Sin notario

Desde Banes, Holguín, y con disgusto, escribe Mirgeida Martínez (calle 18, Edificio 1311, apto. 54, Reparto 26 de Julio): Dice que esa localidad, con cerca de 90 000 habitantes, no tiene hoy servicios de notaría. La única titular hace varios meses se encuentra enferma, y no se vislumbra su reincorporación. Para cualquier gestión al respecto, los banenses deben trasladarse a Rafael Freyre, a 55 kilómetros; o a Antilla a más de 30, con las correspondientes dificultades de transportación. Mirgeida, una mujer enferma, ha hecho múltiples gestiones telefónicas con las autoridades de su municipio y la provincia, incluidos quienes atienden las entidades de Justicia. Y en todas partes le plantean que eso no tiene solución. Ella se resiste a aceptarlo, y propone que desde Rafael Freyre o de Antilla envíen una vez por semana un notario que preste sus servicios allí, en vez de hacer mover a tantas personas, mucho más cuando los trámites se han incrementado vertiginosamente en Banes con motivo de la reconstrucción de muchas viviendas, dañadas por el huracán Ike de 2008. «Hay que acabar con esa insensibilidad disparada al ciento por ciento», señala. Es comprensible su molestia: las instituciones públicas no son Mahoma, están para servir y facilitarle las gestiones a esa montaña de ciudadanos.

Al pan, pan: Radisbel Soto (Callejón Xiriaco, Edificio 6, apto. 22, La Portada, Cotorro, Ciudad de La Habana) refiere que ya hace varios días en esa comunidad están recibiendo un pan con sabor a «viejo», que evidencia la confección con una harina de pésima calidad, que ha estado almacenada mucho tiempo. Aclara que esta no es la primera vez que sucede, y ha decidido guardar los panes desde el pasado 30 de agosto, como prueba. Al propio tiempo, Reinaldo Montalvo (Infanta 104, apto. 2, entre 25 y 27, Centro Habana), no comprende por qué en la panadería La Candeal, de Hospital y San Lázaro, se hace un pan tan malo, que sale ácido y con un sabor desagradable. Ello contrasta con la panadería La Isla de Cuba, de Infanta y San Miguel, que ofrece a sus clientes un pan exquisito, afirma el consumidor.

Rehabilitando el esmero: Eugenia Lima (calle 198 No. 7302, La Lisa, Ciudad de La Habana) recibió los servicios del Departamento de Fisioterapia y Rehabilitación del policlínico Aleida Fernández Chardiet, de ese municipio, y ha quedado encantada con la profesionalidad y el buen trato de ese colectivo: doctores, fisiatras, técnicos, la oficinista y el personal de servicio. Igualmente, José Manuel Bernal, de Dolores 13, en el barrio capitalino de Lawton, quiere agradecer el esmero y el amor con que trabajan los del departamento homólogo del Hospital Luis de la Puente Uceda, y muy en especial, el licenciado en Terapia y Rehabilitación Rafael Wilson Rojas.

¿Problema de semántica o de respeto?: Jorge Luis Rodríguez (Edificio 35, apto.21, La Campana, Manicaragua, Villa Clara) se hace esa pregunta cuando confronta las ofertas de la gastronomía popular en su municipio: nombran hamburguesa a una mezcla de harina con algún que otro vegetal, y la venden como de carne a 2.00 pesos, con pan. El pan con frita lo cobran a 1.50 y lo que lleva es la misma croqueta de 50 centavos, aplastada. El refresco de sirope en algunas unidades lo comercializan a 20 centavos, pero en el merendero de Mataguá el 20 de agosto se vendía a 50 centavos, con el pomposo nombre de «refresco mejorado». «Eso, refiere, por no nombrar la cerveza, que es también una odisea, dispensada o a granel. Los milímetros se miden lo mismo con un pomo plástico picado que a ojo de buen cubero. Uno se pregunta adónde llegaremos si seguimos usurpando nombres de productos comerciales y asignándolos a supercherías comerciales. Hasta cuándo aguantarán el idioma y el bolsillo del cubano trabajador. ¿Y qué hacen los responsables de evaluar los productos antes de comercializarlos?».

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