Vectores de inflexibilidad

Un buen maestro me ilustró cierta vez con esta parábola: frente al huracán se encuentran la débil espiga de arroz y el férreo roble. Este, alto, recio, inamovible, aguanta, aguanta, aguanta… hasta que la fuerza del viento termina por quebrarlo. Aquella, pequeña, blanda, dúctil, se dobla casi hasta el piso con cada ráfaga y, cuando la tempestad se ha ido, vuelve a levantar su cuerpo. La flexibilidad: he ahí la diferencia entre la espiga y el roble, y la clave de la supervivencia.

Más de una vez en estas líneas han recalado molestias que no habrían surgido si se hubiese tenido en cuenta ese imprescindible sentido que conjuga lo racional, lo justo y lo humano.

A la casa de Rafael Rubie Garzan (Trocha, No. 570, entre Comandante Borrero y Ambrosio Grillo, Rpto. Asunción, Santiago de Cuba) llegó un inspector de la campaña antivectorial el 24 de agosto último. Al verificar los depósitos de agua, el empleado de Salud Pública comprobó la existencia de un foco de vectores, cuenta el remitente.

Al pedirle el carné para la aplicación de una sanción, Rafael le explicó que él era miembro de la Asociación Nacional de Ciegos de Cuba (ANCI). Y le dijo: «Mire compañero, yo soy impedido físico, no veo más que sombras», narra el doliente.

El trabajador antivectorial no entendió las razones, entre las cuales estaba además que Rafael vive solo. Y le indicó que debía pagar la multa y solo después reclamar si lo consideraba.

Y el remitente, que no subvalora de ninguna forma la tenaz lucha del país contra el Aedes aegypti, considera sin embargo que en su caso se pudo ser más comprensivo.

En su carta relata gestiones —hasta ahora infructuosas— para que le retiren el importe disciplinario. Pero, más allá del resultado final, ¿no pudieron considerarse para este caso, por ejemplo, otros mecanismos de advertencia y ayuda —tal vez involucrando a las autoridades de la localidad— que mantuvieran, no obstante, el rigor de la campaña?

Paquete en el aire

José Bernabé González Segura (Fernando de la Cruz No. 24, entre I. Díaz y R. Estrada, Reparto Velázquez, Las Tunas) aprovechó parte de sus vacaciones en julio y agosto últimos para reclamar el bulto postal que había enviado desde Venezuela en febrero de este año.

Él, que colabora en el estado de Trujillo, en el proyecto Etanol, de la Constructora del ALBA, remitió el referido paquete con 20 kilogramos de peso a nombre de Alfredo Sánchez Delgado. El destinatario es el representante civil del Ministerio del Azúcar para esta tarea y funge como la persona autorizada para extraer los bultos en la Aduana, aclara el remitente.

«Hablo con Alfredo —apunta— y el 7 de julio vamos a los almacenes de Aerovaradero, lugar adonde deben llegar estos envíos. Buscamos en los almacenes y no había nada… Mi hermana y Alfredo habían estado allí anteriormente en dos ocasiones».

Contactaron con la compañera Ana Mellis García Dell, especialista de Reclamaciones de Aerovaradero. Esta le aconsejó al afectado que hiciera por escrito la demanda, señala el tunero.

«He tratado de comunicarme por teléfono con la compañera, pero ha sido imposible, relata José. En julio llamé 21 veces y nunca contestaron… La representante de Copa Air, la línea aérea, dice que ellos transportaron los bultos desde Caracas y no han tenido multas ni reclamaciones por demora o falta».

En poder del colaborador cubano está la guía emitida por Copa Air con el número 230 18322710… El 7 de septiembre, cuando nos escribió, aún estaba en la incertidumbre.

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