, pero que se le complejiza el seguimiento de los programas debido a carencias auditivas. Y afirma que, «desde antes de los ciclones, el mecanismo de closed caption —para personas sordas o hipoacúsicas— no funciona» como antes.

Asegura ella que «en repetidas ocasiones se ha llamado al ICRT para preguntar qué sucede, y la respuesta es que el aparato está roto».

Es un asunto delicado. Por un lado, hay personas a las que su discapacidad las obliga a requerir del subtitulaje en aras de comprender ciertas escenas. Por el otro, la tecnología es cada vez más cara. Pero hay que buscarle solución a este conflicto, por el más puro y elemental sentido de humanismo.

Finalmente, un agradecimiento a nombre de Carmen Morales Mantilla, quien vive en Calle 44, número 2509, entre 25 y 27, Playa.

Narra Carmen que el 16 de agosto su esposo padeció insuficiencia respiratoria y dolores en el tórax, mientras disfrutaban de vacaciones veraniegas en Guanabo.

La atención en el policlínico de la localidad fue excelente, afirma, y al ser trasladado el enfermo para el hospital Calixto García, también allí lo acogieron con esmerado celo.

Ahí no terminó todo: posteriormente, a su cónyuge lo ingresaron en el hospital Carlos J. Finlay —a fin de dar seguimiento a su cardiopatía—, y la atención fue igualmente encomiable.

De más está decirlo: el reconocimiento, vale.

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