Esperas, esperas, desesperas - Acuse de recibo

Esperas, esperas, desesperas

Julián Gutiérrez Alonso es un defensor de la disciplinada fórmula según la cual cada problema debe tratarse por las vías y medios establecidos. No gusta de saltar niveles o quemar etapas. Pero a veces estas «vías y medios» parecen estar diseñadas para todo, menos para su función. Y las angustias se estancan, se agrandan, se desbordan.

Así parece ocurrir con el estado constructivo de la bodega en la que compra este vecino de Edif. Cuatro, apartamento 27, Microbrigada Cujae, Central Manuel Martínez Prieto, en el capitalino Marianao.

«La bodega está a punto de derrumbarse —dice tajantemente Julián—. Esto es un problema que se ha planteado con insistencia al Poder Popular por las dos circunscripciones que se abastecen en ella, y la única respuesta que tenemos es que Comercio no tiene presupuesto para acometer el arreglo.

«Hace menos de un mes que los factores de la comunidad tuvimos una reunión con un compañero de una empresa del MINAZ que está gestionando proyectos internacionales para mejorar las comunidades de antiguos centrales.(...) Se planteó nuevamente el peligro y se volvió a insistir en la falta de presupuesto para repararla...».

Pero los vecinos han ido más allá en su afán de reconstruir antes de una tragedia. «Hemos solicitado aunque sea unos pedazos de madera para calzar el techo y ni para eso hay presupuesto», se duele Julián.

¿No habrá ninguna solución pre-supuesta para evitar que un pesado amasijo de viejas vigas y tejas caiga encima de las personas?

La cumbre ¿de la basura?

Puede ser una eternidad 21 días cuando se espera por evacuar los desechos cotidianos. Bien lo saben los vecinos del reparto La Cumbre, Versalles, en la Ciudad de Matanzas; a nombre de quienes nos escribe María Victoria Martín Navarro (calle 25, entre 31 y 256, No. 3113).

Según nos cuenta María Victoria, el día 23 del mes en curso hacía alrededor de tres semanas que no pasaba por su barrio el carro o tractor encargado de recoger la basura.

«Esta situación —explica— se ha venido presentando desgraciadamente con regularidad en los últimos meses. Hemos llamado a la oficina de Comunales, al Gobierno, y nada. Todos alegan algo diferente: que si no hay combustible, que si el tractor está roto, que si esto, que si aquello; pero la verdad es que las calles ya son grandes vertederos.

Ratones, cucarachas y otros peligrosos vectores de enfermedades, tienen su casa habitual en estos depósitos callejeros, detalla la remitente. Y amplía que ya se han observado casos de leptospirosis. Aquí, el atraso puede engendrar males irreparables.

Indolencia a simple vista

La tercera misiva de hoy también habla de desesperantes dilaciones. El esposo de Juana Hilda Arias García (1ra. del Oeste no. 84, entre 4ta. y 5ta. del Norte, Placetas, Villa Clara) lleva meses aguardando por un par de espejuelos. Este profesor de primaria que con sus 61 años continúa formando a los más pequeños, ha sido una víctima más de impasibles retardos.

El 13 de octubre de 2008 su esposa Juana Hilda llegó a la óptica de su municipio con la receta correspondiente. «Me comunicaron que la confección de los espejuelos demoraba 90 días a partir de la fecha de solicitud», narra la angustiada villaclareña. «Pasados los 90 días comencé a visitar la óptica en reiteradas ocasiones. Primero me dijeron que había que esperar a que mandaran los cristales para montarlos. Como a la tercera vez que fui me explicaron que ya estaban los cristales, pero que había que aguardar a que los montaran. Por último, el pasado 16 de marzo, (...) después de cinco meses de hecha la solicitud, me comunicaron que los cristales habían llegado, pero que por presentar problemas hubo que regresarlos; y que había que comenzar de cero el procedimiento».

Molesta con toda razón, Juana Hilda comenta que si sigue extendiéndose el asunto, llegará el sombrero cuando no haya cabeza; es decir, «ya no va a servir la graduación de los espejuelos, pues sin ellos y forzando la vista cada vez más, cuando finalmente estén listos, ya llevaría otros».

Y así, seguramente, vendrían tantos meses más de ácidos embrollos. No hacen falta cristales de aumento para advertir que en este caso ineficiencia, desidia y descontrol se dan, tranquilamente, las manos.

Tránsito amargo

No, no se trata de una losa sin fregar, en el piso; o de vasos espirituales mal colocados. Son goteras, las mil y una formas de «cazarlas» cuando un techo comienza a hacer agua. Lo terrible en este caso es que el techo en cuestión hace agua todos los días.

La imagen corresponde a una de las viviendas de la Comunidad de Tránsito sita en Amenidad no. 67, entre Cruz del Padre y Calle Nueva, en el Cerro, Ciudad de La Habana. Allí, según nos explica Manuel E. Cordovés Santa Cruz —residente en el cubículo No. 3 de dicha comunidad—, por «el constante e incontrolable salidero de los tanques de agua colectivos de la azotea hay una saturación de humedad en techos, paredes y pisos», con las inevitables filtraciones.

«Por el testimonio de los vecinos que hacen uso del albergue desde hace ocho años, este asunto está en el banco de problemas de la Dirección Municipal de Atención a las Comunidades de Tránsito desde hace ya algún tiempo, y no se ha logrado solución alguna. La situación se ha agravado aún más con las lluvias asociadas a los eventos climatológicos de los últimos cinco años, que han acelerado el deterioro de la estructura constructiva del inmueble. La afectación ya se ha generalizado a toda la azotea.

Y uno, leyendo a Manuel, puede imaginarse la zozobra de estas personas que, luego de haber perdido sus casas y de estar esperando incluso años, se sienten de nuevo abocados a un desplome.

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