Pagamos, luego exijamos

Desde el Edificio H-21, apto. 7, en la Zona 13 del habanero reparto de Alamar, el ingeniero Roberto Figueroa Silva ha depositado en nuestra cesta de debates un tema de gran actualidad: la calidad de los servicios que brindan algunos trabajadores por cuenta propia.

«Se habla poco de la calidad de los servicios de transporte que brindan los llamados “boteros”, señala. Solamente se comenta el precio que cobran y no el servicio que brindan. Sin embargo —enfatiza—, resulta verdaderamente inconcebible que nadie se preocupe porque el estado técnico, la limpieza y el mínimo de condiciones ambientales de estos vehículos se correspondan con el precio que están cobrando.

«Los inspectores del transporte que se encuentran a lo largo y ancho de toda la ciudad no tienen nada que ver con eso. Usted se monta en un vehículo de estos y tiene que tener cuidado de no llenarse de grasa o cualquier otro material contaminante. En muchos casos las ventanillas no cierran, las puertas no abren ni cierran como es debido. Y si llueve resulta una verdadera odisea, porque en algunos llueve más dentro que fuera.

«Todos los vehículos tienen el famoso sello del “Somatón”, es decir, la inspección que tienen que pasar para poder circular. ¿Alguien tendrá que ver con que se cumplan las condiciones mínimas de calidad para poder ejercer este trabajo, el cual ayuda en estos momentos de grandes dificultades con el transporte?».

A lo dicho por Figueroa, este redactor añade otras agravantes de la calidad del servicio en ciertos autos de alquiler particulares —y no hablo de los «boteros» profesionales y con educación y respeto:

Las carreras desmedidas, a alta velocidad y para molestia de los pasajeros, en pos de arrebatarle clientela a sus competidores, o para rotar el auto con más viajes en el día. ¿Y qué me dicen de la música impuesta a todo volumen, casi siempre punzante reguetón, al igual que en los ómnibus urbanos?

¿Quién, a fuerza de censurar lo estatal, supuso que el particular, con su propiedad, implica un vuelco tácito en la calidad y el esmero? ¿No seremos rehenes también en estos casos de la ley del embudo que siempre supedita al cliente y no lo privilegia?

Por otra parte, Figueroa observa con agudeza que los deberes y derechos de pasajeros y choferes están en terreno de nadie: «He tenido la curiosidad de tomar nota de todas las rutas de ómnibus de La Habana, y no he logrado encontrar en ninguno de ellos cuáles son los deberes y derechos que le corresponden a cada cual. Usted ve personas fumando; ahora que llega el verano se montan con botellas de ron y otras bebidas alcohólicas, sin camisa. No se detalla la obligatoriedad del pago y mucho menos las multas que corresponden a cada irregularidad».

La ironía es que, en algunos ómnibus recibidos de segunda mano o por donación, de Cataluña u Holanda, se puede leer en las paredes, como un elemento contrastante, los detalles de los Deberes y Derechos de los Pasajeros en esos países. Aunque uno no entiende el holandés, fácilmente nota que por no pagar el ómnibus la multa es de 20-30-40 euros, añade el remitente.

La sana preocupación de Figueroa en tal sentido en cuanto a un código de deberes y derechos de ambas partes, la extendería también a los autos de alquiler privados, conjuntamente con el transporte estatal. Pero después habría que garantizar que los mecanismos funcionaran para que se hicieran cumplir esas normativas.

«¿Será posible resolver en nuestra Habana este problema?», cuestiona Figueroa. Yo le respondería que sí se puede, cuando hay voluntad y determinación de hacer cumplir las normas y de garantizar el respeto mutuo entre choferes y pasajeros.

Lo otro sería permanecer ciegos y sordos, y cómplices; solo acuciados por llegar lo más rápido posible, y a como sea, a nuestro destino.

 

 

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