Escobita nueva, a cuidarla...

Un alerta a tiempo sobre la necesidad de cuidar los nuevos ómnibus urbanos de la capital, ante incipientes señales de suciedad y deterioro de algunos de ellos, hacía en esta columna el lector Evelio González, el pasado 8 de octubre.

El remitente denunciaba el vandalismo de algunos pasajeros, y la manera en que la tornillería interior de ciertas guaguas se estaba aflojando, al tiempo que connotaba la suciedad con que viajan esos equipos muchas veces. Evelio también preguntaba si en las terminales no se revisan los carros antes de salir para darle el visto bueno.

A propósito, responde el ingeniero Mario Carabeo Corrales, director general de la Empresa de Ómnibus Urbanos de Ciudad de La Habana, quien manifiesta que tales ómnibus tienen revisión mecánica cada mil kilómetros, lo que viene a corresponder cada 4 o 5 días.

En lo tocante a la tornillería interior y exterior, lo que más afecta a esos equipos, advierte, es que tiene problemas de calidad, por lo cual el proveedor tuvo que cambiarla. Y asegura que el problema «no será así para las nuevas entradas de ómnibus al país».

En cuanto a la higiene y limpieza, reconoce que «existe falta de exigencia y control por los jefes de las unidades». Y, en tal sentido, afirma que «se evaluó con rigor, y se adoptaron las medidas correspondientes en cada caso, no solo para el jefe de unidad, sino también para otros dirigentes de Playa y Palatino, extendido, en reunión operativa, a todas las unidades, con la presencia de los secretarios del Partido de cada núcleo y los del sindicato».

Agradezco la respuesta, solo que no se explican cuáles fueron las medidas. Lo importante, más que las decisiones que se adopten a la luz de una crítica pública, es crear el sano clima de rigor, control, disciplina y esmero día a día. Es la única manera de evitar lo que, al ir haciéndose costumbre, un día estalla, y exige entonces ir a la tremenda, a cortar por lo sano.

Pasajes robados

A propósito, la segunda carta la envía Alexis Rondón, «un pasajero que sí paga su pasaje». El remitente se identifica así para hablar de un fenómeno que le preocupa seriamente: la evasión de este elemental deber ciudadano por no pocos pasajeros de los ómnibus urbanos de la capital.

Rondón, quien reside en calle K número 418, apartamento 8, entre 21 y 23, Vedado, La Habana, cuenta que en días pasados montó en un P-1, y frente a una de las puertas traseras, contó 31 pasajeros que no pagaron, en el tramo comprendido entre la Virgen del Camino y Tercera y 90, en Playa, si no fue en todo el trayecto. Y lo contabilizó él solo en una puerta del ómnibus, en un viaje de una ruta. Pero esa indisciplina está bastante generalizada. Ello da la medida de cuánto se deja de recaudar en un día en la ciudad por ese concepto, con ómnibus que han costado muchísimo al país.

Así, como precisa Alexis, ¿de qué manera vamos a continuar mejorando el transporte público, con elevados gastos? Para tener también hay que contribuir. De lo contrario, se va envileciendo la relación de las personas con el esfuerzo estatal. Y aunque parezca una transgresión menor, evadiendo el pago del pasaje, comienza uno a desentenderse de sus deberes ciudadanos y a fomentar la impunidad en muchos otros sentidos.

Rondón lo exige con fuerza: tienen que tomarse medidas con quienes no pagan el pasaje.

Delicado asunto

El asunto que aborda en su carta Vilma Fernández es muy delicado, pero su revelación aquí quizá pueda ayudar a que se esclarezca por el Ministerio de Salud Pública, una institución que siempre se ha sensibilizado con los problemas de la gente reflejados en esta columna.

Vilma cuenta que su papá, un anciano de 78 años, está postrado en cama desde 1992, y, como tal, ha sufrido todo tipo de complicaciones.

Una de ellas es la incontinencia urinaria. Al principio permanecía con sondas vesicales, pero hubo que suspendérselas, pues le provocaron infección en los riñones, con operación de cálculo incluida.

Desde entonces les recomendaron preservativos colectores, que primeramente se resolvían por una vía u otra eventual, hasta que le emitieron un certificado médico, para comprarlos en una farmacia especial que se encontraba en San Lázaro e Infanta.

Pero desde abril del presente año esa farmacia cerró, y a los pacientes que los adquirían allí, los reorientaron a las respectivas farmacias que les corresponden por sus zonas de vivienda.

Ahí comenzó el calvario: desde entonces a la fecha no han podido comprarlos. No hay, no ha llegado... incluso una dependienta de la farmacia le preguntó asombrada: «¿Qué es eso?».

Precisamente porque comprende «los esfuerzos que hace la Revolución por la salud del pueblo», es que Vilma llama la atención de esos detalles de descoordinación. «Mientras estaba la farmacia centralizada funcionando, mi papá tenía todos los meses sus preservativos y bolsas colectoras garantizados», subraya.

Madre o doctora...

Allá en Sagua de Tánamo, provincia de Holguín, la doctora Yali Romero está en un dilema doloroso, entre su carrera profesional y la situación muy particular de su niño de un año, que presenta el Síndrome de Down.

Yali, quien reside en Prolongación Martí 139 F2, en esa localidad, refiere que es especialista en Medicina General Integral, y se encuentra en este momento con una licencia sin sueldo cuidando a su niño, pues no tiene a nadie quien la auxilie en ello para poder ejercer su profesión.

Ella ha hecho las gestiones de su caso, pues esos niños necesitan de una atención especial para su desarrollo ulterior, y le recomendaron ir al sectorial de Educación y contactar con el departamento que atiende círculos infantiles, pues en otros municipios han creado salones o departamentos con personal especializado para la atención a esos niños.

Al personarse en Educación, quedaron con ella en ventilar el asunto a nivel provincial. Cuando volvió por la respuesta, le dijeron que debía acogerse a la resolución que protege a la madre cuidadora, hasta que el niño arribe a la edad escolar.

Pero cuando fue al policlínico donde ella labora, la directora le informó que si se acogía a esa resolución, al cabo de 18 meses perdía el vínculo laboral, así como el título, el cual tendría que revalidar al cabo de cinco años.

Yali le sugirió la posibilidad de un traslado para la cabecera provincial, donde existe un círculo infantil especial para niños con esas discapacidades. Y la respuesta fue que para esto, ella tenía que tener donde vivir allá, y en estos momentos no se disponía en la ciudad de Holguín de consultorios con vivienda vacía.

Yali está en un dilema que podría resolverse, de no primar visiones generalizadoras de la realidad, que no tienen en cuenta la excepcionalidad, el problema individual. ¿Es tan difícil crear en un círculo de Sagua de Tánamo una sala con personal preparado para atender a ese tipo de niño? ¿No se puede buscar una variante para congeniar el celo de una madre con el desarrollo de una profesional de la Medicina?

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