Meprobamato contra los listos

Eran las 2 y 30 de la tarde del jueves último cuando Delia Lázara Díaz García entró a la farmacia de la Terminal Nacional de Ómnibus. Buscaba varios medicamentos —entre ellos el meprobamato—, recetados por el médico del Ministerio de Economía y Planificación (MEP), entidad donde ella trabaja.

El doctor había ordenado 20 tabletas del citado tranquilizante. «La compañera que atiende me dijo que si quería diez, porque no le quedaban más en existencia. Le dije que sí, pues lo necesitaba, pero me quedó la duda...».

En otra farmacia le habían dado a Delia Lázara una respuesta similar alguna vez. Y ella, cubana despierta al fin, se había olido que era un nuevo «modus operandi», una nueva treta para apropiarse del resto de los medicamentos orientados por los galenos.

Por eso cuando llegó al MEP un rato después, llamó a la farmacia de la Terminal para indagar nuevamente por el meprobamato. La misma dependienta le aseguró que sí había. Cuando Delia se identificó y le recordó el incidente de unos minutos atrás, desde el otro lado del teléfono sobrevinieron mil disculpas «y que fuera a buscar la tira que faltaba, que el administrador había acabado de surtir medicamentos en ese instante».

Pero aún hay más. Cuenta esta vecina de calle Embil, No. 7202 entre Vento y Segunda, en el Reparto Embil, del capitalino municipio de Boyeros, que ese día tampoco quisieron despacharle una receta de Vitamina B-6, porque —según afirmaba la dependienta— «el médico escribió mal un número (del folio), y este debe ser consecutivo al del meprobamato.

¿Será cierto esto o formará parte de otro método (no médico) para apropiarse los fármacos? Por si acaso, la remitente nos envía la serie de la receta de la vitamina que le diera el doctor Alfredo Esteban Muñiz: 151574736.

No hace falta ser detective ni primo de Sherlock Holmes para saber cuándo hay triquiñuela «a la cara del cubano». Tal vez si todos actuáramos, día a día, con la inteligencia y rapidez de Delia Lázara, no quedaría para los «superlistos» otra senda que la línea recta de la transparencia.

Re-comprobar la comprobación

Y si de transparencia hablamos, parece que esta anda un tanto divorciada de las pesas en el Agromercado de Tulipán y Panorama, también en la capital. De ello nos habla en su misiva Julio Richard Martínez (calle Oeste, no. 826, apto 5-11, esquina a Santa Ana, Nuevo Vedado, Plaza, Ciudad de La Habana).

El domingo 22 de febrero último Julio Richard compró allí frutabomba. «Once pesos», le dijo el vendedor, como «sin darle importancia ni a lo que decía, ni a mí. Cuando le voy a pagar me dice: “diez pesos”, (...) porque eran dos libras y media y la libra es a cuatro pesos». Por oficio de cliente fui a comprobar el peso. Todavía no había puesto el producto en la pesa y me estaban diciendo: “dos libras y media”».

Desconfiado aún, el remitente se dirigió al Mercado del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), también en Tulipán. Allí la multiplicación del peso por el precio resultó 9,15. «Me robaron —no puedo decirlo de otra forma—, 75 centavos, y lo peor, en complicidad con el que tiene que verificar el trabajo de quienes despachan», se duele el cliente.

Sin embargo, «como eran centavos, y está el concepto de la ridiculez (...) no fui a reclamarle».

Ah, pero una semana después, otra vez en busca de frutabomba, Julio Richard sufrió otro percance; esta vez con más dinero de por medio. Era de nuevo el establecimiento de Tulipán y Panorama. El vendedor dijo: «libra y media: seis pesos. En la comprobación marcó 1,08 libras, pero me repitieron: libra y media. Por la experiencia del domingo anterior y por la matemática aprendida, fui al mercado del EJT. En la verdadera comprobación me afirmaron: “una libra y una onza, en dinero: 4,30”».

Cuando regresó a reclamar su dinero, Julio Richard se encontró con varias anomalías. Primero: el Administrador del Agro no estaba. Después, cuando le pide al que comprueba que le indique al dependiente la devolución de la diferencia, «me dice que vaya yo, que él no está para eso, además me porfía que la frutabomba pesa libra y media».

Finalmente llega el atribulado comprador hasta la tarima. Quien despacha comienza por rebatirle el peso, afirmando que había una libra y un cuarto —ya no libra y media—, hasta que a la postre, por cansancio, le devuelven los dos pesos.

Digna batalla esta. Y demostración de que los pícaros solo triunfan cuando los honestos se retiran del campo de combate. Por cierto, ¿adónde iremos a parar si hasta las pesas de la comprobación necesitan comprobación?

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