Roto y olvidado

Ya lo llaman «el puente de Barrio Prieto», en alusión al que nunca ha reparado el alcalde de la telenovela brasileña en boga, Ciudad Paraíso. La diferencia es que este es real, y está en el poblado de San Felipe, en el municipio mayabequense de Quivicán. Ya lleva unos tres años inutilizado, por rotura, según Rolando Carús, vecino de Avenida 31, No. 6211, en el poblado de La Salud, del propio Quivicán.

Explica Rolando que el puente sirve de enlace a dicho territorio con la capital de Mayabeque, San José de las Lajas. Y desde entonces se han gastado montañas de materiales para rellenar un desvío que, por mal hecho, siempre se lo llevan los aguaceros.

«Esta última vez —afirma— decidieron “botar el sofá”: tiraron una pila de tierra a cada lado del acceso al puente y “resuelto el problema”. Los reclamos de la población, que necesita transitar de un lado a otro (trabajadores, campesinos, estudiantes que utilizan tal enlace) han sido al parecer engavetados».

Dado el obstáculo, asegura Rolando, el ómnibus que une al municipio con la capital provincial hace ahora un trayecto exageradamente extenso y con muy pocos pasajeros, ya que en esa ruta existen otros servicios.

Dicha guagua va desde Quivicán, pasando por Bejucal, ¡hasta Managua en La Habana!; y finalmente retoma el rumbo hacia San José de las Lajas. El gasto de combustible y el desgaste de los equipos son enormes. Quizá con lo que se ha desembolsado por ese concepto, ya se hubiera reconstruido hace rato el puente de marras.

Afirma Rolando que la explicación nadie la conoce, y agrega que la reparación del puente cada vez costará más. «Las pilas de tierra que menciono fueron tiradas sobre el pedazo que se había llevado la lluvia», acota el remitente.

«Aun así, pasan autos ligeros y camiones. Y es muy peligroso. No es mi intención que se opaque el trabajo que se hace en el municipio por el bienestar del pueblo. El problema es que al puente roto no se le ha dado la atención que en verdad requiere», concluye.

Gracias al acuario nacional

Leticia Lezcano (Churruca No. 360, entre Santa Teresa y Daoiz, Cerro, La Habana) es una madre preocupada porque sea útil y educativo el verano de sus dos hijos, Elizabeth y David, de 14 y 12 años, respectivamente.

Cuenta ella que los dos muchachos se inscribieron en uno de los cursos que ofrece en esta etapa el Acuario Nacional para niños y adolescentes, sobre buceo, estu-

dio de la biodiversidad, entrenamiento de mamíferos marinos, artes plásticas y natación, entre otros.

Y confiesa que la realidad superó las expectativas. Sus dos hijos encontraron allí especialistas muy profesionales, que supieron trasmitir sus conocimientos medioambientales de forma amena, vinculando la teoría con la práctica. Son también personas responsables, no solo con la misión educativa medioambiental y su compromiso con el futuro, sino también con la custodia y el bienestar de los niños.

«Sé que esta experiencia ha dejado huella en ellos, señala. Ahora, con familiares y amigos comentan sobre especies marinas, métodos de entrenamiento, peligro de extinción y responsabilidad medioambiental. Sé también que después de recibir estos cursos están mejor preparados para cuidar nuestro entorno y convertirse, también ellos, en portavoces de lo aprendido.

«Es por ello que quisiera felicitar y agradecer a los Especialistas del Grupo de Educación Ambiental del Acuario Nacional de Cuba, a los biólogos marinos, buzos y entrenadores que compartieron sus conocimientos con responsabilidad y amor; así como a todos los trabajadores de ese centro por la labor que realizan. Aunque los viajes de ida y regreso fueron cada día una odisea, valió la pena».

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