Sigue el misterio del turrón de madera…

No más comenzaba el 2012, exactamente el 3 de enero, conté «La resaca de un año viejo», la triste historia de Joana Lima, una habanera que el propio 31 de diciembre, al momento de compartir con su familia un turrón Jijona adquirido en la tienda Variedades del Mónaco 11 días antes, descubrió que bajo el celofán y la caja sellada había solo la burla y el timo: un trozo de madera rectangular.

Pasados tantos días, Joana ni fue a reclamar, pues no tenía pruebas de en qué eslabón de la cadena se había cometido tal tropelía. Y se propuso para 2012 convertirse en una compradora desconfiada, de esas que revisan el producto.

Al respecto, responde Julio Vázquez, gerente general de la Sucursal Habana Sur de CIMEX, quien afirma que, una vez publicada la queja, directivos de esa corporación visitaron a Joana. Esta les manifestó que, como la compra la había hecho tantos días antes, y no conservaba el comprobante correspondiente, consideró que había perdido el derecho a la reclamación. También les hizo saber que el envase del «turrón de madera» estaba sellado.

A Joana se le explicó, agrega, que se investigó el proceso desde que el producto entró a la unidad, y el comportamiento de las ventas, incluida la operación relacionada con ella, que estaba notificada en la cinta auditora.

Informaron los directivos que hasta el momento no habían existido anomalías similares —yo diría «animalías»—, y se le invitó a que pasara por la tienda para devolverle los 3,45 CUC que gastó en aquel engaño. Así se hizo el 5 de enero.

«Estamos conscientes —refiere— de que con la devolución de los 3,45 CUC se le dio una satisfacción material a Joana Lima; no así en lo espiritual, toda vez que no pudo compartir con su familia el deseado turrón el 31 de diciembre. No obstante, mostró su agradecimiento con la atención brindada por nuestra parte.

«Como bien se plantea en la queja publicada, es difícil detectar en qué eslabón de la cadena ocurrió la alteración del producto, máxime si es de importación; ello nos obliga a incrementar los controles en la recepción y la calidad de los productos.

«Nuestra corporación, a través de su Sistema de Protección al Consumidor, dispone del procedimiento establecido para atender a todos los usuarios que visitan nuestras unidades, facilitando la satisfacción que, en su momento, resulte conveniente, ante cualquier afectación que pudiera presentarse. Si en su momento se hubiese dirigido a la unidad, se le habría garantizado con inmediatez la atención correspondiente», concluye el directivo.

Agradezco la respuesta, y al menos la atención justa que tuvo la cliente, incluida la devolución del dinero. Pero, como bien dice el gerente, no podrá desagraviarse la fuerte humillación que sufriera esa familia, proviniera de donde proviniera.

Vázquez no explica de qué manera van a «incrementar los controles en la recepción y la calidad de los productos» en el caso de mercancías que vienen cubiertas y selladas. Pero al menos los consumidores podemos extraer lecciones de esta historia:

¿Tendremos que crear una metodología muy precisa para, si acaso, intentar burlar las estafas y los atracos? Lo primero es nunca botar el comprobante de venta, hasta un tiempo prudencial. Lo segundo: ¿tendremos que disponernos a consumir el producto al momento, no comprar anticipadamente para guardar? Y lo tercero, ya lo increíble, ¿nos veremos precisados a abrir envases y envolturas allí en la tienda, ante los ojos de los vendedores?

Casi se necesitaría una asesoría de agencias detectivescas, o pasar un curso con entidades de control de la calidad. ¡Qué difícil le hacen la vida al comprador-consumidor-cliente-usuario, caballeros!

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