El «vidrio» de la desesperación

Raiza Vázquez me confiesa que su desconfianza como clienta-consumidora-usuaria aumenta cada día. En una carta fechada en calle 56, número 315, entre 3 y 5, en la localidad habanera de Artemisa, la lectora cuenta que un televisor LG adquirido, con no pocos sacrificios, presentó desperfectos técnicos dentro del período de garantía. Fue reportado al taller municipal de COPEXTEL, encargado de la reparación de los mismos. Allí el técnico le informó que el problema era el flyback. Y prometió que cuando él fuera a la Agencia de COPEXTEL, en Boyeros, en la capital, lo llevaría a reparar allí. Pero desde entonces, el equipo está allí en el taller de Artemisa. Y la clienta ya desconfía, porque el «peloteo» es tremendo entre el taller local y la Agencia. El de Artemisa le informa que el jefe técnico reporta el televisor todas las semanas. Y por otra parte, en la capital tampoco dan información al respecto. Raiza está desesperada. Son tres meses y 18 días en total desorientación. «¿Será que todo lo que dicen en la televisión de las agencias y talleres de reparación de equipos es mentira?».

El otro cuarto se alquila: Grisell Díaz Bacallao se resiste a aceptar que sea insoluble su caso allá en San Rafael 615, entre Belascoaín y Gervasio, en Centro Habana. Hace tres años tiene una tupición en el baño de su casa, que ha levantado ya la taza del inodoro, el bidet, la bañadera, el lavamanos, y ya está brotando por la cocina. Ha hecho gestiones en el Consejo Popular Dragones, en Vivienda, el Poder Popular, Aguas de La Habana, Aguas Negras, Planificación Física, Higiene y Epidemiología... entre otras instancias. Ella no sabe quién es el responsable de atender su caso, pero lo que sí ha corroborado es que pasados tres años, continúa con su drama. Ella sigue esperando. Y de mantenerse sin atención esa molesta tupición, algún día perderá su vivienda. Será una damnificada de las postergaciones y esperas.

¿Y qué dirán en Cubitas?: Raquel Basulto ha llegado a pensar que es fatalismo geográfico, porque no le encuentra ninguna explicación. La lectora, quien reside en el apartamento 37 del Edificio 17, en la comunidad Cubitas del municipio camagüeyano de Sierra de Cubitas, cuenta que a ese y otros inmuebles habitacionales se les retiró, hace nada más y nada menos que 15 años, la impermeabilización de la cubierta, para situarles otra nueva. Pero todo quedó en el olvido. Ellos han ido presenciando la lenta pero invasiva carcoma de la humedad y la filtración, el terror de los «pases» de corriente. Sabe la lectora la situación del país, los problemas habitacionales graves de muchos, pero también alega, con razón, que llevan 15 años esperando que se les tenga en cuenta. Los graves problemas de vivienda también comenzaron por un olvido y una postergación de algo que pudo remediarse a tiempo.

Ordaz in memóriam: María Caridad Álvarez escribe desde Cádiz 111, en el municipio capitalino de Cerro, y esgrime como un estandarte «la obra de infinito amor» del doctor Bernabé Ordaz en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Una obra que le sobrevivirá siempre. La lectora quiere agradecer a esa institución la recuperación de la salud mental de su hijo, en especial el meritorio desempeño del doctor Vicente Pérez Obregón, «quien con tanto amor y profesionalidad lleva bienestar y felicidad a pacientes y familiares». Menciona emocionada también a la doctora Mara y al doctor Rubalcaba; a todos los trabajadores de esa institución insigne de la desenajenación humana que es el Hospital Psiquiátrico de La Habana.

La rehabilitación del amor: Margarita Marrero me escribe desde calle C número 744, apartamento 4, entre 29 y Zapata, en el Vedado capitalino, para reconocer «el amor, la sensibilidad y profesionalidad» con que laboran los médicos, técnicos y personal de servicios de la Sala de Rehabilitación Integral del Policlínico Moncada, situado en calle B, entre 21 y 23, en esa barriada. Y desea congratularlos por el esfuerzo humano que hacen, a pesar de laborar en condiciones difíciles, por el estado en que se encuentra el local que ocupan. La lectora señala que, si bien en otras ocasiones ha escrito para fustigar cosas mal hechas y fealdades que la acechan, hay que tener en guardia el detector de la bondad y la nobleza humanas.

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