Los barrotes del prejuicio

Siempre debe haber una oportunidad en esta vida para el que yerra, sobre todo si es joven. Pero a pesar de todas las orientaciones y normativas del país para facilitarles a los ex reclusos la ubicación laboral y su reinserción en la sociedad, los seres humanos, tras los barrotes del prejuicio, hacen más difícil esa regeneración en ciertos casos.

Lidier Suárez Bandomo (Módulo 16 No. 12, Tunas de Zaza, Sancti Spíritus) es un joven de 23 años que ya cumplió sanción penal por un año y seis meses de privación de libertad, por el delito de desorden público. Y actualmente labora como sepulturero. Pero tiene una pena a remolque, que quisiera enterrar para siempre.

Lidier ha intentado retornar a la Empresa Pesquera Industrial Sancti Spíritus (Episan), donde laboraba cuando fue sancionado. Se acercó a la entidad a solicitar empleo, y fue rechazado, sin respuesta alguna, asegura, aun habiendo plaza disponible para incorporarse.

Incluso, recalca, trabajadores de esa em-presa intercedieron por él, y obtuvieron la misma respuesta negativa. La respuesta del apártate, de cerrar puertas. De alejar y preterir.

«Desde entonces, afirma, continúan dando trabajo a varias personas con menos experiencia que yo en esa actividad».

La queja de Lidier, más que estorbar a Episan, debía sensibilizar a sus directivos. Ya el joven pagó su falta, y merece una oportunidad para demostrar que ha aprendido bien la lección de la vida. ¿Qué no lograría Episan con abrirle de nuevo las puertas, al punto de que lo comprometería sobremanera como trabajador? ¿Adónde podría llegar Lidier, revirtiendo sus propias faltas?

Las personas no deben ir por la vida marcadas por su pasado, como si llevaran un feo tatuaje en el alma.

Una medalla de amor para Tery

El músico Roberto Avelino Rodríguez, que vive en la calle Águila No. 161, en Centro Habana, es una persona sensible y despierta para detectar qué hay detrás de cada gesto. Y como tal, caminando hace unos días por el Paseo del Prado, captó una escena conmovedora:

Una maestra se divertía enseñando y jugando con sus 12 alumnos, niños de una escuela especial, todos con visibles muestras de discapacidad físico-motora.

La profesora había situado a uno de los pequeños a 15 metros, en medio del concurrido Paseo del Prado. Y el objetivo era que cada uno de los alumnos, en su turno, llegara corriendo a toda velocidad adonde estaba el muchacho, hasta rodearlo y retornar con más velocidad aún, a despecho de cualquier impedimento físico.

«En cada una de estas salidas, cuenta Roberto, les parecía a los niños que se estaban jugando la medalla de oro de una imaginaria Olimpiada Infantil Prado 2012. Todos gritaban ¡Tery, Tery, Tery…! Y Tery salía renqueando hacia allá, volteaba y regresaba a la esperada meta con el mismo cojear, algo más desfallecida, pero con la carita iluminada por mil soles de satisfacción».

En su imaginación, Roberto veía un mutitudinario recibimiento a la pequeña Tery:

«El regreso de la vuelta era con todo el pueblo de La Habana. No, dije poco. Con toda Cuba representada en esos chicos esperando a Tery, que llegaba desfallecida y alegre. La palmeaban, la abrazaban hasta despeinarla. Entonces Tery estrechaba a cada uno de los integrantes del grupo con el saludo deportivo: chocando las dos manos en alto. No sé el nombre de la maestra, la escuela ni de ninguno de los “atletas”. No hace falta».

Muchos caminantes pasaron impasibles y desentendidos; quizá distantes y ya «discapacitados» para disfrutar aquella insólita alegría de redención humana y coraje, más allá de torceduras y taras de la imperfecta Naturaleza. Pero siempre hay un ojo sensible, que no te perdona el anonimato. Que te ve con el corazón.

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