La llamada fatal

Hace más de tres meses que Maritza Pozo se debate ante un «misterio» telefónico que le pone los pelos de punta, allá en el apartamento 1 del Edificio Q-9, en Micro 7, del Distrito José Martí, en la ciudad de Santiago de Cuba.

Todo comenzó en agosto, cuando le llegó el recibo de la cuenta telefónica de ETECSA, por valor de 61,71 pesos, como consecuencia de varias llamadas al Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana, y otras a una empresa del Petróleo, también en la capital.

Además, ella tampoco entendió que tuviera que pagar por varias llamadas más de larga distancia nacional en telefonía básica y en la automática, si siempre utiliza su tarjeta magnética para ese tipo de comunicaciones, vive sola y posee candado electrónico. Lo otro es el importe que le cobran por llamadas locales, cuando ella nunca se ha sobrepasado de los 300 minutos en esas comunicaciones.

En septiembre se reiteran sus sospechas, pues le volvieron a salir en la cuenta llamadas al Aeropuerto Internacional José Martí y a la susodicha empresa del Petróleo; además de que le suben el tráfico local bonificado como si ella consumiera más de 300 minutos. Y no es así, asegura.

Para colmo, en octubre le entregan la cuenta con 61,84 pesos, y vuelven a salir tres llamadas al aeropuerto capitalino. Le notifican 35,62 por larga distancia nacional, telefonía básica. Y de nuevo le suben el tráfico bonificado más allá de los 300 minutos.

«Yo asumo las llamadas que hago —sostiene Maritza—, pero me siento engañada y estafada. Entregué en agosto una reclamación. Llamaron preguntándome, pero ahí quedó todo. Alguien por mi teléfono realiza llamadas; cómo lo hace, no sé. Lo que sí sé es que no las he hecho yo ni conozco esos sitios. Yo soy cliente de ETECSA hace muchos años, y una cosa así nunca me había sucedido. No me queda nada más que pensar que me están robando».

Como hasta ahora nadie ha podido demostrar que los fantasmas existen, todo parece indicar que el «misterio» está más allá de la línea telefónica de Maritza.

El otro «enigma»

Allá donde vive con su esposo y sus dos hijos, en calle 8va. No. 02-F, Reparto Mi Refugio, Candelaria, provincia de Pinar del Río, Marcia Garcés solo posee un refrigerador, un ventilador, una olla arrocera y una Reina, dos lámparas y tres bombillos ahorradores.

Por eso es que, cuando en julio pasado le llegó el recibo del servicio eléctrico por valor de 978,40 pesos puso el grito en el cielo. El lector cobrador sostiene que esa casa siempre está cerrada, pero Marcia aclara que ella es ama de casa y siempre está allí, mas el empleado no llama al portón. No regresa, y luego pone en su reporte: «Lectura estimada».

Marcia posee los recibos pagados de este año, que se mueven en un rango bastante módico, comparados con la barbaridad ya mencionada. Ahora la Empresa Eléctrica le exige que pague y después reclame, pero con el único salario que entra en su casa, el de su esposo, que es de 345 pesos, a esa familia le es imposible cumplir con el procedimiento que exige la empresa. Le cortaron la luz, y cuando me escribió ya llevaban tres semanas sin ella. Vivían de favores de los vecinos.

«Creo que los de la Empresa Eléctrica no están trabajando bien, señala. Yo quisiera que ellos entendieran y me ajustaran ese precio tan alto; pero dicen que no, que hay que pagar los 978,40 pesos, o se llevan el contador y el bajante».

Es conocido que el procedimiento es pagar primero y después reclamar. Cuando los inspectores posteriormente comprueban el error, se le devuelve el dinero al cliente. Pero esa garantía a favor de la Empresa debe traducirse también en facilidades para el deudor en casos excepcionales como este, que están al borde de la imposibilidad. Por, al parecer, un evidente error del lector cobrador, esa familia está sufriendo. ¿No puede buscarse un ajuste? ¿O todo tiene que ser obediencia completa y sin salida? ¿Dónde está la consideración hacia un cliente que siempre paga?

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