Lo que el fuego se llevó

Desesperado, Manuel Marcos Lesmes me escribe desde Reloj 601, entre Santa Lucía y Rey Pelayo, en la ciudad de Santiago de Cuba. Y no puedo menos que situarme en su lugar y comprender su desasosiego.

Cuenta el lector que el 3 de abril de 2010 se produjo un incendio de grandes proporciones en la contigua bodega Trampolín U-3447, que destruyó totalmente la vivienda suya, y todos los bienes que poseía dentro de ella.

Desde entonces, han sido múltiples las gestiones hechas por Manuel para que le resarzan con la recuperación de su inmueble, logrado con sumo sacrificio por él y su esposa recién fallecida.

Él y su familia permanecen disgregados, viviendo al amparo de los vecinos.

En todo este tiempo, apunta, se ha trabajado de manera muy irregular por la empresa municipal Viales Santiago, entidad a la cual se le asignó la edificación de la casa. Súmele a ello las promesas de terminación de la vivienda por parte del Poder Popular municipal y provincial, con fechas diferentes, que no se han cumplido.

«Cuando llegue esta misiva a sus manos —afirma—, ya la bodega, donde se originó el incendio que destruyó mi vivienda y mis bienes materiales, estará prestando servicios. Sin embargo, mi situación y la de mi familia sigue siendo la misma».

A corazón puro

Lucrecia Arbesú Sánchez (Calle 24, No. 8404, e/ H e I, Cojímar, La Habana) escribe con el amor que solo una madre puede depositar en eso tan grande que es la gratitud en nombre de sus hijos.

Refiere ella que sus dos niños fueron operados del corazón en el felizmente célebre Cardiocentro del Hospital Infantil William Soler, de la capital. Las intervenciones se produjeron con una diferencia de cinco años; sin contar que desde 1993, cuando comenzó a visitar el hospital para las consultas previas, Lucrecia está enrolada en echar adelante la salud de sus niños. Cada año va allí a realizarles el chequeo correspondiente a los dos muchachos.

¿Alguien podría hacer un diagnóstico más acertado de ese centro que esa madre? Ella enfatiza la abnegación con que se trabaja en ese cardiocentro infantil, referencia en el mundo entero no solo por su alto nivel científico y profesional, sino por el amor, el sacrificio, la devoción y la rigurosa disciplina con que laboran sus especialistas, técnicos, enfermeros y demás trabajadores.

Lucrecia estará agradecida por siempre a los doctores Selman, Naranjo, Cárdenas, Carballés, Eutivides y a muchos otros que ahora no puede precisar; a la secretaria del Centro de Rehabilitación, Yaquelín; al personal de enfermería y a los técnicos de laboratorio, que hacen maravillas para realizarle los análisis a los niños.

Lucrecia desea que quien lea estas líneas, se ponga en su lugar de madre y comparta hoy su felicidad de ser cubana.

¿Por qué tan pocas máquinas?

Félix Manuel Herrera (San Antonio No. 396, entre Candelaria y Santa Ana, Guanabacoa, La Habana) considera muy importante el servicio de cibercorreo y navegación que ofrece Correos de Cuba en sus unidades.

Él confiesa que, aunque se cobra en CUC, lo paga a gusto. Sí solicita una explicación a Correos de Cuba del porqué ese servicio es tan insuficiente. Por ejemplo, en Guanabacoa existe gran cantidad de clientes, y las tres máquinas existentes para brindar ese servicio no dan abasto. El resultado es que hay que hacer largas colas para acceder a ese servicio.

Felix se pregunta por qué existen tan pocas computadores destinadas a una comunicación tan eficaz y ágil.

La inquietud de Félix Manuel puede ser la de muchos ciudadanos. Sería provechoso que Correos de Cuba ofreciera una respuesta al respecto.

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