Lo de nunca acabar

Hace varios meses, Yuselis Delgado permutó para calle 43 No. 8409, entre 84 y 86, Marianao. El 28 de octubre de 2011 solicitó, en la oficina comercial de ETECSA en su anterior municipio, Arroyo Naranjo, el traslado de su teléfono. Quien le atendió dijo: «¿Marianaooo?», arqueó las cejas y le deslizó: «Ay, hija… Lo que te espera!».

El 18 de noviembre de 2011, ella recogió allí su comprobante de traslado, y se presentó en la oficina comercial de ETECSA en Marianao: le dijeron que debía esperar, porque el trámite demoraba 90 días. Preguntó por qué, y le respondieron que era lo establecido.

Esperó 90 días, y volvió. Para preguntar, debía hacer una cola de más de 50 personas. Quien controlaba la puerta, le dijo que debía ir a Atención a la Población, los viernes de 9 a 12 del día, solo en ese lugar podían informarle al respecto.

El 3 de febrero la atendió allí un señor muy correcto. Le explicó que en Marianao hay problemas con las capacidades; pero como lo suyo era traslado, era prioridad, y había que crear la disponibilidad. Le aclaró que el plazo es de 30 días y no 90, como le habían dicho. Y le confirmó que el 10 de febrero le instalarían el servicio.

El 10 nadie fue. Por azar, le consultó a un operario que pasaba si tenía su orden: no. Le informó que su solicitud tenía más de 90 días, y él le dijo que se sentara a esperar.

El viernes 17 de febrero Yuselis volvió a Atención a la Población. Ese día, una atenta señora hizo consultas, y terminó explicándole que el operario no fue el 10, porque creó la facilidad, pero había un problema en la línea. Le dio el teléfono para que la llamara.

El lunes 20 de febrero, la clienta llamó, y la señora le informó que hubo que hacer una orden nueva para crear la disponibilidad; y que la mejor fecha para instalar el servicio era el 29 de febrero. El 27 y 28 de febrero habló con ella para ratificarle, y le dio hasta el nombre del operario que iría. Llegó el 29 de febrero: nada.

«Suponiendo que las dos personas que me atendieron tuvieran las mejores intenciones, no ocurre lo mismo con los operarios, quienes tienen la última palabra; y organizan su trabajo como más les convenga, gústele o no al cliente», estima Yuselis.

Según ella lo que más le indigna es que se trata de un problema que tiene solución, y le dan mil explicaciones con palabras técnicas, pero no son capaces de dar una respuesta coherente y lógica.

Ni disculpas…

El 12 de marzo pasado, Alfonso Muguercia descubrió que le cortaron el teléfono en su domicilio, sito en Avenida 41 No. 7016, apartamento 6, esquina a 72, en el municipio capitalino de Playa. ¿Cómo es posible, si había pagado a tiempo por Telebanca, como hace cada mes? Incluso, le quedaba cierto fondo en su haber…

Al otro día, tuvo que tomar un taxi para llegar a la oficina de ETECSA en La Copa, en 42 entre Primera y Tercera. Allí detectó que no era el único.

Después de una larga cola, al explicarle su caso, la empleada buscó en la computadora el número telefónico del cliente y le respondió que la suspensión del servicio se debía a que él no pagó. «¡Falso!», le respondió Alfonso, y mostró el comprobante del cajero electrónico donde pagó por Telebanca. La empleada tomó el recibo y se ausentó. Al regreso, le dijo que el Banco no había hecho la transferencia a tiempo; pero ya había ordenado restablecer el servicio.

Alfonso se había preparado para esa salida, pues recordó súbitamente una historia parecida, que leyó en Acuse de Recibo. Y le dijo: «¡Mentiras»!, al tiempo que extrajo de su bolsillo la cuenta recibida en febrero, donde aparece descontado el pago del fondo que tenía, así como el saldo a su favor. Y lanzó la pregunta que no tiene respuesta:

«¿Cómo es posible que el Banco no haya hecho la transferencia, si ustedes me dan recibo de la misma?».

La empleada no salía de su asombro, ante un cliente distinto, nada domesticable: bien informado. Llamó a su jefe, quien estuvo un rato ojeando al mismo tiempo en la computadora y en la cuenta de Alfonso, sin mirar al cliente. Y devolvió a la subordinada la prueba irrefutable.

«Ya se marchaba, señala Alfonso en su carta, cuando le dije: —¿Quién me paga el taxi donde vine y me regreso? Usted puede ver que no estoy en condiciones de tomar dos guaguas para venir aquí inútilmente. Tengo afectada la locomoción… Él me respondió que eso no estaba contemplado, y se marchó tan fresco como una lechuga, sin que nadie me diera disculpas siquiera».

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