Baches, chapucerías, desafueros...

¿Hasta cuándo las chapucerías? ¿Hasta cuándo vamos a trazarnos metas de difícil cumplimiento a corto plazo? Las interrogantes las hace el lector Enrique López Moldes, desde Herrera 51, apartamento 7, entre Luco y Villanueva, Luyanó, municipio capitalino de 10 de Octubre.

Las preguntas de Enrique andan transitando por esas arterias de la capital prolijas en cráteres, burdos parches y salideros de aguas potables y albañales. Las respuestas no siempre aparecen a tiempo, o no aparecen... al menos en las calles.

Enrique recuerda que, de niño, cuando se reparaban los baches, «lo primero que se hacía era emparejarlos echando rajón, posteriormente una capa de gravilla y solo al final se cubría con mezcla asfáltica. Ahora veo que una calle se repara en un día, esté en el estado en que esté».

El lector también recuerda que existía coordinación entre Acueducto y lo que se llamaba Obras Públicas, cuando el primero necesitaba romper la calle para algún trabajo. Ahora, manifiesta, Acueducto rompe la calle para erradicar un salidero, y luego este queda así. Y ejemplifica con lo visto en Villanueva, entre Herrera y Santa Felicia, «donde, sin haber terminado de asfaltar la calle, Aguas de La Habana rompió, y ahí quedó el hueco». Alerta también que hoy los vehículos son más pesados, y, por otro lado, se hacen más chapucerías en los arreglos.

El contrasentido, como bien apunta Enrique, es que el país ha invertido cuantiosas divisas en la adquisición de equipos para reparar las sufridas calles, no solo de la capital. Y una suma mucho mayor para los nuevos ómnibus que, supuestamente, debían tener el camino expedito en esas calles que debieron repararse con sumo esmero; «ómnibus eficientes que corren el riesgo de convertirse en cacharros muy pronto si seguimos con las obras a prisa y con mala calidad».

Enrique ejemplifica con una obra de alcance, la reparación de la Calzada de 10 de Octubre. Ya hay problemas en la zona cercana a la Plaza Roja de la Víbora y en la Esquina de Toyo. También las calzadas de Luyanó e Infanta están llenas de cráteres. En la calle tercera y 42, en Miramar, el pavimento está hundido, y por allí transitan ómnibus nuevos. En Manglar, Calzada del Cerro y Monte, ídem. «Mi opinión —señala— es que estamos desperdiciando dinero, recursos y trabajo en cumplir, como siempre, como sea, aunque la calidad no sea la mejor».

La otra preocupación de Enrique es el vertedero de basura, escombros y toda laya de porquerías que personas inconscientes depositan frecuentemente, como si fuera un dique de inmundicias, frente al muro de la Iglesia de Jesús del Monte, Monumento Nacional y sitio que perpetúa uno de los primeros gestos de rebeldía nacional: la sublevación de los vegueros.

«Me duele muchísimo que mi ciudad, con sus excepciones, esté sucia, maloliente y maltratada por el abandono y la poca exigencia. Hay que tomar medidas con quienes no respetan nada, sean quienes sean y llámense como se llamen».

Y contrasta esos desaliños de la capital con la obra en La Habana Vieja del doctor Eusebio Leal, «el gran enamorado de La Habana». Compara también con la situación de las ciudades del interior del país, que siempre, en mayor o menor medida, permanecen mucho más limpias y cuidadas que la noble Habana.

El alerta de Enrique, un habanero adolorido por los descuidos y la chapucería, no merece ahora justificaciones institucionales, que siempre se encontrarán si se buscan para no ver lo que a todas luces es comentario público. Claro que la falta de recursos acumulada gravita sobre toda esta situación, pero cuando aparecen aquellos, y se acometen ansiadas y urgidas obras, muchas veces se malgastan en irregulares y toscos remiendos.

Se requiere de una coordinación multifactorial, de todas las instituciones, para con mucho rigor y sistematicidad ir sellándole el paso a la fealdad y la desidia, e ir sentando precedente contra la abulia. Ello no podrá lograrse mientras cada uno hale para sí con su carreta. Hay demasiados baches aún en el accidentado camino de la urbanidad y el urbanismo.

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