¿Dónde está su teléfono? - Acuse de recibo

¿Dónde está su teléfono?

Desde Gertrudis Gómez de Avellaneda Nro. 1130, Reparto Cárdenas, Banes, provincia de Holguín, escribe desconcertada Mailín González porque no puede descifrar el misterio del servicio telefónico que le fue otorgado y no aparece.

Inspectora de Correos de Cuba, su pequeño hijo es considerado un caso crítico por una compleja enfermedad. Por ello, en enero de 2009 hizo solicitud formal al Consejo de la Administración Municipal (CAM) para que se le otorgara un teléfono. Se le confirió oficialmente, y fue citada en diciembre de 2009 a la Oficina Comercial de ETECSA en Banes, para hacerle el contrato. Fue cuando se le informó que existía un error en el número de su carné de identidad que habían copiado. Por ello el documento sería devuelto «a la provincia» para que se rectificara. Debía esperar a que la citaran. El tiempo transcurría, y después de varias llamadas a la Oficina Comercial interesándose por su contrato, le informaron que debía seguir esperando. Volvió a inicios del 2010. «Y es cuando la jefa comercial me cambia la respuesta original, diciéndome que no fue un error en el número de identidad, sino que había sido rechazada (la solicitud) por no encontrarse dentro del área de inversión, respuesta que no acepté ni me convenció». Desde entonces, asegura, ha solicitado una aclaración, que despeje sus dudas, en las oficinas de ETECSA en Banes y Holguín. «Sin embargo, solo he recibido la callada por respuesta —afirma—. ¿Adónde fue a parar mi teléfono?».

«Es mi comida»: René Calvo (Calle C Nro. 1034, Reparto Merceditas, San Miguel del Padrón, Ciudad de La Habana) se asombró desde que abordara el ómnibus 647 de la ruta P-6, hace unas dos semanas: el vehículo reluciente por fuera, los cristales, asientos y el piso impecables de limpieza, Las paredes sin esos graffitis intrusos. El chofer manejaba con sumo cuidado, al propio tiempo que mostraba un trato respetuoso con los pasajeros, y se detenía en cada parada. Al final del viaje, René no pudo sustraerse a manifestarle su positiva apreciación de lo percibido. Y el chofer explicó las claves: ese vehículo solo lo manejaba él, por eso lo consideraba el suyo. Y le agregó: «Lo mantengo así, porque es mi comida». Algo para meditar.

Esperen… ¿Hasta cuándo?: Karlovis Martínez lanza un S.O.S. desde San José Nro. 1106, entre Infanta y San Francisco, Centro Habana: su carta, fechada el 19 de abril, aseguraba que hacía más de 15 días que las heces fecales se desbordaban por las tazas de baño y tragantes de los 15 apartamentos de su edificio. Y como sospechaban que las aguas negras podían haber contaminado la cisterna, no se encendía la turbina. Un vecino del apto. 24 del inmueble reclamó ante el inspector de Aguas de La Habana en la zona, y según Karlovis, la respuesta ha sido engañosa: «Espérennos en el edificio, que ya vamos». Y la espera ha sido infructuosa, no obstante existir dos órdenes de servicio. «Lo cierto —condena Karlovis— es que las heces fecales siguen corriendo por nuestras viviendas, con los riesgos que esto implica».

Miércoles 13: Fatídico para José Álvarez Beltrán (Avenida 45-A, La Lisa). En la noche de ese día de enero, le llaman por teléfono: su nieta de tres años y medio está en el Hospital Pediátrico de Marianao con convulsiones. Él y su esposa se lanzan a la avenida 51, a parar cualquier transporte para llegar al hospital. Y varios vehículos estatales siguen de largo, a pesar de los gestos de desesperación que hacen los abuelos. Pero siempre hay un ser solidario, que no calcula todo en costos y kilometrajes: un auto Lada con chapa amarilla se detiene. El chofer, un joven, no lo piensa tanto y se desvía de su ruta. Los lleva hasta el Pediátrico. Cuando se apean, los abuelos insisten en pagarle; y el joven se niega rotundamente. Casi se insulta. Los abuelos se deshacen en gratitud, y nerviosos entran al hospital. Luego, cuando la nieta ya está bien, es que reparan en que no le preguntaron su nombre ni se fijaron en la chapa del auto. Llámese como se llame, expresa José, esté donde esté, gracias públicamente en nombre de la familia, y de la nieta en especial. Y concluye su carta con Fito Páez: «¿Quién dijo que todo está perdido…?».

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