La salvación de Canelo

Hoy solo tengo espacio, ojos y oídos para el bien y la virtud, con historias como la enviada por Ángela Corvea, bióloga marina jubilada del Instituto Nacional de Oceanología; pero nunca retirada del movimiento ecológico cubano, pues funge precisamente como coordinadora de los proyectos ambientales Acualina y A limpiar el mundo.

De Canelo, un perro callejero, habla Ángela, quien reside en Avenida 3ra.-A, No. 15214, apto. 1, entre 152 y 154, reparto Náutico, en el municipio capitalino de Playa. Y cuenta que, por esa propensión canina al cariño y el apego, el trotamundos ancló su ruta hace casi diez años en el Instituto de Oceanología, en Playa: siempre de guardia nocturna junto a los custodios del centro, y de día acompañando a los trabajadores de esa institución científica, quienes le brindan comida, atenciones y cariño.

Nadie sabe qué ocurrió el pasado 21 de abril, pero Canelo amaneció mal: no movía sus patas traseras, defecándose y orinándose sin contención. Lo más impresionante era la tristeza que empañaba sus ojos.

Mercedes Abreu, una especialista del Instituto, se resistió a dejarlo morir. Y navegó por Internet, hasta que encontró uno de esos remedios a la mano. Le puso un tratamiento emergente para aliviar los dolores. Otros compañeros la auxiliaron en alimentarlo por las noches, y «darle una vuelta» los fines de semana, cuando le tocaba el medicamento bajo la supervisión de Mercedes. Sí, porque Mercedes iba al Instituto, incluso el fin de semana, a darle su medicina como a un niño.

Mercedes habló con Marta González, directora del Instituto, la cual brindó su apoyo de inmediato, y finalmente llevaron a Canelo a la Clínica de Carlos III, con un transporte del centro. Allí no se le pudo hacer una placa, pero el veterinario le mandó un tratamiento. Ya hoy Canelo, con la ayuda también de Milagros, una veterinaria homeopática, ha mejorado: Mueve el rabo —alegría de perro— y también las patas. Se alimenta bien, aunque todavía no puede valerse. Y en su dulce mirada refulgen signos de paz y agradecimiento.

Aun cuando posee varios gatos en su casa, y no tantos recursos económicos, Mercedes decidió adoptar a Canelo y llevarlo a su casa para cuidarlo hasta el fin de sus días, con la esperanza de que vuelva a caminar.

«Si Canelo pudiera hablar, quisiera agradecer mucho a Milagros, Félix, Maruchy, Miriam, Danay y Heriberto; pero en especial a Mercedes por salvar su vida», expresa conmovida Ángela. Y este redactor solo desea abrazar a esta incansable luchadora por la vida del proyecto Acualina, a Mercedes y a todos los que hicieron algo por Canelo. Con esta historia, hoy seremos más humanos.

La verdadera Ciudad Paraíso

Alexander Barrero Mora (Avenida 91 No. 6610, Güines, Mayabeque) ha visitado en varias ocasiones la comunidad ecológica Las Terrazas, la tierra del nunca desaparecido Polo Montañez. Y siempre siente la sensación de que aquel es un sitio bendecido por la belleza y el amor, tanto por sus pobladores como por las personas que laboran en ese vedado ecológico turístico.

«Desde que uno entra por la puerta ya percibe el grado de educación y profesionalidad de sus trabajadores. En la entrada está el custodio que te recibe con los “buenos días” y te desea una buena estancia. El amor con que nos trata Sonia, la carpetera del campismo El Taburete; la ternura de Aleja, miembro del Consejo de Dirección… la compañera de la oficina de reservación, los del restaurante El Almácigo, cuya calidad de los alimentos y servicios es excelente… los custodios del río San Juan… las dos señoras mayores que atienden el parqueo…

«Allí todos los trabajadores te tratan como en pocos lugares, con “buenos días”, “buen provecho”, “feliz estancia”, “que la pase bien”, “hasta pronto” o “¿en qué podemos servirle?”. Estas frases, unidas a su cariño, hacen feliz a cualquiera. El criterio de muchos visitantes y el mío propio es que esos trabajadores se merecen una felicitación bien grande por hacernos sentir que estamos, aunque sea por un momento, en una verdadera “Ciudad Paraíso”».

 

 

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