Arbitrariedades no

Esta columna defenderá siempre la legalidad, pero no el exceso, la arbitrariedad y la falta de profesionalidad y ética en nombre de «lo que está establecido». Nuestro deber es alertar a la Unión Nacional Eléctrica sobre acciones desmedidas de inspectores, que manchen nobles empeños.

Jorge Froilán Oves (Aurelio Álvarez 8-C, entre Ana Pegudo y Tomás Ruiz, reparto Capiro, Santa Clara) cuenta que el 17 de enero pasado tocaron a su puerta. Y cuando abrió, ya dos personas desarmaban su metrocontador. Cuando él preguntó, dijeron que eran inspectores de la Empresa Eléctrica, sin mostrar identificación alguna; «sin siquiera la presentación que, por ética, debe tenerse al visitar una casa, siendo un funcionario de un organismo del Estado».

Jorge cuestionó por qué actuaban así, y uno de ellos le dijo que los sellos del metro estaban rotos y el equipo tenía tornillos y puntos de soldadura sueltos. Jorge les ripostó que ese no era el proceder, pues cuando salió ya tenían el equipo desarmado y debían haberlo hecho delante de él.

«Tildaron mi supuesta acción como fraude —señala—, y me aplicaron una multa de 500 pesos, además de una citación para conveniar la energía dejada de facturar por la violación del Decreto 260». Jorge firmó la multa, porque de lo contrario no podría reclamar.

Pero después que los inspectores se retiraron, el metrocontador no trabajaba, y mientras tanto recibían el servicio eléctrico. El 20 de enero lo visitó un especialista, y le fue cambiado el metro contador. Le dijeron que fuera el 27 de enero a recoger la respuesta de su caso. Y no había respuesta, como no la hubo el 3 y el 10 de febrero.

Pero el 9 de febrero llegó el aviso de consumo eléctrico, sin matriz de comprobante. Y Jorge fue a pagar la corriente. Le aparecieron entonces 39,64 pesos de más, por la electricidad consumida a consecuencia de un supuesto fraude eléctrico. Allí en las oficinas le dijeron al cliente que se le había informado de ello dentro del plazo de diez días hábiles, lo cual no es cierto, según él.

«Como es de suponer —señala—, tuve que pagar los desmanes de otros, aunque el 18 de enero presenté en tiempo y forma mi reclamación ante José Hernández, especialista de la UNE en Santa Clara. Y hoy 14 de marzo, al presentar este escrito, no se me ha dado respuesta.

Rehabilitando afectos

Joaquín Bárzaga (Calle 11 No. 64, entre 4 y 6ta., Parcelación Moderna, La Habana) escribe para reconocer la abnegada labor que realiza el colectivo de trabajadores de la Sala de Rehabilitación del policlínico José Antonio Argote, del municipio capitalino de Arroyo Naranjo, en la recuperación de los pacientes que allí acuden.

«Además de poner todo su empeño en la buena técnica, logran la satisfacción por el servicio que brindan, con excelente atención, respeto y cariño hacia todos los pacientes», concluye Joaquín.

¿“La Miró” no miró?

Gerardo Roger Obregón (Calle Miró 47, entre Cuba y Gayaralde, Holguín) cuenta que su casa colinda con la panadería La Miró, la cual, desde su reapertura en 2002, vierte agua desde su tanque, y ha provocado constantemente filtraciones y derrumbes parciales en la pared colindante y el techo de la vivienda del remitente.

Incontables han sido las reclamaciones de Gerardo a la administradora de la panadería, quien en una ocasión, hace más de dos años, se personó en la casa del afectado con un directivo de su empresa, tomó nota de los daños ocasionados hasta ese momento, y se comprometió a reparar los mismos.

Recientemente, Gerardo amaneció con el baño y el comedor inundados de agua. De nuevo reclamó a la administración de la panadería, la cual planteó que se resolvería todo.

La «solución» fue ejecutada en menos de media hora: situaron un flotante en el tanque de agua para evitar el vertimiento. Según Gerardo, tal desenlace los condena moralmente más, porque de haberse cumplido hace muchos años, se hubieran evitado tantos daños que han deteriorado su vivienda.

«¿Quién repara los cuantiosos perjuicios ocasionados a mi casa por la indolencia de sucesivas administraciones de la panadería La Miró?, señala Gerardo. Por elemental deber, tendrían que ser los indolentes que afectaron su casa.

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