Las vueltas de un acueducto

Desastre hidráulico, así califica José Miguel Rodríguez las conductoras del nuevo acueducto de la localidad de Vueltas, en Villa Clara, que apenas llevan entre tres y cuatro años de funcionamiento.

José Miguel, quien reside en Máximo Gómez 15, en esa localidad, asegura que desde que el acueducto moderno comenzó a prestar servicio cada día son más y más los salideros en las calles. Un alto porcentaje del agua que se bombea se pierde.

Recuerda el lector que allí se asfaltaron las calles, con grandes esfuerzos del Estado, y debido a los salideros ya están intransitables. «¿Hasta cuándo continuaremos con esta chapucería? ¿Quién va a resolver este derroche de recursos? Creo que todo el que sienta algo por la Revolución, se encuentre así como yo, con el corazón partido en dos», concluye José Miguel.

Asunto de nadie

Jorge Leyva Caballero (Lucena 405, entre San José y Zanja, Centro Habana, Ciudad de La Habana) no sabe por qué hace ya unos meses no hay agua en su casa como antes. A fin de cuentas antes llegaba con dificultad, pero llegaba.

Pero a la ausencia del líquido se une otra sequedad tan dañina como aquella.

Jorge se personó en las oficinas de Aguas de La Habana en su municipio. Una funcionaria llamada Clarita le atendió y le envió inmediatamente un inspector. Este le dijo que tenía que cambiar la llave de paso. Así lo hizo el afectado. Haló bastante sus bolsillos, pero lo hizo.

De inmediato, Jorge volvió por Aguas de La Habana para comunicar a Clarita que todo estaba concluido. Y ella prácticamente no le dejó concluir: ese asunto no era de Aguas…, pues esa entidad se ocupa de la acometida hacia fuera y esos arreglos eran incumbencia de él.

Jorge pretendió seguir hablándole, y ella, tajante, le orientó que fuera a Micro Social, en Belascoaín entre San José y San Rafael, a plantear su problema. Hasta allí llegó el hombre, pero estaba cerrado el local. Fue muchas veces más, y estaba cerrado.

Fue entonces al Consejo Popular, y allí una compañera le dijo que viera a Alfredo —lamentablemente, no ofreció datos sobre él—, quien estaba haciendo un trabajo cerca. Se presentó ante Alfredo, y este le dijo que no tenía nada que ver con el problema.

Volvió al Consejo Popular, y lo encomendaron a la Micro Social, en San Miguel y Lealtad. Allí se personó, y apenas le atendieron. La mujer estaba oyendo un chisme, recuerda Jorge, e interrumpió la conversación para preguntarle qué quería. Él le refirió la accidentada historia. Ella le respondió:

«Aquí no se tramita eso. Tienes que ir a Vivienda, en Soledad y Neptuno».

Ya hastiado de escuchar que nadie tiene que ver con su problema, Jorge decidió hacer una pausa en su peregrinaje. Y varios días, más tarde fue a Vivienda. Después de escuchar el trágico relato, el funcionario le dijo que ese asunto no era de la competencia de ellos.

Jorge lleva dos meses cargando agua y está exhausto. Pero más hastiado está de tanta desatención, de escuchar que su problema no es asunto de nadie. ¿Será posible? ¿Se secó la vergüenza también?

Réquiem por una céntrica esquina

El doctor José Manuel Ramírez lo sufre cada día que pasa por la esquina de Infanta y San Lázaro, para ir al hospital Freyre de Andrade (Emergencia), en la capital.

El doctor vive en este país y conoce las dificultades, pero no puede sustraerse del recuerdo de su niñez, en una esquina tan céntrica de la ciudad. Fue tanto el desamparo…

«Ese local, que ha tenido tantos usos —el último creo que fue la librería de la Universidad de La Habana— es, además del deterioro, un atentado a la higiene y un foco de vectores por las aguas albañales que cubren los pisos».

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