En defensa propia

Los engañosos usurpadores de mi identidad no cejan en utilizar para sus propósitos, la fuerza, solidez y poder de convocatoria que pueda tener esta columna en deshacer entuertos.

La última apropiación se registró en días pasados. La directora de Educación en un municipio de este país me llamó para rendirme cuenta de lo que se había investigado y resuelto en torno al proceder de un profesor de una escuela de ese territorio, que supuestamente yo había denunciado con esta voz mía, mediante llamada telefónica a esa institución.

La funcionaria me informó que, de acuerdo con la investigación realizada, dicho maestro fue expulsado del sistema nacional de enseñanza, por haberse comprobado su comportamiento, incompatible con la ética de un educador. Y yo tuve que aclararle a la directora que, aun cuando el profesor quizá recibiera su merecido, en ningún momento tuve nada que ver con el asunto. Una vez más, alguien, desde el anonimato de un auricular telefónico, se había hecho pasar por este redactor, para conseguir sus objetivos.

En tantos años que anda viva e inquieta esta columna periodística, latiendo al unísono de las vivencias y juicios de los ciudadanos, son reiterados los casos en que alguien se hace pasar por este autor llamando telefónicamente a entidades, tanto para denunciar una situación, como para presionar a determinados funcionarios con vistas a que tomen medidas, e incluso con amenazas y ribetes chantajistas de que serán señalados en esta sección.

En cierta ocasión, un director de Gastronomía de un municipio me llamó para confirmarme que ya se había resuelto la situación con determinada unidad, y no hacía falta, como yo le había pronosticado, que saliera a la luz en el Acuse... lo que allí sucedía. Otra vez, la administración de una panadería me rogaba que, tal como yo le había anunciado mediante una llamada, no era necesario revelar en esta sección ciertos problemas con la calidad del pan que vendían, pues ya habían tomado medidas rectificadoras.

No faltó el asombroso suceso de que apareciera en la redacción de JR el comercial de cierta entidad productora de una bebida, con una carta amenazante supuestamente suscrita por este periodista, en la cual, le remarcaba que «estaba puesto para ellos», y si no resolvían los problemas de calidad de su producto, los pondría en crisis en esta columna.

En los peores casos, el falsificador de turno ha llegado a intentar resolver ventajas personales: traslado de escuela de un supuesto «sobrino» de una región oriental hacia el occidente, una habitación de un connotado hotel de La Habana para la luna de miel de otro «sobrino». Incluso, en la consulta estomatológica de un policlínico, un osado impostor protagonizó un show agresivo, asegurando que era José Alejandro Rodríguez, porque no podían atenderle urgentemente. Eso es lo que conozco. Entonces, qué no habrán tramado ciertos pillos en mi nombre, para lograr sus objetivos… o aquellos que sin tan aviesas intenciones buscan hacer justicia encubriendo su identidad.

Cuando me han llamado a esta redacción para responder mis pretendidos «reclamos», he tenido que convencer a directivos y secretarias que ese, aquel y el otro impostor, no son este periodista. No podrían serlo nunca, porque la labor enmendadora de esta columna, que solo se alimenta de las cartas de los ciudadanos y jamás de ningún impulso o problema de este redactor, se cimenta en la ética, el respeto y la decencia humana. Jamás en los métodos sucios del chantaje, la amenaza o el ventajismo.

Si José Alejandro esgrimiera tan turbios recursos, no hubiera durado al frente de esta sección ni tres días. Jamás la confianza de nuestros lectores será defraudada con esos métodos. Jamás ninguna ventaja personal o un pase de cuentas moverán a este servidor, que solo es un puente o enlace entre los ciudadanos y las instituciones, un defensor de la verdad y la justicia.

Por tanto, ojo con las llamadas telefónicas y las notas amenazantes. Solicítenle a ese «José Alejandro» que se revele en persona. Cuidado con los timadores sin escrúpulos.

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