Acorralados por la hiperdecibelia

Desde estos inicios de año, estoy haciendo votos ya porque en el 2010 logremos hacer prevalecer algo que no requiere de recursos y sí de mucha sensibilidad, conciencia, y en última instancia de rigor y exigencia de las autoridades: el respeto a la paz del prójimo.

Y clamo por ello empuñando la carta del actor y director de televisión Rolando Chiong, quien reside en la calle San Rafael, entre Hospital y Aramburu, en Centro Habana: exactamente frente al parque Trillo.

Manifiesta Chiong que el famoso y popular parque ha sido declarado área bailable, lo que ha complicado la existencia de no pocos vecinos que residen a su alrededor. Y precisa que, aunque la sesión musical está programada para las ocho de la noche, el sonidista arriba a las 10 de la mañana, «junto a los aguerridos armadores de las tarimas más resistentes que ojos humanos hayan visto, porque de la manera en que las tiran del camión, no me explico cómo aguantan».

Cuenta el abrumado remitente que, una vez que el sonidista lanza la andanada musical, «sencillamente no tienes lugar donde esconderte. Cierras toda la casa y sientes cómo los cristales cimbran y las paredes se estremecen. No exagero. Pruebas a encerrarte en el cuarto y pones tu equipito con la música que te gusta, pero lo vence el más “hermoso” reguetón. Entonces el estrés se apodera de ti, y sencillamente tienes que irte de tu casa, tu mejor palacio, a dar vueltas por nuestra linda Habana hasta que termine la “actividad cultural”».

Para colmo, la vivienda de Chiong limita por detrás con el fondo del centro nocturno El Colmao, ubicado en Aramburu, entre San Rafael y San José. «Al parecer, refiere el remitente, la administración abrió una puerta o ventana por detrás, o quizá incrementaron la potencia de audio. No sé, especulo. Lo cierto es que las actividades de matiné, y las nocturnas, que se extienden hasta las dos de la madrugada, son escuchadas a la perfección por todos los vecinos que los rodean, a muchos metros de distancia».

Ya Chiong llegó al límite posible. Pero al menos le quedan fuerzas para rebelarse contra esa pandemia que nos abruma en cualquier barrio y esquina. Al menos no es de los que sufren resignadamente, y lanza el alerta en nombre de sus vecinos.

Chiong, como muchos otros, no pide el fin de la música y la alegría, oxígeno salvador del cubano; sino que en nombre de ella no se agreda al prójimo. ¿Será imposible en este 2010?

La válvula de la salvación

Benjamín Arenas (San José 657 altos, entre Gervasio y Belascoaín, Centro Habana) quiere propalar a todos los cubanos, en estos días iniciales de 2010, su dicha por haber nacido de nuevo, gracias al prójimo.

Cuenta que padecía una estenosis aórtica severa, e ingresó en agosto de 2009 en el hospital Hermanos Ameijeiras para ser intervenido del corazón. Al fin, el 3 de septiembre del pasado año le hicieron un cambio de válvula que le ha renovado la esperanza.

«Desde que ingresé hasta el alta, el trato que recibí fue maravilloso, tanto en el piso 19 como en el 21. Recuerdo que en el piso 19 la jefa de enfermeras daba todas las semanas una reunión con todos los pacientes y acompañantes para oír las quejas y sugerencias de los mismos. En esa reunión yo hablé y apenas pregunté si el personal de allí era escogido, de lo magníficos que son.

«Y qué decir del piso 21 sala B, donde nos atienden después de operados. Ahí el personal de limpieza, pantry, médicos, enfermeros, del laboratorio y todo el personal en general son divinos y cariñosos: En especial mi agradecimiento al doctor Guevara, el cirujano que hizo el cambio de válvula».

Benjamín está vivo y con nuevas fuerzas. Eso es lo más grande.

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