Colgando del vacío

Todavía no lo creen. Norma Rodríguez García y su hija Cyndi Ferreiro Rodríguez no pueden ni quieren creerlo. Pero la realidad y ciertos oídos abroquelados que las han atendido no les dejan otra alternativa.

Según narra Norma (calle 12, No. 11728, entre 1ra. y 3ra., reparto Paraíso, Cotorro, Ciudad de La Habana) su hija, graduada de Bachiller Técnico en el Instituto Politécnico de Informática (IPI) Gervasio Cabrera Martínez, del propio municipio en que residen, ha quedado esperando una promesa de carrera universitaria que nunca llegó.

Cyndi, cuyo excepcional rendimiento le valió el primer expediente de su graduación de Secundaria básica, ha soñado desde hace mucho con ser Ingeniera Informática. Cuando comenzó su tercer año en el IPI se documentó en la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE) sobre la preparación necesaria para las correspondientes pruebas de ingreso al curso regular diurno de esa especialidad.

Pero la dirección del Gervasio Martínez, atendiendo a su excelente trayectoria como estudiante, le solicitó en varias ocasiones que se incorporara a dar clases al segundo año del politécnico, mientras cursaba su tercero, y que no se preocupara por la carrera, que al final se la otorgarían en curso regular para trabajadores. La propuesta implicaba que Cyndi se mantuviera como docente del centro de enseñanza media mientras duraran sus estudios universitarios.

«Yo firmé el compromiso y mi hija cumplió su palabra. Culminó su tercer año con cien puntos en todas las asignaturas, a la vez que impartía la materia de Programación web a los alumnos de segundo. Al concluir el curso, resultó ser de nuevo el primer expediente».

El proceso de otorgamiento de plazas fluyó aparentemente normal. A los mejores estudiantes del IPI se les dieron varias por vía directa —sin necesidad de realizar pruebas— para acceder a la Universidad de Ciencias Informáticas. Y Cyndi, confiada en que estaba en el otro plan, para el que se había comprometido, aguardó pacientemente.

«Las plazas para el curso regular de trabajadores de la CUJAE nunca fueron otorgadas, se duele la angustiada madre. Incluso llegó la información de que existían esas capacidades, para que luego, un día antes del comienzo de los exámenes de ingreso al curso regular diurno, de forma extraoficial, nos llegara la noticia de que no llegarían jamás. ¡Yo no daba crédito a tal informalidad; aún no se lo doy!».

Ahí comenzó la odisea de Norma y su hija. Cartas, llamadas telefónicas, solicitud de entrevistas, visitas al Ministerio de Educación Superior. Y en todos los lugares ausencia de una posible solución. En uno de tantos trámites, la mamá y su hija fueron recibidas en el Departamento de Enseñanza Técnica y Profesional del Ministerio de Educación.

El funcionario que las atendió, cuenta la remitente, cuando se le mencionaba el convenio que existía entre el MES y el MINED, decía que no era tal, que ese acuerdo había dejado de existir. Y ellas se preguntaban: si no era un convenio, ¿qué era?

Avanza octubre y ahí está Cyndi, cumpliendo su compromiso como docente en el Gervasio Cabrera, pero sin la opción universitaria a la cual tendría derecho, según le aseguraron.

Uno termina de leer esta carta y no sale del asombro. ¿Así se premia el esfuerzo de una estudiante destacada? ¿Cómo pueden existir acuerdos fantasmas que al final de un curso dejen alumnos colgando del vacío? ¿Cuántos procedimientos de información oportuna y veraz fueron vulnerados?

No es esta la realidad que imaginó y ha construido en la educación el proyecto socialista cubano. Esperamos respuestas.

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