Responsabilidad congelada

La confianza de las personas tiene límites. No se puede machacar eternamente y pensar que nunca explotará. Bien lo sabe Justina Hilda Hernández Rodríguez, quien utiliza, con razón, las palabras «disgusto», «desamparo» y «burla», para referirse a lo sucedido con su refrigerador.

Esta vecina de Santa Cristina 26604, entre Navia y Vera, Versalles, en Matanzas, tiene un inventario del pésimo trabajo que en su caso acometió el taller de Pueblo Nuevo, en su localidad.

Resulta que el ¿nuevo? equipo de frío de Justina se conoce de memoria los vericuetos del taller de marras. «Estuvo en cinco ocasiones y se le puso control, junta de la puerta, gas», cuenta la remitente; pero al retornar a su domicilio las roturas continuaron.

Narra la matancera que realizó nuevamente la solicitud de revisión al mismo taller y la visitaron dos técnicos. «Determinaron volver a llevarlo para el local de reparaciones (...). Permaneció allí por el término de dos meses y cuando retornó no tenía gas, ni filtro. Ante nuestras consecutivas quejas fue llevado una vez más. Regresó a mi casa en iguales condiciones», se duele.

Después de este calvario de la ineficiencia se presentó en el hogar de Justina un técnico que explicó que había sido enviado por el director de la Empresa de Servicios. El empleado reconoció que «todo estaba relacionado con un mal trabajo del taller» y le informó que como el equipo tenía aceite refrigerante en la tapa del congelador, era imposible arreglarlo en la casa. Esto supondría otro traslado incierto.

«Nos negamos rotundamente —dice la mujer—, pues ya este equipo en el ir y venir tiene toda raspada la pintura externa y maltratado el chasis, por lo que estoy segura de que lo que necesitamos es el cambio de este por otro nuevo».

Cualquiera con algo de sangre en las venas hubiera actuado igual que Justina. ¿Cómo es posible que esta mujer, que entregó un refrigerador en buen estado y permanece al día en el pago del otro, haya sido víctima de tantas indolencias? ¿Cuánto demorará el Taller de Pueblo Nuevo o las estructuras superiores para darle una convincente y justa solución a su problema?

Peligro: fosa

Niurka Quirós Alfonso y sus vecinos viven desde hace seis meses una pesadilla. Desde que sus viviendas sufrieron afectaciones por los huracanes Ike y Gustav, fueron trasladados para un inmueble en Muralla No. 459, entre Bernaza y Villegas, La Habana Vieja.

«Este lugar fue un parqueo que cerró Salud Pública por las malas condiciones que tiene. Cuando Edilio, el presidente del Consejo Popular Plaza Vieja, nos trajo para este sitio dijo que no creáramos condiciones por nuestra cuenta, que después pasaría Arquitectura y otros funcionarios y que el Gobierno se encargaría de todo», cuenta Niurka.

Pasado un mes, fueron nuevamente a ver al presidente del consejo popular y este les respondió que tuvieran paciencia. ¿Paciencia?, se preguntaron los vecinos sabiendo que dentro del parqueo existe una fosa abierta en la que recalan las aguas albañales del edificio, por donde, además, merodean ratas, cucarachas y toda clase de vectores de infecciones. Por otra parte, señalan, «el mal olor es permanente (...) y para colmo ya se nos cayó un pedazo de techo y de pared debido a la humedad. El único baño que posee el lugar se encuentra al fondo y casi siempre está tupido».

Una vez más fueron al Consejo Popular y manifestaron su preocupación por la salud de los niños que habitan en el lugar. «Nos respondieron que si se nos enferman los niños, los lleváramos al hospital.

«Lo peor —sentencia la remitente— es que llevamos ya seis meses en esta situación y cuando hemos ido a los distintos lugares que tienen que ver con esto, nos hemos dado cuenta de que no aparecemos en ningún listado, ni papel, o sea, es como si no existiéramos. Además, nadie nos da una respuesta lógica o solución a este grave problema».

Con la experiencia de 20 años de trabajo como enfermera, alerta Niurka sobre males mayores. ¿Qué oído y qué brazo se activan a tiempo para evitarlos?

¿Desterrados del agua?

Así se sienten Roberto Pérez Aneiros, y los demás vecinos de la escalera número tres en Edificio 52 del reparto Camilo Cienfuegos, en el capitalino municipio de Habana del Este. Según cuenta el remitente, desde hace 11 años este inmueble tiene una situación bastante compleja con el abasto del líquido; y en los últimos 24 meses acceder al agua se ha tornado «un verdadero milagro».

Con una frecuencia casi diaria, refiere Roberto, los dolientes llaman para solicitar el servicio de pipas al puesto de mando de Acueducto, a la oficina comercial y a la del director de dicha empresa, al delegado de circunscripción y a la dirección del Consejo Popular del reparto. Sus gestiones han llegado incluso al Gobierno municipal. «Hemos ido personalmente en tres ocasiones a tratar el problema .

«¿Respuestas de la Empresa? Está reportado el servicio, no hay planificación de pipas, las pipas están rotas, no hay combustible para las pipas, el acueducto no está bombeando por roturas, etc.».

Y como únicos resultados, menciona Roberto la llegada de «una o dos pequeñas pipas cada 15 o 20 días (dos en febrero, dos en marzo, una en abril)».

Lo más curioso de todo, enfatiza el remitente, es que a menos de cien metros de distancia de su edificio hay otros a los que llega un mejor servicio de agua. O sea, que con unos metros de tubería, más acoples y voluntad podría resolverse el asunto.

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