Hasta que caigan los ocujes

Era un problema de años. Justificaciones van, evasivas vienen. Pero Elba Ronda, Miriam Ramos y Maritza Escalona, junto a otros vecinos de su localidad (calle 21, entre 50 y 52, Playa, Ciudad de La Habana) no se cansaban de decirlo en cuanto espacio tenían para ello.

Dos ocujes inmensos y un poste eléctrico inclinado disparaban el riesgo y los sobresaltos en la cuadra cada vez que venía una temporada ciclónica. Sin embargo, las empresas y autoridades competentes hacían caso omiso a los reclamos. Hubo quien llegó a decir que, si hacía falta, vendría la «tala de urgencia».

Pues bien, el sábado 13 de junio último publicamos aquí el caso, bajo el título Talar el peloteo. Y anexamos la foto de uno de los viejos árboles.

A las cinco de la tarde de ese mismo día se personó en el lugar el Jefe de Poda de la Dirección Provincial de Áreas Verdes, para valorar el trabajo que se requería. Y el domingo 14 llegaron a la cuadra varios trabajadores de esa instancia, quienes realizaron —rápida y eficientemente— la labor que había esperado años.

La información la recibimos de las mismas remitentes del problema, a quienes las amargas gestiones de tanto tiempo no les han estrujado el sentido de la oportuna gratitud.

«Ahora —afirman las capitalinas— esperamos por los compañeros de la Empresa Eléctrica, quienes piensan que los cables pueden sostener un poste en peligro».

Nosotros también esperamos. Aguardamos la respuesta con los porqués de las entidades que desde hace varias rendiciones de cuentas no habían resuelto un problema simple. Aguardamos por la responsabilidad elemental que no nos ponga a correr solo cuando «lo dijo la prensa». Aguardamos que caigan los otros ocujes que entorpecen a diario la construcción del país.

Maltrato en el Fructuoso Rodríguez

¿Se puede entrar a un hospital con un dolor y salir con dos? Al parecer, así le sucedió al capitalino Juan Molina Vázquez en el ortopédico Fructuoso Rodríguez, del Vedado. Resulta que este vecino de Varona No. 102 entre Finlay y Naranjito, Los Pinos, Arroyo Naranjo, sufrió el miércoles 17 último una distensión en un músculo, cuando el ómnibus en que viajaba hizo una violenta maniobra.

Pasados dos días, ante los continuos dolores y luego de una visita al policlínico correspondiente, acudió Juan, en compañía de su mujer, al citado hospital. Era alrededor de la una de la tarde del pasado viernes.

Narra el remitente que había solo tres personas en la cola del Cuerpo de Urgencia, y que la empleada que debía anotarlos llegó media hora después.

«La persona con el número uno entró. Al concluir con esta, la doctora que estaba atendiendo salió a merendar un dulce que le habían regalado. Y al regresar, no atendió a los de la cola, sino que se preocupó por el hijo de una amiga, cuenta el doliente.

«Pasada una hora de haber llegado, salió otro médico para pedir un paciente. A partir de ahí, el desorden en la atención fue una burla a los que esperábamos, pues pasaron los que los amigos y empleados querían. Al reclamarle a la persona que atendía la lista, esta se encogió de hombros», añade.

En ese instante —precisa Juan— «un supuesto médico vio a una hermosa joven y se la llevó para dentro de una de las áreas de consulta. Yo exploté en cólera y fui tras aquella persona y ese pretendido doctor, que estaba violando mi derecho y el de todos los que permanecíamos allí esperando, disciplinadamente.

«Al abrir una de las puertas me encontré con que la estaban atendiendo y poniéndole una venda en la mano, pues al parecer tenía la muñeca abierta». El responsable de ese departamento, luego de reconocer que «él no era médico, trató de intimidarme con una actitud arrogante y prepotente», remarca Juan.

Finalmente, el dolido vecino de Arroyo Naranjo fue atendido por una doctora, quien, al principio, luego de haber oído los justos y enérgicos reclamos, se mostró «un poco brusca». Esta actitud, no obstante, contrasta con la brindada momentos después por el técnico de Rayos X que le hizo la radiografía.

Al final, la médico retornó a un trato amable con el inconforme hombre. Pero el daño estaba hecho. Mientras esperaba los resultados de su placa, confiesa Juan, sintió, además del dolor intercostal que lo había traído al Fructuoso, otra pena de hondura inconmensurable.

«Lo más triste de esta historia —sentencia— es que en ese Cuerpo de Guardia, en el que existía un gran desorden, no apareciera un solo jefe; y si estaba, no enfrentó aquello».

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