Suavitol…

Margot Fuentes (Dolores 773, Lawton, Ciudad de La Habana) hace un alto en el escaso tiempo que tiene, entre las labores domésticas y la atención esmerada a su mamá, que tiene 104 años. Me escribe, dice, y se siente ya mejor consigo misma.

A Margot, ferviente seguidora de esta columna, le preocupa una tendencia suavizante en ciertas respuestas de funcionarios a las quejas de los ciudadanos: ¿Cómo es posible que tales responsables ni se enteren, hasta que salen publicadas, de las faltas de respeto, indolencias y maltratos que pululan en las dependencias bajo su mando?

Cuando se toman medidas, señala, son muy tenues. Y aboga por que estas sean severas, incluyendo indemnizaciones de su bolsillo, con quienes violen los derechos de los ciudadanos y de las colectividades.

«Es hora de ponerles los puntos a las íes, señala. Es hora de que el paternalismo y el sociolismo se entierren definitivamente. Y eso no se hace con charlas. Que la gente sienta que la burla, el engaño y el abuso son castigados; que se disculpen, no cuando aparezcan en el periódico y se vean en la palestra pública. Porque para eso están las direcciones: no para estar detrás de un buró y de reunión en reunión. No, hay que salir a ver qué le pasa a la gente, quién o quienes fueron los responsables de los malos trabajos y el disgusto».

Concuerdo con Margot, y solo agregaría que el rigor y la exigencia por sí solos no solucionarán los problemas si no se ha fomentado un clima de respeto y decencia allí en ese colectivo. Usted puede estar expulsando y sancionando trabajadores uno detrás de otro, y si no ha sido capaz de estar muy cerca de los problemas allá abajo, controlando y saneando primero con su ejemplo personal, los males no se arrancarán de raíz.

En todo caso, quienes sean incapaces de poner las cosas en su sitio, y al final vayan a la tremenda hacia el lado más débil de la soga, debían correr la misma suerte y salir definitivamente, por incapaces de preservar lo que está en juego.

El cariño sana

Emmanuel García y Yurizian Naranjo (Calle F número 27, reparto La Purísima, Trinidad) vivieron momentos muy dramáticos cuando sus dos hijos (uno de 3 años y el otro de 40 días de nacido) tuvieron que ser ingresados en el Hospital Pediátrico de esa ciudad, al presentar síntomas gripales e indicárseles por el médico de guardia el antiviral.

Aunque las condiciones constructivas del centro no son buenas, y existen problemas con el mobiliario y la disponibilidad de refrigeradores y ventiladores, Emmanuel y Yurizian solo recordarán de esos días difíciles la extraordinaria y amorosa atención de los médicos y personal de enfermería, el cariño de las auxiliares de limpieza, pantristas y hasta los agentes de protección.

Y también remarcan la atención que se les dio como acompañantes, algo que a veces se subestima, y es esencial hasta para la sanación del paciente. El cariño levanta las defensas y puede lo imposible muchas veces.

Como el hospital está algo desaliñado, y habían escuchado historias muy feas de él, ahora que permanecieron allí echando la suerte por sus hijos, tienen una visión muy diferente. Esas son las cosas hermosas que no podemos perder, dicen estos padres agradecidos que nunca olvidarán lo vivido. Las paredes, los muebles y toda la infraestructura se pueden arreglar —y se deben, con urgencia—, pero lo que sí no puede tener desconchados es esa inmensa capacidad de darse, con talento y amor, de quienes trabajan siempre en esa frontera entre la vida y la muerte, halando hacia la primera.

Aprovecho al final para disculparme por cierto error mecánico que deslicé en el comentario El botín de la mentira, del pasado domingo, cuando al final trastoqué el nombre de la república de Letonia —donde ocurrió el suceso— por la vecina Lituania, allá por el frío Báltico.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.