Los cimientos de la dejadez

La costra del olvido no puede caer sobre la palabra empeñada, cuando se representa a la voluntad del Estado, en pos de restañar las heridas habitacionales de un damnificado de muchos años.

Odalis Arias Bravo vive en una «facilidad temporal», que ya se ha perpetuado bastante y no es tan fácil, desde que los huracanes Lily e Isidore dieran al traste con su casa en el 2002, allá en el kilómetro 89 de la Carretera Central, Camino a La Malangueta s/n, en el reparto Montequín del municipio de Pinar del Río.

Ella cuenta que desde entonces se le incluyó sucesivamente en los planes como damnificada por su circunscripción; hasta que en el 2007, fue nominalizada para que la Empresa Provincial de Transporte Agropecuario asumiera la inversión de su vivienda, como se les indicó a muchas entidades de la provincia, por decisión gubernamental, para que se responsabilizaran puntualmente con la recuperación habitacional.

En el 2008, el inversionista de esa empresa le notificó a Odalis que su caso estaba incluido en el plan constructivo de ese año. Le orientaron contratar un albañil para iniciar la obra, y ella lo hizo. Luego, le asignaron algunos materiales (áridos, piedra, gravilla y arena) hasta marzo de 2009, cuando le entregaron 30 sacos de cemento, con los cuales echó los «dados». Posteriormente recibió 400 bloques para la zapata. Hasta ahí llegó la obra.

El nuevo inversionista sucesivamente le anunciaba que poseía los vales para continuar. Y cuando Odalis iba a verlo, porque no «veía» nada en concreto, aducía dificultades con el transporte o el combustible; o que los vales se vencían.

Así pasó el 2009. Y en los inicios de 2010 le dijo fríamente que su vivienda ya no estaba en el plan de ese año. Odalis le mostró su inconformidad y la voluntad de seguir indagando por lo que se le había prometido.

«A los pocos días —señala— el inversionista me visitó, y entonces me comunicó que se me había incluido de nuevo en el plan; que no me preocupara, ahora sí me iban a servir los materiales que faltaban; que consiguiera los sacos y personal para cargar el cemento, pues él traería las cabillas para el “cerramento” de la zapata y para continuar la obra».

Así, le decía que tenía los vales autorizados para el cemento y los bloques; y las coordinaciones para cargar los restantes áridos. «Pero eso se convirtió, a todas luces, en otra maniobra de entretenimiento», refiere.

El 2010 terminó en la misma incertidumbre que el 2009. Y a inicios del 2011, la mujer volvió. Esta vez, con frialdad y antes de saludarle, le comunicó que no estaba en el plan de este año.

Indignada, Odalis se entrevistó con el director de la Empresa, que era nuevo. Y en presencia del inversionista, le expuso su inconformidad. También, para corroborar que estaba excluida del plan, fue a hablar con el inversionista de Vivienda municipal «quien, lejos de aclararme, me maltrató y me dijo, entre otras cosas, que no estaba en el plan y que podía ir adonde yo quisiera, que esa decisión era irreversible».

Odalis espera respuesta desde una «facilidad temporal» de madera, junto a su esposo, su hijo y su mamá. Porque lo que se promete se cumple, y el engaño y la mentira no pueden ser un salvoconducto por la vida.

Las condiciones del país cada vez favorecerán más que el ciudadano resuelva sus problemas por sí mismo; pero estas viejas deudas con personas muy golpeadas por la vida, la naturaleza y las veleidades de los humanos, deben ser saldadas.

Como si fuera poco el desentendimiento de lo que se acordó, y la incapacidad de las autoridades para hacer cumplir a quienes tenían ese compromiso, se añade esta vez el maltrato, ese virus que nos baldará para siempre de no buscarle un antirretroviral.

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